Sola con mi nuera embarazada: El precio de la confianza
—¿Por qué no me lo dijiste antes, Lucía? —mi voz temblaba, pero no podía evitarlo. Estaba de pie en la cocina, con las manos aún húmedas del agua jabonosa, mientras ella me miraba desde la mesa, los ojos grandes y llenos de lágrimas. El reloj marcaba las siete y media de la tarde y la casa olía a lentejas, pero el aire era irrespirable.
Lucía bajó la cabeza y se frotó el vientre, ya redondeado por los siete meses de embarazo. —No quería preocuparos más, Carmen. Bastante tenéis con todo lo que está pasando…
No era la primera vez que discutíamos desde que Marcos, mi único hijo, se había marchado a Barcelona por trabajo. Su empresa le había ofrecido un contrato temporal tras meses de incertidumbre y él, desesperado por mantenernos a flote, aceptó sin pensarlo. Yo me quedé en Madrid, en nuestro piso de toda la vida, con Lucía como única compañía. Al principio pensé que sería fácil: ayudarla con el embarazo, compartir las tareas y esperar juntos el regreso de Marcos. Pero pronto empecé a notar cosas extrañas.
Las facturas se acumulaban en la entrada. El dinero que yo aportaba —mi pensión y algunos ahorros— desaparecía más rápido de lo normal. Lucía recibía llamadas a escondidas y pasaba horas encerrada en el baño. Una tarde, mientras tendía la ropa en el patio interior, escuché su voz alterada al teléfono: “No puedo seguir así… Sí, lo sabe todo… No, aún no se lo he dicho a Carmen”.
Esa noche apenas dormí. Me debatía entre la culpa y la sospecha. ¿Estaba Lucía ocultándome algo grave? ¿Y mi hijo? ¿Por qué nunca llamaba cuando ella estaba presente?
Una mañana de domingo, mientras preparaba café, Lucía entró en la cocina con los ojos hinchados. —Carmen, ¿puedo hablar contigo?
Asentí en silencio. Ella se sentó frente a mí y jugueteó con el anillo de casada.
—Marcos… —empezó, pero se le quebró la voz—. Marcos y yo… estamos pasando por un mal momento. Él no quería que te lo contara, pero creo que mereces saberlo.
Sentí un nudo en el estómago. —¿Qué ha pasado?
—Perdimos mucho dinero con una inversión. Yo me quedé sin trabajo y… —hizo una pausa—. Nos endeudamos más de lo que te hemos contado.
—¿Cuánto más?
Lucía tragó saliva. —Casi veinte mil euros.
Me quedé helada. Mi hijo siempre había sido responsable, trabajador… ¿Cómo había llegado a esto? Pero lo peor estaba por venir.
Esa misma tarde encontré una carta abierta en el buzón dirigida a Lucía. Era del banco: reclamaban el pago inmediato de un préstamo que yo no recordaba haber firmado. Al leer los detalles, sentí cómo me temblaban las piernas: ¡habían puesto mi piso como aval!
En ese momento entró Lucía en el recibidor y me encontró con la carta en la mano.
—¡Carmen, puedo explicarlo!
—¿Explicarlo? —grité—. ¿Cómo habéis podido hacerme esto? ¡Mi casa! ¡La casa donde creció Marcos!
Lucía rompió a llorar y se arrodilló ante mí.
—No teníamos otra opción… Marcos pensó que sería temporal…
La rabia me cegaba. Llamé a mi hijo al instante.
—Marcos, ¿qué habéis hecho? ¿Por qué está mi casa como aval de vuestra deuda?
Su voz sonaba cansada al otro lado del teléfono.
—Mamá, lo siento… No quería preocuparte… Pensé que podríamos solucionarlo antes de que te enteraras.
—¿Y si no podéis? ¿Dónde voy a vivir yo? ¿Dónde va a nacer vuestro hijo?
Hubo un silencio largo e incómodo.
—Voy a volver en cuanto pueda —prometió Marcos—. Te lo juro.
Colgué sin despedirme. Sentí un dolor profundo, una mezcla de traición y miedo. Durante días apenas hablé con Lucía. Ella intentaba ayudar en casa, pero yo no podía mirarla sin recordar la carta del banco.
Una tarde, mientras fregaba los platos, escuché a Lucía sollozar en el salón. Me acerqué y la vi abrazando una foto de Marcos.
—No quería hacerte daño —me dijo entre lágrimas—. Solo quería proteger a mi familia…
Me senté a su lado y por primera vez vi su vulnerabilidad: una chica joven, sola en una ciudad grande, embarazada y asustada.
—Lucía —le dije suavemente—, esto no puede seguir así. Tenemos que enfrentarlo juntas. Pero necesito que seas honesta conmigo desde ahora.
Ella asintió y me abrazó fuerte.
Los días siguientes fueron duros. Llamé al banco, consulté con abogados del barrio y busqué soluciones para salvar mi casa. Marcos volvió antes de lo previsto; su empresa le había rescindido el contrato por los recortes. Nos sentamos los tres en la mesa del comedor y hablamos durante horas: gritos, reproches, lágrimas… pero también promesas de cambio.
Decidimos vender el coche de Marcos y algunos objetos de valor para pagar parte de la deuda. Yo busqué ayuda social para pensionistas y Lucía empezó a dar clases particulares online para ganar algo de dinero desde casa.
El día que nació mi nieta, Martina, lloré como nunca antes. No solo por ella, sino porque sentí que habíamos tocado fondo y aún así seguíamos juntos.
Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a los suyos? ¿Es posible perdonar una traición así? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?