El Hijo Invisible: La Herida de la Preferencia

—¿Por qué siempre tienes que exagerar, Marta? —La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el pasillo del hospital, tan fría como el mármol bajo mis pies.

Me quedé helada, con la bandeja de comida temblando entre mis manos. Miré a mi marido, Luis, tumbado en la cama, pálido y con los ojos hundidos tras semanas de fiebre y tos. Él intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarme, pero sus labios apenas se movieron. Carmen ni siquiera le miró. Sus ojos estaban fijos en su móvil, esperando noticias de su hijo favorito: Alejandro.

Alejandro, el hijo perfecto. El que nunca se ponía enfermo, el que tenía un trabajo estable en una notaría del centro de Madrid y una novia que, según Carmen, era «una joya». Luis, en cambio, era el hijo rebelde: profesor de instituto, siempre con ideas propias y una esposa —yo— que nunca estuvo a la altura de las expectativas familiares.

—Mamá, ¿puedes quedarte con Luis mientras bajo a por los medicamentos? —le pregunté con voz suplicante.

Carmen suspiró y miró el reloj.

—Tengo prisa. Alejandro me ha dicho que pasará a recogerme para ir a ver el piso nuevo. No puedo quedarme mucho rato.

Luis cerró los ojos. Yo sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo podía ser tan evidente su preferencia? ¿Cómo podía dejar a su hijo enfermo solo por ir a ver un piso con Alejandro?

Me senté junto a la cama de Luis y le acaricié la mano. Él apretó mis dedos con fuerza.

—No te preocupes, Marta. Estoy acostumbrado —susurró.

Pero yo no lo estaba. No podía soportar ver cómo Carmen ignoraba el sufrimiento de Luis mientras se desvivía por Alejandro. Recordé la primera vez que fui a cenar a su casa: Carmen había preparado cocido madrileño porque era el plato favorito de Alejandro, aunque yo era vegetariana. «No pasa nada, hija, un día es un día», me dijo con una sonrisa forzada.

Las semanas pasaron y la salud de Luis empeoró. Yo hacía malabares entre mi trabajo en la biblioteca municipal y las visitas al hospital. Carmen apenas aparecía y cuando lo hacía era para hablar de las últimas noticias de Alejandro: su ascenso, su viaje a Barcelona, su boda inminente.

Una tarde, mientras cambiaba las sábanas del hospital, escuché a Carmen hablando por teléfono en el pasillo.

—Sí, Alejandro, ya lo sé… No te preocupes por tu hermano, siempre ha sido muy dramático… Sí, claro que iré contigo a ver el traje…

Sentí rabia e impotencia. ¿Cómo podía minimizar así la enfermedad de su propio hijo? Entré en la habitación y vi a Luis mirando por la ventana, con lágrimas en los ojos.

—¿Sabes lo peor? —me dijo sin mirarme—. Que aún así la quiero. Y siempre he querido que me quiera igual que a Alejandro.

Me senté a su lado y le abracé. No sabía qué decirle. ¿Cómo consuelas a alguien que lleva toda la vida sintiéndose invisible?

El día que dieron el alta a Luis, Carmen apareció con una bolsa llena de regalos… para Alejandro. «Son cosas para el piso nuevo», explicó sin inmutarse. Ni una palabra sobre la recuperación de Luis.

Esa noche, en casa, Luis explotó por primera vez en años.

—¡Estoy harto! ¡Siempre es igual! ¡Nunca seré suficiente para ella! —gritó golpeando la mesa.

Yo intenté calmarle, pero él siguió:

—¿Sabes lo que más me duele? Que tú también sufres por esto. Que ni siquiera te ve como parte de la familia…

Me acerqué y le abracé fuerte.

—Luis, yo te veo. Y te quiero. Pero no podemos seguir así.

Decidimos ir a hablar con Carmen. Quería enfrentarla, decirle todo lo que llevaba años callando. Cuando llegamos a su casa en Vallecas, Alejandro estaba allí, como siempre impecable y sonriente.

—¿Qué tal estáis? —preguntó sin mucho interés.

Carmen nos recibió con frialdad.

—¿Qué hacéis aquí sin avisar?

Luis se armó de valor.

—Mamá, necesito hablar contigo. Siento que nunca te has preocupado por mí como por Alejandro. Me he sentido invisible toda mi vida.

Carmen se quedó callada unos segundos y luego soltó:

—No digas tonterías. Siempre he hecho lo mejor para vosotros.

Alejandro intervino:

—Mamá siempre ha estado ahí para todos…

Luis le interrumpió:

—¡No es verdad! Siempre has sido el centro de todo. Mamá nunca me ha preguntado cómo estoy realmente.

El silencio se hizo espeso como la niebla en una mañana de invierno madrileña. Carmen se levantó y fue a la cocina sin decir nada más.

Salimos de allí destrozados. En el coche, Luis lloró como un niño pequeño. Yo le sujeté la mano todo el camino a casa.

Desde entonces nuestra relación con Carmen cambió para siempre. Apenas nos llama. Las reuniones familiares son incómodas y forzadas. Pero al menos ahora Luis sabe que no está solo en su dolor.

A veces me pregunto si alguna vez sanaremos esta herida o si simplemente aprenderemos a vivir con ella.

¿Es posible perdonar cuando nunca has sentido que te quieren igual? ¿Cuántas familias habrá rotas por un favoritismo tan evidente?