El perfume que lo cambió todo: una historia de amor y traición tras los cincuenta
—¿Y ese olor? —pregunté, intentando sonar casual mientras colgaba su abrigo en el perchero del recibidor.
Mi marido, Tomás, nunca había sido de perfumes. Siempre decía que prefería oler a limpio, a jabón de toda la vida. Pero aquel día, al volver del trabajo, traía consigo una fragancia suave, floral, completamente ajena a nuestro hogar. Él se encogió de hombros, sin mirarme a los ojos.
—En la oficina alguien dejó un frasco en el baño. Me habré equivocado al lavarme las manos —dijo, soltando una risa forzada.
No le di más importancia. O eso quise creer. Pero esa noche, mientras preparaba la cena, el aroma seguía flotando en el aire, mezclándose con el olor del sofrito y el pan recién tostado. Me sentí inquieta, como si algo invisible se hubiera colado en nuestra rutina de treinta años.
Durante semanas, el perfume se convirtió en un visitante habitual. A veces lo notaba en su camisa, otras en el coche. Empecé a fijarme en detalles que antes me pasaban desapercibidos: Tomás llegaba más tarde, revisaba el móvil con una sonrisa tonta y se duchaba nada más entrar en casa. Una tarde, mientras doblaba la ropa en silencio, escuché cómo reía al teléfono en la terraza.
—¿Quién era? —pregunté cuando entró.
—Nada, cosas del trabajo. Ya sabes cómo es Lucía con sus bromas —contestó, demasiado rápido.
Lucía. El nombre me sonó como una campana lejana. Recordé que me había hablado de ella alguna vez: nueva en la oficina, joven, lista, siempre con ideas frescas para los proyectos. Noté un pinchazo en el estómago.
Las semanas siguientes fueron un desfile de excusas: reuniones fuera de horario, cenas de empresa improvisadas, viajes relámpago a Madrid. Yo intentaba convencerme de que era solo mi imaginación, pero la distancia entre nosotros crecía como una grieta imposible de tapar.
Una noche de viernes, mientras cenábamos tortilla y ensalada, me atreví a preguntar:
—¿Estás bien? Te noto raro últimamente.
Tomás dejó el tenedor sobre el plato y suspiró.
—Estoy cansado, eso es todo. El trabajo me tiene frito.
Pero sus ojos evitaban los míos. Sentí ganas de gritarle que dejara de mentir, pero me tragué las palabras junto con un trozo de pan seco.
Un sábado por la mañana, mientras él salía a «hacer la compra», decidí buscar respuestas. Revisé su cajón de la mesilla y encontré un recibo de una joyería del centro. No era mi cumpleaños ni nuestro aniversario. El corazón me latía tan fuerte que tuve que sentarme en la cama.
Esa tarde, cuando volvió con las bolsas del supermercado, le enseñé el recibo sin decir nada. Se quedó pálido.
—¿Para quién es? —pregunté con voz temblorosa.
Él bajó la mirada y murmuró:
—No quería hacerte daño…
Las palabras se derramaron como agua sucia: llevaba meses viéndose con Lucía, se sentía vivo otra vez, necesitaba algo nuevo. Yo escuchaba en silencio, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba pieza a pieza.
—¿Y yo? ¿Qué soy yo para ti ahora? —pregunté al borde del llanto.
Tomás no supo responderme. Esa noche dormí sola por primera vez en treinta años.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones: rabia, tristeza, miedo al futuro. Mi hija Marta vino a verme y me abrazó fuerte.
—Mamá, no tienes que aguantar esto. Eres mucho más fuerte de lo que crees —me dijo entre lágrimas.
Pero yo no me sentía fuerte. Me sentía vieja, invisible, desechada como un mueble antiguo. En el barrio todos parecían saberlo antes que yo; las miradas en la panadería eran cuchillos afilados.
Una tarde decidí salir a caminar por el parque donde solíamos ir cuando los niños eran pequeños. Me senté en un banco y lloré hasta quedarme vacía. Una señora mayor se sentó a mi lado y me ofreció un pañuelo.
—A veces la vida nos da bofetadas para que despertemos —me dijo con una sonrisa triste—. Pero también nos da segundas oportunidades.
Sus palabras me acompañaron durante semanas. Poco a poco empecé a reconstruirme: retomé mis clases de pintura, quedé con amigas para tomar café y aprendí a disfrutar del silencio en casa. Tomás se fue a vivir con Lucía y yo tuve que aprender a estar sola por primera vez desde los veinte años.
Al principio fue duro: las noches eran interminables y la cama parecía demasiado grande para una sola persona. Pero con el tiempo descubrí que podía volver a reírme sin sentir culpa, que podía hacer planes sin pedir permiso y que aún quedaban muchas cosas por descubrir.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de que aquella traición fue también una liberación. No sé si algún día podré perdonar del todo a Tomás, pero sí sé que he aprendido a quererme como nunca antes.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres habrán sentido este mismo dolor en silencio? ¿Cuántas habrán encontrado la fuerza para empezar de nuevo? ¿Y tú? ¿Qué harías si tu vida cambiara de golpe después de los cincuenta?