El día que decidí hablar con mi abuela sobre el piso

—¿Por qué has venido ahora, mamá? —escupí la pregunta sin poder contener el temblor en mi voz. La puerta del salón seguía abierta, y el olor a pollo empanado recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con la tensión que llenaba la casa de mi abuela Gabriela.

Mi madre, Carmen —a la que apenas podía llamar así—, se quedó de pie junto al perchero, con el bolso colgando del brazo y una expresión de incomodidad en el rostro. No la veía desde hacía más de una década. Había crecido bajo el cuidado de mi abuela, aprendiendo a recitar versos de Lorca en la cocina mientras removía la bechamel para las croquetas. Gabriela era mi madre, mi amiga y mi confidente. Y ahora, de repente, Carmen volvía como si nada.

Gabriela, sentada en su butaca junto a la ventana, observaba la escena con los ojos cansados pero atentos. Su pelo blanco recogido en un moño y su bata de flores me recordaban a todas esas tardes de invierno en las que me arropaba con historias de su juventud en Salamanca. Pero hoy no había cuentos ni risas; solo un silencio denso y cortante.

—He venido porque quiero arreglar las cosas —dijo Carmen al fin, bajando la mirada—. Y porque mamá ya no está para vivir sola. Quiero ayudar.

Sentí una punzada de rabia. ¿Ayudar? ¿Ahora? ¿Después de tantos años desaparecida? Yo había estado aquí cada día: limpiando, cocinando, acompañando a Gabriela al centro de salud, soportando sus noches de insomnio y sus miedos a quedarse sola. ¿Dónde estaba Carmen cuando yo lloraba en silencio porque no entendía por qué mi madre no me quería?

—¿Y qué pasa con el piso? —pregunté sin rodeos. El tema flotaba en el ambiente desde hacía meses. Gabriela llevaba tiempo diciéndome que quería dejarme el piso en herencia, que era lo justo después de todo lo que había hecho por ella. Pero ahora, con Carmen de vuelta, todo podía cambiar.

Gabriela suspiró y se frotó las manos arrugadas.

—No quiero peleas —dijo con voz débil—. Este piso es lo único que tengo. Quiero que estéis bien las dos.

Carmen se acercó y se arrodilló junto a su madre.

—Mamá, yo solo quiero que estés tranquila. Si quieres dejarle el piso a Nora, lo entenderé. Pero también quiero estar cerca de ti…

No pude evitar soltar una carcajada amarga.

—¿De verdad? ¿O es porque sabes que este piso vale una fortuna ahora que han puesto el metro cerca?

Carmen me miró herida, pero no respondió. Gabriela cerró los ojos y murmuró algo ininteligible.

Las semanas siguientes fueron un desfile de visitas incómodas y conversaciones a media voz. Carmen empezó a venir cada tarde, trayendo pasteles del supermercado y hablando de reformas que podríamos hacer en la casa. Yo seguía encargándome de todo: las medicinas, las citas médicas, los pagos del gas. Pero sentía cómo el suelo bajo mis pies se volvía cada vez más inestable.

Una noche, mientras fregaba los platos, Gabriela me llamó desde su habitación.

—Nora, ven un momento.

Entré y la encontré sentada en la cama, con una carpeta azul entre las manos.

—Quiero hablar contigo sobre el piso —dijo en voz baja—. Sé que esto es difícil para ti… pero también es difícil para mí. Carmen es mi hija. Tú eres mi nieta… pero eres como una hija para mí.

Me senté a su lado y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Abuela, yo solo quiero lo mejor para ti… pero tengo miedo. Si mamá se queda con el piso… ¿qué será de mí? No tengo a dónde ir.

Gabriela me acarició el pelo como cuando era niña.

—No voy a dejarte desamparada, Nora. Pero tampoco quiero morir dejando enemistad entre vosotras.

La carpeta contenía el testamento. Gabriela había decidido repartirlo todo: el piso sería para mí, pero Carmen recibiría los ahorros y algunas joyas familiares. Era un intento desesperado por mantener la paz.

Cuando Carmen lo supo, montó en cólera.

—¡Esto es injusto! —gritó una tarde mientras yo preparaba café—. ¡Siempre has preferido a Nora! ¡Siempre!

Gabriela rompió a llorar y yo sentí cómo se me partía el alma.

—¡Basta ya! —grité yo también—. ¡No tienes derecho a venir ahora y exigir nada! ¡No sabes lo que hemos pasado aquí!

Carmen salió dando un portazo y no volvió durante días. Gabriela cayó enferma poco después; los médicos dijeron que era una neumonía leve, pero yo sabía que era tristeza acumulada.

Durante las noches en vela junto a su cama, recordé todas las veces que Gabriela me había salvado del miedo y la soledad. Recordé cómo me enseñó a ser fuerte y a no rendirme nunca. Y entonces entendí que el piso no era lo importante: lo importante era no perderla antes de tiempo por culpa de rencores viejos.

Cuando Carmen volvió al hospital, nos miramos sin decir nada durante un largo rato. Al final fui yo quien rompió el silencio.

—Mamá… ¿por qué te fuiste?

Carmen bajó la cabeza y susurró:

—No supe ser madre… Me equivoqué mucho. Pero quiero intentarlo ahora… aunque sea tarde.

Gabriela nos miró desde la cama y sonrió débilmente.

—Sois mi familia… No dejéis que este piso os separe más de lo que ya estáis separadas.

El día que Gabriela murió, nos abrazamos las dos junto a su cama. Lloramos por ella y por todo lo que nunca habíamos sabido decirnos.

Hoy vivo en ese piso, rodeada de sus recuerdos: las cortinas bordadas por sus manos, los libros de teatro apilados junto al sofá, el aroma persistente del pollo empanado. Carmen viene a verme cada semana; hablamos poco del pasado, pero compartimos café y silencios menos dolorosos.

A veces me pregunto si hice bien al hablar con mi abuela sobre el piso… Si debí luchar más o menos… Si alguna vez podremos sanar del todo las heridas que deja una familia rota por el abandono y la desconfianza.

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais por proteger lo poco —o mucho— que os queda de vuestra familia?