Noches en vela: la historia de Tomás y el silencio perdido
—¡Otra vez, Tomás! ¿No puedes dejarlo estar? —La voz de mi hermana Lucía retumbó en el teléfono, mezclada con el sonido de la televisión de fondo.
Era la tercera vez esa semana que le llamaba para desahogarme. Pero ¿cómo explicarle que el ruido de los vecinos del piso de arriba era como una gota constante taladrando mi paciencia? Desde que se mudaron, las noches en mi piso de Vallecas se habían convertido en una tortura: tacones a las dos de la mañana, gritos, portazos, música que hacía vibrar los cristales. Y yo, solo, con mis cincuenta y dos años y mi insomnio crónico, sentía que el mundo se reía de mí.
La primera vez que llamé a la policía fue casi un susurro: «Disculpe, agente, es que no puedo dormir…». Vinieron, hablaron con los vecinos y se marcharon. Pero el ruido siguió. Y yo seguí llamando. Cada noche era una batalla perdida. Mi madre, desde su residencia en Alcorcón, me decía que tenía que ser paciente, que en España siempre ha habido ruido, que los pisos son así. Pero ella no escuchaba los golpes ni sentía el temblor en el pecho cuando la música subía de volumen.
Una noche de abril, después de una jornada agotadora en la oficina de correos, llegué a casa con la esperanza de encontrar algo de paz. Pero al abrir la puerta, el estruendo era peor que nunca. Me senté en la cama y lloré como un niño. Cogí el teléfono y marqué el 112. «Por favor…», susurré entre sollozos. «No puedo más». La operadora me habló con voz cansada: «Señor Tomás, ya hemos enviado patrullas otras veces. ¿Está usted seguro de que es una emergencia?»
¿Emergencia? Para mí lo era. No dormía, no comía, me temblaban las manos en el trabajo y mis compañeros empezaban a mirarme raro. Mi jefe, don Ramón, me llamó a su despacho:
—Tomás, tienes que descansar. No puedes seguir así. ¿Has pensado en irte unos días al pueblo?
Pero yo no quería irme. Ese era mi hogar. ¿Por qué tenía que huir yo? ¿Por qué nadie hacía nada?
La tensión creció hasta que una noche escuché un golpe seco en mi puerta. Abrí y vi a dos agentes.
—¿Tomás García? —preguntó uno de ellos.
Asentí, temblando.
—Tiene que acompañarnos a comisaría. Ha abusado del servicio de emergencias.
Me esposaron delante de mis vecinos. Sentí las miradas clavadas en mi nuca mientras bajaba las escaleras. En comisaría me interrogaron durante horas. Intenté explicarles mi situación, pero solo vi indiferencia en sus ojos.
—Señor García —dijo uno de los agentes—, hay personas que realmente necesitan ayuda urgente. Usted ha llamado más de veinte veces este mes solo para quejarse del ruido.
Me sentí humillado, pequeño. Pasé la noche en un calabozo frío, sin poder pegar ojo. Al día siguiente me llevaron ante el juez. Mi abogado de oficio apenas me miró a los ojos.
—Tomás —me dijo Lucía cuando vino a verme—, tienes que dejarlo estar. No puedes seguir así.
Pero ¿cómo dejarlo estar? Nadie entendía lo que era vivir con ese ruido constante, esa sensación de estar atrapado en una pesadilla sin fin.
El juez fue implacable: 45 días de arresto por mal uso del servicio de emergencias. Cuando salí del juzgado, la prensa local ya había publicado mi historia: “Vecino arrestado por llamar demasiadas veces al 112”. Me convertí en el hazmerreír del barrio.
En casa, todo era silencio. Un silencio pesado, lleno de vergüenza y rabia contenida. Los vecinos seguían con sus fiestas y yo ya no podía llamar a nadie. Ni siquiera a Lucía; ella dejó de contestar mis llamadas.
Una tarde encontré a doña Pilar, la vecina del tercero, en el portal.
—Tomás, hijo… ¿Por qué no hablas con ellos directamente? —me preguntó con dulzura.
Pero yo ya no podía enfrentarme a nadie. Había perdido la fuerza y la dignidad.
Las noches se hicieron eternas. Empecé a escribir cartas que nunca envié: al ayuntamiento, a la comunidad de vecinos, incluso al Defensor del Pueblo. Nadie respondió.
Un día recibí una carta certificada: era del juzgado. Me prohibían acercarme a menos de cien metros del domicilio de los vecinos ruidosos durante seis meses. Yo era el culpable ahora.
Me senté en el sofá y miré por la ventana las luces de Madrid encendiéndose poco a poco. Pensé en mi madre sola en la residencia, en Lucía ocupada con sus hijos y su trabajo, en mis compañeros del trabajo que ya apenas me saludaban.
¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo dejó la sociedad española de escuchar a los que sufren en silencio?
A veces me pregunto si alguien más ha sentido esta soledad tan profunda por algo tan cotidiano como el ruido. ¿De verdad soy yo el problema? ¿O es que hemos dejado de cuidarnos los unos a los otros?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido que nadie os escucha cuando más lo necesitáis?