Una carta inesperada: entre la sangre y el dinero
—¿Por qué ahora, mamá? ¿Por qué así? —me repetía mientras sostenía la carta con las manos temblorosas, sentada en la cocina de nuestro piso en Vallecas. El sobre era grueso, con mi nombre escrito en esa caligrafía apretada que siempre me recordaba a los exámenes de primaria. Tomás entró, vio mi cara y supo que algo iba mal.
—¿Qué pasa, Lucía? —preguntó, dejando las llaves sobre la mesa.
Le tendí la carta sin decir palabra. La abrió y leyó en silencio. Sus cejas se fruncieron al llegar al final. “Querida Lucía: después de todo lo que hemos pasado, necesito que me ayudes. No puedo seguir adelante sola. Espero tu respuesta. Mamá”.
No era solo una petición. Era una exigencia. Rosalía nunca había sabido pedir las cosas con cariño. Siempre fue así: dura, orgullosa, incapaz de mostrar debilidad. Y ahora, después de años sin hablarnos más allá de lo imprescindible en Navidad, me pedía dinero. Ni una palabra sobre cómo estaba yo, ni sobre mis hijos, ni siquiera un “¿cómo te va?”. Solo esa frase seca: “necesito que me ayudes”.
Tomás me miró con esa mezcla de compasión y rabia que solo él sabe mostrar.
—No tienes ninguna obligación —dijo—. No después de todo lo que te hizo pasar.
Pero yo no podía dejar de pensar en ella. En cómo me gritaba cuando llegaba tarde del instituto, en cómo me echó de casa cuando le dije que quería estudiar Bellas Artes y no Derecho como mi hermano Álvaro. En cómo nunca vino a ver ninguna de mis exposiciones, ni siquiera cuando expuse en el centro cultural del barrio.
Esa noche no dormí. Me levanté varias veces, fui a la cocina y abrí la nevera sin hambre. Miré las fotos pegadas con imanes: mis hijos en la playa de Benidorm, Tomás y yo en nuestra boda civil, mi padre —que murió hace tres años— sonriendo en una terraza de Lavapiés.
Pensé en llamarla. Pero ¿qué le iba a decir? ¿Que no tenía derecho a pedirme nada? ¿Que el dinero no arregla lo que está roto desde hace décadas?
Al día siguiente, fui a trabajar como si nada. Mis compañeras del colegio notaron que estaba distraída. En el recreo, Carmen se acercó:
—¿Te pasa algo, Lucía? Tienes mala cara.
Le conté lo de la carta. Carmen suspiró.
—Las madres… siempre complicándonos la vida. Pero al final, solo tenemos una.
Esa frase me dolió más de lo que esperaba. ¿Solo tenemos una? ¿Y si esa madre te ha hecho sentir pequeña toda la vida? ¿Y si nunca te ha pedido perdón?
Por la tarde, llamé a mi hermano Álvaro. Vive en Salamanca y apenas hablamos desde que papá murió.
—¿Tú también has recibido carta? —me preguntó antes de saludar.
—Sí —respondí—. ¿Qué vas a hacer?
—Nada —dijo seco—. Que se las apañe. Siempre ha sido igual: primero exige, luego culpa. Yo ya no puedo más.
Colgué sintiéndome aún más sola. Álvaro siempre fue el favorito; si él no iba a ayudarla, ¿por qué debía hacerlo yo?
Esa noche discutí con Tomás.
—No quiero ser como ella —le dije llorando—. No quiero vivir con rencor toda mi vida.
Él me abrazó fuerte.
—Pero tampoco tienes que sacrificarte por alguien que nunca te cuidó.
Pasaron los días y la carta seguía sobre la mesa del salón, como una amenaza muda. Mis hijos preguntaban por qué estaba tan seria; les mentí diciendo que era por el trabajo.
Un sábado por la mañana decidí ir a verla. Cogí el tren a Alcalá de Henares, donde vive desde que se jubiló. El trayecto se me hizo eterno; repasé mentalmente todo lo que quería decirle, pero al llegar a su portal sentí que las palabras se evaporaban.
Me abrió la puerta sin sorpresa; como si hubiera sabido que iría.
—Pasa —dijo seca.
El piso olía a sopa y a colonia barata. Rosalía estaba más delgada, el pelo más blanco de lo que recordaba.
—¿Por qué me has escrito así? —le pregunté sin rodeos.
Me miró con esos ojos duros que siempre parecían juzgarme.
—Porque no tengo a nadie más —dijo al fin—. Porque tu hermano pasa de mí y tú… tú siempre fuiste la sensible, la buena.
Sentí rabia y compasión al mismo tiempo.
—¿Y crees que eso te da derecho a exigirme nada? ¿Después de todo?
Se encogió de hombros.
—La vida es así, Lucía. Los hijos ayudan a las madres cuando se hacen viejas.
No supe qué contestar. Me senté frente a ella y durante un rato solo se oyó el tic-tac del reloj de pared.
—¿Por qué nunca pudiste quererme como necesitaba? —pregunté al fin, casi en un susurro.
Rosalía bajó la mirada por primera vez en años.
—No supe hacerlo mejor —dijo—. A mí tampoco me enseñaron.
Salí de allí con el corazón hecho trizas y sin respuestas claras. Le dejé algo de dinero en un sobre, pero no porque me lo pidiera: porque necesitaba cerrar esa herida aunque fuera con un parche mal puesto.
Ahora, semanas después, sigo dándole vueltas: ¿cuánto le debemos realmente a quienes nos dieron la vida pero nos fallaron tantas veces? ¿Es posible perdonar solo porque compartimos sangre?