Cuando el orgullo pesa más que la sangre: La boda sin padres de Gabriel
—¿De verdad vas a hacerlo, Gabriel? ¿Vas a casarte sin tus padres? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras me miraba en el espejo del salón, ajustando mi velo blanco.
Gabriel no respondió. Se limitó a apretar los puños y mirar por la ventana del pequeño piso en Lavapiés que compartíamos desde hacía tres años. Afuera, el bullicio de Madrid seguía su curso, ajeno al drama que se cocía en nuestro hogar.
—No quiero hablar de eso, Lucía. Ya está decidido —dijo al fin, con esa frialdad que sólo saca cuando algo le duele demasiado.
Me acerqué y le tomé la mano. Sentí su pulso acelerado, la tensión en sus dedos. Sabía que detrás de esa decisión había algo más que orgullo. Pero cada vez que intentaba llegar al fondo, él se cerraba como una ostra.
—Gabriel, son tus padres. No puedes borrarlos de tu vida así como así. Cuando ya no estén… —me detuve, temiendo sonar cruel—. Cuando falten, te vas a arrepentir.
Él soltó mi mano y se apartó.
—No entiendes nada, Lucía. No es tan fácil como lo pintas. Tú tienes una familia normal, que se quiere, que se apoya. Yo… yo sólo tengo recuerdos de gritos y portazos.
Me mordí el labio. Sabía que la infancia de Gabriel había sido dura: un padre autoritario, una madre sumisa y distante. Pero también sabía que su madre le llamaba cada cumpleaños, aunque él nunca contestara. Que su padre le mandó una carta cuando terminó la carrera de Derecho en la Complutense, aunque Gabriel la rompió sin leerla.
El día de la boda llegó y, como temía, sus padres no estaban. Mi madre me abrazó fuerte antes de entrar en la iglesia de San Cayetano.
—Hija, ¿y los padres de Gabriel? —susurró.
—No han venido —respondí bajito, sintiendo una punzada en el pecho.
Durante el banquete, los amigos de Gabriel intentaron animarle con bromas y brindis. Pero yo veía cómo su mirada se perdía entre las luces del restaurante, cómo apretaba los labios cada vez que alguien mencionaba la palabra «familia».
Pasaron los meses y la herida no cerraba. Una noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada frente a la tele, me armé de valor.
—¿Por qué no les llamas? Aunque sea para decirles que estás bien…
Gabriel dejó caer el tenedor y me miró con rabia contenida.
—¿Para qué? ¿Para escuchar reproches? ¿Para que mi padre me diga otra vez que soy un fracaso porque no seguí en el bufete familiar?
—Quizá tu madre sólo quiera saber de ti…
Se levantó bruscamente y salió al balcón. Le oí encender un cigarro y maldecir en voz baja. Me sentí impotente. ¿Cómo podía ayudarle si él no quería ser ayudado?
Un domingo por la tarde, mientras doblaba ropa en el dormitorio, sonó el teléfono fijo. Era un número desconocido. Dudé antes de contestar.
—¿Diga?
—¿Lucía? Soy Carmen, la madre de Gabriel.
Me quedé helada.
—Hola… señora Carmen. ¿Está bien?
Su voz era suave pero temblorosa.
—¿Gabriel está ahí? Llevo meses intentando hablar con él… Sólo quiero saber si es feliz.
Miré hacia el salón. Gabriel estaba absorto en el ordenador, ajeno a la llamada.
—Está bien… pero está muy cerrado —me atreví a decir—. Le cuesta perdonar.
Carmen suspiró al otro lado del teléfono.
—Su padre no sabe pedir perdón. Y yo… yo fui cobarde. No supe protegerle de tantas cosas…
Sentí un nudo en la garganta. ¿Cuántas familias rotas por palabras no dichas?
Esa noche le conté a Gabriel sobre la llamada. Se enfadó tanto que tiró un vaso contra la pared.
—¡No quiero saber nada! ¡No quiero volver a ese pasado!
Lloré en silencio mientras recogía los cristales rotos del suelo.
El tiempo siguió pasando. Tuvimos una hija, Paula. Pensé que quizá el nacimiento de su nieta ablandaría el corazón de Gabriel o el de sus padres. Pero nada cambió. Paula creció sin conocer a sus abuelos paternos. Yo seguía enviando fotos por correo electrónico a Carmen, aunque nunca recibía respuesta.
Un día recibí una carta certificada. Era del hospital Clínico San Carlos. El padre de Gabriel estaba ingresado tras un infarto grave.
Me debatí entre decírselo o no. Al final, una noche lluviosa de noviembre, le mostré la carta.
Gabriel palideció al leerla. Se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos.
—¿Y ahora qué hago? —susurró—. Si voy… ¿qué le digo? Si no voy… ¿podré vivir con ello?
Le abracé fuerte.
—Haz lo que te dicte el corazón. Pero no te quedes con la duda toda la vida.
Al día siguiente fue al hospital solo. Volvió tarde, ojeroso y con los ojos rojos de tanto llorar. No dijo nada durante días.
Poco después recibimos la noticia: su padre había fallecido esa madrugada.
Gabriel se encerró en sí mismo como nunca antes. No fue al entierro. No quiso hablar con su madre ni con nadie durante semanas.
Una noche, mientras Paula dormía y yo recogía los juguetes del suelo, Gabriel rompió el silencio:
—¿Crees que algún día podré perdonarme? ¿O ya es tarde para todo?
Me quedé mirándole, sin saber qué responderle. Porque a veces el orgullo pesa más que la sangre, y las palabras no dichas se convierten en cadenas invisibles que nos atan para siempre.
¿Vosotros qué haríais? ¿Es posible romper ese círculo de dolor antes de que sea demasiado tarde?