Mentiras en la familia: El embarazo inventado de mi cuñada
—¿Pero cómo has podido hacerme esto, Marta? —grité, con la voz quebrada, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón.
Marta me miró con los ojos rojos, temblando, apretando entre las manos el informe médico falso que acababa de descubrir. Mi marido, Álvaro, estaba sentado en el sofá, con la cabeza entre las manos, incapaz de mirar a su hermana. Mi suegra, Carmen, no paraba de llorar en la cocina. El silencio era tan denso que parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo.
Nunca pensé que mi vida daría este giro. Yo, Lucía, siempre he sido la mediadora en la familia. Cuando me casé con Álvaro hace seis años, supe que su familia era complicada, pero jamás imaginé que llegaría a esto. Marta siempre fue la oveja negra: trabajos temporales, relaciones fallidas y una tendencia a meterse en líos. Pero era mi cuñada y, en el fondo, la quería.
Todo empezó hace tres meses. Marta llegó a casa una noche de domingo, empapada y con la cara desencajada.
—Lucía, ¿puedo quedarme aquí unos días? Me han echado del piso —me dijo, sin mirarme a los ojos.
No era la primera vez que venía buscando refugio. Álvaro y yo vivimos en un piso modesto en Vallecas; no nos sobra el espacio ni el dinero, pero siempre hemos intentado ayudarla. Esa noche le preparé una cama en el sofá y le hice una taza de tila. No pregunté mucho; sabía que tarde o temprano me lo contaría todo.
A los pocos días, Marta anunció durante la cena:
—Estoy embarazada.
El tenedor de Álvaro se quedó suspendido en el aire. Carmen, mi suegra, se llevó las manos a la boca y empezó a llorar de alegría. Yo sentí una punzada extraña en el estómago. Algo no cuadraba: Marta no tenía pareja estable y apenas salía de casa desde hacía semanas.
—¿De cuánto estás? —pregunté, intentando sonar natural.
—De casi dos meses —respondió ella, bajando la mirada.
A partir de ese momento, todo giró en torno al supuesto bebé. Carmen venía cada día con bolsas llenas de ropita y cremas antiestrías. Álvaro empezó a buscar trabajos extra para ayudar con los gastos. Yo me sentía atrapada entre la ilusión de todos y mis propias dudas.
Un día encontré a Marta llorando en el baño. Me acerqué y le pregunté qué le pasaba.
—No puedo más, Lucía —susurró—. Me van a echar del trabajo si se enteran de que no estoy embarazada…
Me quedé helada. ¿Cómo que no estaba embarazada?
—¿Qué estás diciendo? —le exigí, cerrando la puerta tras de mí.
Marta rompió a llorar y me confesó toda la verdad: había inventado el embarazo porque su jefe le había amenazado con despedirla si volvía a faltar por sus problemas personales. Además, debía tres meses de alquiler y temía quedarse en la calle. Pensó que si decía que esperaba un hijo, nadie se atrevería a echarla ni del trabajo ni del piso.
Sentí rabia y compasión al mismo tiempo. ¿Cómo podía haber llegado tan lejos? ¿Por qué no nos pidió ayuda antes?
—Tienes que contárselo a mamá y a Álvaro —le dije—. No puedes seguir con esta mentira.
—No puedo… Me odiarán —sollozó ella.
Durante semanas viví con ese secreto quemándome por dentro. Marta fingía mareos y antojos delante de todos mientras yo la miraba con rencor e impotencia. Carmen tejía patucos y hablaba del futuro nieto como si ya estuviera aquí. Álvaro trabajaba hasta tarde para ahorrar para el bebé.
Una tarde, Carmen vino a casa con una cita para la primera ecografía en el centro de salud del barrio.
—¡Vamos todas juntas! —dijo ilusionada.
Vi cómo el rostro de Marta se descomponía. Esa noche me llamó a su habitación.
—No puedo seguir fingiendo… Lucía, ayúdame —me suplicó.
Decidimos que lo mejor era contar la verdad antes de que todo fuera a peor. Pero cuando llegó el momento, Marta se acobardó y me dejó sola ante Carmen y Álvaro.
—¿Qué pasa? —preguntó Álvaro al vernos tan serias.
—Marta… no está embarazada —dije al fin, sintiendo cómo me temblaban las piernas.
El silencio fue brutal. Carmen se desplomó en una silla y empezó a sollozar. Álvaro miró a su hermana con una mezcla de rabia y decepción.
—¿Por qué nos has hecho esto? —le gritó—. ¡Nos has mentido a todos!
Marta no pudo responder. Salió corriendo de casa y no volvió esa noche.
Desde entonces, nada ha vuelto a ser igual. Carmen apenas sale de su habitación y ha dejado de hablarme porque cree que yo también estaba metida en la mentira. Álvaro está distante; dice que necesita tiempo para perdonar a su hermana… y quizá también a mí por no haber contado antes lo que sabía.
A veces me pregunto si hice bien en proteger a Marta o si debería haber contado la verdad desde el principio. ¿Hasta dónde somos responsables por las mentiras de quienes queremos? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?