Sin cuna, sin pañales: El regreso a casa que nunca imaginé
—¿De verdad, Lucía? ¿Otra vez con lo mismo? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo mientras yo sostenía a nuestra hija recién nacida, todavía envuelta en la manta del hospital. El taxista acababa de marcharse y el eco de la puerta cerrándose fue como un disparo en mi pecho.
No había cuna. No había cambiador. Ni siquiera una caja de pañales. El salón estaba igual de desordenado que cuando me fui al hospital tres días antes, pero ahora el caos era insoportable. El olor a comida recalentada y la pila de ropa sucia en el sofá me hicieron sentir que estaba entrando en una pesadilla, no en mi propio hogar.
—Te lo pedí, Sergio. Te lo supliqué —mi voz temblaba, entre el llanto y la rabia—. Solo necesitaba que te encargaras de unas cosas. ¿Tan difícil era?
Él se pasó la mano por el pelo, agotado, con las ojeras marcadas por las noches sin dormir y las horas extras en la oficina. —Mi jefe no me dejó ni un día libre, Lucía. He hecho lo que he podido…
—¿Lo que has podido? —le interrumpí—. ¿Y nuestra hija? ¿No era suficiente motivo para pedir ayuda?
Me senté en la única silla libre del salón, abrazando a la pequeña Alba. Ella dormía ajena al desastre, pero yo sentía que el mundo se me venía encima. Mi madre siempre decía que los niños traen un pan bajo el brazo, pero yo solo veía facturas sin pagar y una lista interminable de cosas por hacer.
El teléfono sonó. Era mi hermana Marta.
—¿Ya estáis en casa? —preguntó alegremente.
—Sí… —intenté sonar tranquila—. Pero no hay nada preparado. Nada.
Marta guardó silencio unos segundos antes de decir: —Voy para allá. No te preocupes.
Colgué y miré a Sergio. Él evitaba mi mirada, recogiendo al azar algunos juguetes viejos del suelo.
—¿Por qué no me dijiste que no podías con todo? —le pregunté en voz baja.
—Porque pensé que podría. Porque no quería fallarte… ni fallarle a Alba —su voz se quebró.
Las horas siguientes fueron un torbellino: Marta llegó con bolsas llenas de pañales, toallitas y bodys diminutos; mi padre apareció con una cuna desmontable que había guardado en el trastero desde que nació mi sobrino; incluso la vecina del tercero bajó con una bolsa de ropa de bebé y una sonrisa tímida.
Pero el desorden seguía ahí, como una sombra pegajosa. Cada vez que miraba a Sergio sentía una mezcla de compasión y rabia. Él no era malo, solo estaba superado por la vida, igual que yo.
Esa noche, mientras Alba lloraba desconsolada y yo intentaba calmarla sentada en el suelo del baño (el único sitio donde podía estar a solas), escuché a Sergio llorar en silencio en el dormitorio. Me acerqué despacio y lo vi encogido sobre la cama, tapándose la cara con las manos.
—Lo siento —susurró cuando sintió mi presencia—. No sé cómo hacerlo mejor.
Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro. —Yo tampoco sé cómo hacerlo… Pero tenemos que aprender juntos.
Durante semanas vivimos entre cajas abiertas, noches sin dormir y discusiones susurradas para no despertar a Alba. Mi suegra venía cada tarde con tuppers de lentejas y consejos no solicitados; mi madre criticaba todo lo que hacíamos; Marta intentaba mediar pero acababa llorando conmigo en la cocina.
Un día, después de una pelea especialmente dura sobre quién debía encargarse de comprar leche para Alba, exploté:
—¡No puedo más! ¡No puedo ser madre, esposa, ama de casa y enfermera al mismo tiempo! ¡Necesito ayuda!
Sergio me miró como si por fin entendiera algo fundamental. Esa noche llamó a su jefe y le dijo que necesitaba una semana libre, aunque fuera sin sueldo. Yo llamé a mi madre y le pedí que dejara de venir todos los días; necesitaba espacio para equivocarme sola.
Poco a poco, fuimos encontrando nuestro ritmo: Sergio aprendió a cambiar pañales sin poner cara de asco; yo acepté que la casa no estaría limpia durante meses; Alba empezó a sonreírnos por las mañanas y eso bastaba para seguir adelante.
A veces pienso en aquel primer día en casa y me pregunto cómo sobrevivimos al caos. La respuesta es sencilla: no lo hicimos solos. Aprendimos a pedir ayuda, a perdonarnos los errores y a aceptar que la perfección es solo una foto bonita en Instagram.
Ahora, mientras veo a Alba dormir en su cuna improvisada junto al sofá, me pregunto: ¿Cuántas familias viven este mismo caos en silencio? ¿Por qué nos exigimos tanto cuando lo único que necesita un bebé es amor y brazos dispuestos a sostenerle?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que todo se desmorona justo cuando más debería brillar la felicidad?