Entre las paredes de mi casa: el precio de la compañía
—¿Otra vez, mamá? ¿Por qué tienes la nevera vacía?— La voz de mi hija Carmen retumba en el pasillo antes siquiera de que pueda contestar. Dejo el libro sobre la mesa, respiro hondo y me preparo para la inspección semanal. Ella entra, con su bolso colgando del brazo y ese gesto de preocupación que ya es parte de su rostro.
—Porque no tengo hambre, Carmen. Y porque me gusta ir al mercado yo sola, como siempre he hecho— le respondo, intentando que mi voz suene firme, aunque sé que no servirá de nada.
Carmen suspira, abre la nevera y empieza a sacar cosas caducadas. Yo la observo desde la puerta de la cocina. Me duele verla así, tan pendiente de mí, pero más me duele sentirme una carga. Desde que murió tu padre, le digo a veces en silencio, parece que todos han decidido que no puedo estar sola ni un minuto.
Mi hijo Luis llega poco después, con su hija Lucía. Ella corre a abrazarme, y yo me derrito un poco por dentro. Luis me mira con esa mezcla de cariño y prisa que tienen los hombres que siempre están llegando tarde a algo.
—Mamá, ¿has pensado en lo que te dije?— pregunta mientras deja las llaves sobre la mesa.
—¿Lo de irme a vivir contigo?— respondo, y noto cómo Carmen se tensa a mi lado.
—No es mala idea, mamá. Así estarías acompañada y podríamos ayudarte más— insiste él.
Carmen interviene: —Pero si mamá está bien aquí. Solo necesita que vengamos más a menudo.
Y ahí empieza otra vez la discusión. Yo me siento en el sillón, acaricio el pelo de Lucía y miro por la ventana. Afuera, Madrid bulle como siempre; dentro, mi casa se llena de voces que no me dejan pensar.
No siempre fue así. Cuando era joven, mi piso era un refugio para todos: meriendas improvisadas, risas hasta tarde, los amigos de mis hijos entrando y saliendo. Pero ahora cada visita es una evaluación: ¿he comido bien?, ¿he salido a pasear?, ¿me he tomado las pastillas? Me siento como una niña pequeña bajo vigilancia constante.
Una tarde, después de una discusión especialmente tensa sobre si debía dejarme ayudar con la limpieza, me encerré en el baño y lloré en silencio. No por lo que decían mis hijos, sino por lo que sentía: que mi vida ya no me pertenecía del todo.
Mi vecina Pilar, que tiene ochenta y dos años y un humor ácido como el vinagre, me lo dijo un día en el ascensor:
—Rosario, los hijos vienen con la mejor intención, pero a veces te asfixian sin querer. Hay que poner límites.
Pero ¿cómo se ponen límites al amor? ¿Cómo le dices a tu hija que necesitas estar sola sin herirla?
Un domingo por la tarde, mientras Carmen recogía los platos del almuerzo familiar, me armé de valor:
—Carmen, necesito pedirte algo.
Ella se giró, preocupada:
—¿Qué pasa?
—Quiero estar sola algunos días. No hace falta que vengas todos los martes y jueves. Si necesito algo, te llamaré.
Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. —¿Te molesto?— susurró.
—No es eso, hija. Es solo que… echo de menos mi silencio. Mi rutina. Mi espacio.
Luis apareció en ese momento y nos miró a las dos. —Mamá tiene razón— dijo él, sorprendiéndome—. Yo tampoco quiero que sientas que te vigilamos todo el tiempo.
Carmen asintió despacio. Nos abrazamos las tres generaciones en medio del salón: mi nieta Lucía sin entender nada pero apretando fuerte mi cintura.
Las semanas siguientes fueron extrañas. Al principio sentí un vacío enorme: nadie llamaba a la puerta, nadie preguntaba si había comido o salido a pasear. Pero poco a poco fui recuperando mi ritmo: el mercado los miércoles por la mañana; el café con Pilar los viernes; las tardes tranquilas leyendo junto a la ventana.
Un día recibí una carta de Carmen:
“Mamá,
Sé que a veces te agobio porque tengo miedo de perderte como perdimos a papá. Pero quiero aprender a respetar tu espacio. Gracias por decírmelo con tanto cariño.”
Lloré al leerla. Lloré por ella y por mí; por todas las madres e hijas que no saben cómo quererse sin invadirse.
Ahora mis hijos vienen cuando les llamo o cuando realmente les apetece. Las visitas son menos frecuentes pero más alegres; ya no siento que tengo que demostrar nada ni ellos sienten que tienen que salvarme.
A veces me pregunto si este equilibrio durará mucho tiempo o si volveremos a caer en viejos hábitos cuando llegue el invierno o una gripe inoportuna. Pero mientras tanto disfruto de mi casa, de mi soledad elegida y del amor sin cadenas.
¿No es curioso cómo el amor puede ser tan dulce y tan pesado al mismo tiempo? ¿Cuántos de vosotros habéis sentido alguna vez que necesitáis espacio incluso de aquellos a quienes más queréis?