¿Hasta dónde llega el deber? La historia de Lucía, mi familia y yo
—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo apenas crucé la puerta. El reloj marcaba las diez y media de la noche y yo, agotada tras una jornada interminable en la tienda, solo quería una ducha y silencio. Pero en mi casa nunca había silencio.
—He tenido que quedarme a cerrar porque Marta está enferma —respondí, dejando caer la mochila junto al perchero. Mi hermana Carmen ni siquiera levantó la vista del móvil. Estaba tumbada en el sofá, con las piernas sobre la mesa, rodeada de bolsas de patatas y latas vacías de refresco.
—Pues ya podrías haber traído algo para cenar —dijo Carmen sin apartar los ojos de la pantalla—. Aquí no hay ni pan.
Sentí una punzada de rabia mezclada con cansancio. ¿Por qué siempre era yo la que tenía que pensar en todo? Mi madre, sentada en la mesa de la cocina, hojeaba una revista vieja. Llevaba años sin trabajar, siempre con alguna excusa: la ciática, los nervios, el «no hay trabajo para mujeres de mi edad». Carmen, con treinta años recién cumplidos, había dejado la universidad y nunca había mantenido un empleo más de dos meses. «No es lo mío», decía. Pero tampoco parecía buscar otra cosa.
Yo tenía veintiséis y había aprendido a sobrevivir a base de renuncias. Renuncié a estudiar Bellas Artes porque no podía pagarme el transporte ni los materiales. Renuncié a salir con mis amigas porque siempre había que ahorrar para la luz o el alquiler. Y ahora sentía que estaba a punto de renunciar también a Álvaro.
Álvaro era lo mejor que me había pasado. Nos conocimos en el metro, cuando él me cedió su asiento y terminamos hablando hasta llegar a Sol. Era ingeniero, hijo único de una familia sencilla pero unida. Me enseñó lo que era reír sin miedo al mañana y soñar con un futuro propio. Pero últimamente discutíamos cada vez más.
—Lucía, no puedes seguir así —me decía él una noche tras otra—. No puedes cargar tú sola con todo. ¿Y nosotros? ¿Cuándo vamos a pensar en nosotros?
No tenía respuesta. ¿Cómo explicarle que si yo no estaba pendiente de mi madre y Carmen, nadie lo estaría? Que si me iba, ellas se hundirían. O eso creía yo.
Una tarde de domingo, mientras fregaba los platos del almuerzo —mi madre viendo la tele y Carmen dormitando en su habitación—, Álvaro me llamó por teléfono.
—He encontrado un piso pequeño cerca del trabajo —me dijo—. Es barato y podríamos irnos juntos. Solo tú y yo.
Me quedé muda. Era lo que siempre había querido. Pero sentí un nudo en el estómago.
—No puedo dejarles así —susurré—. No tienen a nadie más.
—¿Y tú? ¿Quién te cuida a ti, Lucía?
Colgué sin responderle. Esa noche apenas dormí. Me debatía entre el deber y el deseo, entre la culpa y la esperanza. ¿Era egoísta querer ser feliz?
Los días pasaban y la situación en casa empeoraba. La nevera vacía, las facturas acumulándose en la mesa del salón, las discusiones cada vez más frecuentes entre mi madre y Carmen por cualquier nimiedad.
Una tarde llegué antes de lo habitual y escuché a mi madre hablando por teléfono con una vecina:
—Lucía es buena chica, pero últimamente está rara… No sé qué haríamos sin ella. Carmen no sirve para nada.
Me dolió escuchar aquello. No solo por mí, sino por Carmen también. ¿De verdad éramos tan dependientes unas de otras? ¿O era yo la que mantenía esa rueda girando?
Esa noche me armé de valor y reuní a las dos en el salón.
—Tenemos que hablar —dije firme—. No puedo seguir así. Estoy agotada y siento que mi vida no me pertenece.
Mi madre me miró como si no entendiera nada.
—¿Qué dices, hija? Si aquí estamos bien…
—No, mamá. No estamos bien. Yo no estoy bien —mi voz tembló—. Necesito pensar en mí también.
Carmen bufó desde el sofá.
—Ya estamos con el drama… Si te quieres ir, vete.
Me quedé helada ante su indiferencia. Mi madre intentó suavizarlo:
—No le hagas caso, Lucía… Tú eres la fuerte aquí.
—No quiero ser fuerte todo el tiempo —dije entre lágrimas—. Quiero vivir mi vida.
Salí corriendo del salón y me encerré en mi cuarto. Llamé a Álvaro y le dije que sí, que quería irme con él. Que necesitaba intentarlo aunque me muriera de miedo.
La mudanza fue rápida y silenciosa. Mi madre lloró mucho pero no movió un dedo para impedirlo. Carmen ni siquiera se despidió.
Los primeros días en el piso nuevo fueron extraños: libertad mezclada con culpa, alegría teñida de nostalgia. Álvaro me abrazaba cada noche y me recordaba que tenía derecho a ser feliz.
Pero las llamadas no tardaron en llegar: «Lucía, no funciona la lavadora», «Lucía, ¿puedes pasarme algo de dinero?», «Lucía, Carmen está enferma»…
A veces me sentía tentada de volver atrás, de rendirme al chantaje emocional. Pero resistí. Empecé a pintar otra vez, a salir los domingos al Retiro con Álvaro, a reír sin miedo.
Un día recibí una carta de mi madre: «Te echo de menos pero entiendo que necesitabas volar. Aquí nos apañamos como podemos».
Lloré mucho al leerla pero sentí alivio también. Por primera vez en mi vida, sentí que era dueña de mi destino.
Ahora me pregunto: ¿Hasta dónde llega el deber hacia los nuestros? ¿Cuándo deja de ser amor y se convierte en una cadena? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?