El diario de Lucía: Lo que nunca debí leer
—¿Mamá, puedes llevarte estas cosas?— La voz de Lucía sonó seca, casi como si le costara pronunciar cada palabra. En su mano, una bolsa con ropa que ya no le servía a mi nieto y un par de libros infantiles. Yo asentí en silencio, tragando el nudo que se me formaba en la garganta. No me invitó a sentarme, ni siquiera a tomar un café. Por primera vez en mi vida, sentí que sobraba en la casa de mi propia hija.
Apenas crucé el umbral, las lágrimas comenzaron a arderme en los ojos. No era sólo el rechazo lo que me dolía, sino la certeza de que yo misma había provocado esta distancia. Todo empezó hace dos semanas, una tarde cualquiera en la que fui a cuidar a mi nieto mientras Lucía iba al médico. Al buscar un cuaderno para dibujar con el niño, encontré por accidente el diario de mi hija. No sé qué fuerza oscura me impulsó a abrirlo. Quizá la curiosidad, quizá el miedo de no saber nada de su vida desde que se fue de casa. Lo cierto es que lo leí.
«A veces siento que mi madre nunca me escucha. Que siempre tiene una opinión sobre todo y que no hay espacio para mí. Me asfixia su manera de quererme, tan llena de consejos y advertencias. Ojalá pudiera decirle que necesito distancia, pero sé que se lo tomaría como una traición.»
Leí esas líneas una y otra vez, como si fueran cuchillos clavándose en mi pecho. ¿De verdad era así como me veía? ¿Tan invasiva, tan incapaz de escuchar? Recordé todas las veces que le había dicho cómo criar a su hijo, cómo organizar su casa, cómo manejar sus problemas con su marido, Sergio. Pensé que la ayudaba, pero ahora veía que sólo la alejaba.
Esa noche no pude dormir. Me debatía entre la culpa y la rabia. ¿Por qué no me lo había dicho? ¿Por qué tenía que enterarme así? Al día siguiente, cuando Lucía vino a recoger al niño, intenté comportarme como siempre, pero ella notó mi distancia.
—¿Te pasa algo, mamá?
—No, hija, nada —mentí.
Pero ella ya no era una niña y supo leerme la cara. Desde entonces, todo cambió entre nosotras. Las llamadas se hicieron más cortas, las visitas más frías. Yo intentaba no meterme en su vida, pero sentía que cada palabra mía era un error. Me convertí en una sombra en su casa.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi nieto. Preparé una tarta como las de antes y llevé regalos para todos. Pero Lucía apenas me miró durante la comida. Cuando los invitados se fueron y quedamos solas en la cocina, intenté acercarme.
—Lucía, ¿he hecho algo que te moleste?
Ella dejó los platos en el fregadero y suspiró.
—Mamá, sólo quiero un poco de espacio. No hace falta que vengas todos los días ni que me digas cómo hacer las cosas.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Quise decirle que sólo quería ayudarla, que la echaba de menos desde que se fue de casa, pero las palabras se me atragantaron.
—Está bien —dije al final—. No volveré a molestar.
Desde entonces, nuestras conversaciones se limitaron a lo imprescindible: horarios del colegio del niño, citas médicas, recados urgentes. Yo pasaba las tardes sola en mi piso del barrio de Chamberí, mirando fotos antiguas y preguntándome en qué momento perdí a mi hija.
Una tarde lluviosa de marzo, Lucía me llamó para pedirme que recogiera unas cosas del niño porque iban a hacer obras en su casa.
—¿Puedes venir mañana por la tarde? —preguntó sin emoción.
—Claro —respondí con voz temblorosa.
Al llegar, noté el ambiente tenso. Sergio ni siquiera salió del despacho para saludarme. Lucía me entregó las bolsas y se despidió rápido.
—Gracias por venir, mamá.
—¿No quieres que me quede un rato?
Ella negó con la cabeza.
—Hoy no puedo, tengo mucho trabajo.
Cerré la puerta tras de mí sintiendo un frío helado en el alma. Bajé las escaleras despacio, arrastrando los pies como si pesaran toneladas. Al llegar a la calle, rompí a llorar bajo la lluvia.
Esa noche volví a leer el fragmento del diario que había copiado en un papel. Me pregunté si alguna vez podría recuperar la relación con Lucía o si ya era demasiado tarde. Pensé en mi propia madre y en todas las cosas que nunca le dije por miedo a herirla o decepcionarla.
¿Es inevitable repetir los errores de quienes nos criaron? ¿O aún estoy a tiempo de aprender a querer sin invadir? ¿Alguna vez podré volver a ser bienvenida en la vida de mi hija?
Quizá algún día Lucía lea esto y entienda que todo lo hice por amor… aunque ese amor haya sido torpe y ciego.