El Secreto de Ricardo: Entre el Amor y la Lealtad

—¿Por qué no encienden las luces? —pregunté, temblando, mientras el trueno retumbaba sobre el juzgado de Salamanca. La oscuridad era tan densa que apenas distinguía el rostro de Ricardo, mi futuro marido. Él me apretó la mano con fuerza, como si pudiera protegerme de todo, incluso de mis propias dudas.

Aquel apagón fue solo el primero de muchos momentos en los que sentí que algo no encajaba. Pero yo quería ser feliz. Quería creer que el amor podía construirse con paciencia y rutina, aunque nunca hubiera sentido mariposas por Ricardo. Él era atento, trabajador, siempre dispuesto a resolver mis problemas. Su familia, los Gutiérrez, parecían perfectos: su madre, Carmen, siempre con una sonrisa; su hermana, Lucía, tan simpática. Pero bajo esa fachada, algo se movía en las sombras.

Los primeros meses fueron tranquilos. Nos instalamos en un piso pequeño cerca del centro. Yo trabajaba en una librería y él en una gestoría. Cada noche cenábamos juntos, hablábamos de nuestros días y planeábamos un futuro sencillo: vacaciones en la playa, hijos algún día, una vida sin sobresaltos. Pero poco a poco empecé a notar cosas extrañas.

Ricardo llegaba tarde algunos días, con excusas vagas sobre trabajo extra o reuniones inesperadas. Una vez encontré un recibo bancario en su chaqueta: una transferencia de 800 euros a nombre de Carmen Gutiérrez. Cuando le pregunté, se encogió de hombros.

—Es para ayudar a mi madre —dijo—. Ya sabes que está sola desde que papá murió.

No insistí. En España es normal ayudar a los padres, pensé. Pero la cantidad me pareció excesiva. Además, Carmen nunca parecía necesitar nada: vestía bien, salía con sus amigas, incluso se permitía pequeños lujos.

Una noche, mientras Ricardo dormía profundamente, no pude resistir la tentación y revisé su móvil. No me enorgullezco de ello, pero sentía que algo se me escapaba. Encontré decenas de mensajes con su madre:

—Mamá, te hago la transferencia mañana.
—No te preocupes por Marta, no tiene por qué saberlo.
—Te prometo que nunca lo descubrirá.

Sentí un frío recorriéndome la espalda. ¿Por qué tanto secreto? ¿Por qué esa complicidad a mis espaldas?

Al día siguiente confronté a Ricardo:

—¿Por qué le envías la mitad de tu sueldo a tu madre cada mes? ¿Por qué me ocultas cosas?

Se quedó pálido. Bajó la mirada y murmuró:

—No lo entenderías… Es complicado.

—¡Explícamelo! —insistí—. ¿Qué es tan complicado?

Ricardo se derrumbó. Me contó que Carmen había acumulado deudas jugando al bingo y pidiendo préstamos a vecinos del barrio. Temía que si yo lo sabía, le obligaría a cortar el grifo y su madre acabaría en la ruina o peor aún, avergonzada ante toda la familia.

—No quería preocuparte —dijo—. Tú ya tienes bastante con tu trabajo y tus cosas.

Me sentí traicionada y furiosa. No por el dinero en sí, sino por la mentira sostenida durante meses. ¿Cómo podía confiar en alguien que prefería proteger a su madre antes que ser honesto conmigo?

A partir de ese día todo cambió. Las cenas se volvieron silenciosas; los domingos en casa de Carmen eran una tortura de sonrisas forzadas y miradas esquivas. Lucía intentaba mediar:

—Marta, entiende a mamá… Está pasando un mal momento.

Pero yo solo veía egoísmo y manipulación. Carmen nunca me pidió perdón ni reconoció el daño causado. Al contrario: me miraba como si yo fuera una intrusa en su pequeño reino familiar.

Una tarde decidí hablar con ella directamente:

—Carmen, necesito entender por qué ha puesto a Ricardo en esta situación.

Ella se encogió de hombros:

—Es mi hijo. Siempre ha estado para mí. No tienes hijos, no puedes entenderlo.

Salí de su casa temblando de rabia e impotencia. ¿Era yo la mala por exigir sinceridad? ¿O era ella por aprovecharse del amor incondicional de su hijo?

Ricardo intentó arreglar las cosas:

—Te prometo que dejaré de enviarle tanto dinero… Pero no puedo abandonarla.

Yo tampoco podía abandonar mis principios. Le propuse ir juntos a terapia de pareja. Él aceptó a regañadientes. Durante las sesiones salieron a la luz viejas heridas: su miedo al rechazo materno, mi inseguridad por no sentirme nunca suficiente para él ni para su familia.

Pasaron meses difíciles. Aprendimos a comunicarnos mejor, pero la herida seguía abierta. Yo ya no podía mirar a Ricardo igual; él tampoco podía dejar de sentirse dividido entre dos mujeres: su madre y yo.

Un día recibí una carta anónima en el buzón: «Nunca serás suficiente para los Gutiérrez.» No sé si fue Carmen o alguien más del círculo familiar, pero fue la gota que colmó el vaso.

Esa noche hice las maletas y me fui a casa de mi hermana Ana en Valladolid. Ricardo lloró y suplicó que volviera:

—Te juro que cambiaré… Solo dame otra oportunidad.

Pero yo ya había aprendido algo importante: no se puede construir una vida sobre secretos y medias verdades.

Hoy vivo sola, trabajo más horas en la librería y he vuelto a leer novelas románticas sin sentirme culpable por soñar con algo mejor. A veces me pregunto si fui demasiado dura o si debí luchar más por nuestro matrimonio.

¿Hasta dónde debe llegar uno por amor? ¿Es justo sacrificar tu propia felicidad para sostener los errores ajenos? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?