Diez años de ladrillos y silencios: El día que mi hijo quiso vender nuestra casa
—¿De verdad crees que esto es vida, mamá? —La voz de Álvaro retumbó en la cocina mientras yo, con las manos aún manchadas de yeso, me giraba hacia él. Sus ojos, tan parecidos a los míos, brillaban con una mezcla de rabia y súplica. Tomás, mi marido, se quedó petrificado junto a la ventana, mirando el campo que tanto habíamos trabajado durante diez años.
No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera vez que sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Nuestra casa, esa que habíamos levantado piedra a piedra en las afueras de un pueblo de Segovia, era mucho más que cuatro paredes. Era el sueño que nos mantuvo unidos cuando la fábrica cerró y tuvimos que reinventarnos. Era el refugio donde lloramos la muerte de mi madre y celebramos los cumpleaños de Álvaro, aunque él siempre prefería estar en Madrid.
—No entiendes nada —insistió Álvaro, dejando caer su mochila sobre la mesa—. Estoy ahogado. El alquiler en Madrid me está matando y acabo de perder el trabajo. Si vendéis la casa, podríamos empezar de cero… juntos.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Juntos? ¿Ahora que por fin habíamos encontrado nuestro sitio? Miré a Tomás, buscando apoyo, pero él solo bajó la cabeza. Sabía lo que significaba para él este lugar: cada teja colocada bajo el sol abrasador, cada noche sin dormir calculando cómo estirar el dinero del paro.
—Álvaro, hijo —empecé con voz temblorosa—, esta casa es todo lo que tenemos. No es solo ladrillo y madera…
—¡Pero es solo una casa! —me interrumpió—. Yo soy vuestro hijo. ¿No soy más importante?
El silencio se hizo tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo. Recordé cuando Álvaro era pequeño y corría por el campo persiguiendo lagartijas. Siempre fue inquieto, siempre quiso más. Madrid le había cambiado; ahora traía consigo una prisa y una angustia que no conocía.
Esa noche no dormí. Escuché a Tomás llorar en silencio en el salón. Me levanté y lo abracé por detrás.
—¿Y si tiene razón? —susurró—. ¿Y si estamos siendo egoístas?
No supe qué responderle. ¿Era egoísmo aferrarse a lo único que nos quedaba? ¿O era amor propio?
A la mañana siguiente, Álvaro ya tenía todo planeado: conocía a un agente inmobiliario de Segovia dispuesto a venir esa misma semana. Nos miraba como si fuéramos obstáculos en su camino hacia una vida mejor.
—Mamá, papá… No quiero discutir más. Solo pensadlo —dijo antes de salir a dar un paseo por el campo.
Me senté en la mesa de la cocina y miré mis manos agrietadas. Recordé las veces que sangraron colocando las baldosas del baño, las risas cuando Tomás se cayó del andamio y acabó cubierto de cemento. Todo ese esfuerzo… ¿para qué?
Cuando Álvaro volvió, traía consigo una determinación feroz.
—He hablado con Lucía —dijo—. Si vendéis la casa, podríamos comprar un piso en Madrid y vivir juntos hasta que encuentre trabajo.
Lucía era su novia desde hacía dos años. Apenas la conocíamos; siempre estaba demasiado ocupada para venir al pueblo.
Tomás se levantó bruscamente.
—¿Y si no encuentras trabajo? ¿Y si dentro de un año volvemos a estar igual?
Álvaro apretó los puños.
—¡No lo sabremos hasta intentarlo! Pero aquí… aquí no hay futuro para nadie.
La discusión se repitió durante días. Cada vez más amarga, cada vez más dolorosa. Los vecinos empezaron a murmurar; en el bar del pueblo ya se hablaba de nuestra posible marcha como si fuera un hecho consumado.
Una tarde, mientras pintaba la valla del jardín, se acercó Carmen, mi vecina de toda la vida.
—¿De verdad vais a vender? —preguntó con tristeza—. Esta casa es parte del pueblo ya…
No supe qué decirle. Sentí vergüenza y rabia a partes iguales.
Esa noche, Tomás y yo hablamos largo y tendido. Lloramos juntos por primera vez en años.
—Quizá hemos fallado como padres —dijo él—. Quizá debimos enseñarle a valorar lo que cuesta construir algo desde cero.
Me dolió escucharlo, pero tenía razón. Álvaro nunca entendió el sacrificio detrás de cada ladrillo.
El día que vino el agente inmobiliario fue uno de los peores de mi vida. Caminó por la casa tomando notas, preguntando por los metros cuadrados y las reformas recientes. Sentí que me arrancaban el corazón con cada palabra técnica.
Al final del día, Álvaro estaba eufórico; Tomás y yo éramos dos sombras sentadas en el porche.
Esa noche soñé con mi madre. Me decía: “No todo lo que brilla es oro, hija”. Me desperté llorando.
A la mañana siguiente, reuní a mi familia en el salón.
—Álvaro —dije con voz firme—, esta casa es nuestro hogar. Es nuestro esfuerzo, nuestra historia y nuestro refugio. No puedo venderla… no puedo traicionar todo lo que hemos construido.
Vi cómo se le rompía algo por dentro. Se levantó sin decir palabra y salió dando un portazo.
Tomás me abrazó fuerte. Lloramos juntos otra vez, pero esta vez sentí alivio.
Pasaron semanas sin noticias de Álvaro. Cada día miraba el móvil esperando un mensaje suyo. El dolor era insoportable, pero también sentía orgullo por haber defendido lo nuestro.
Un mes después, recibí una carta suya:
“Mamá, papá: Sigo enfadado, pero empiezo a entenderlo. Quizá algún día pueda construir algo tan valioso como lo vuestro.”
Aún hoy me pregunto: ¿Hicimos bien? ¿Es posible amar sin renunciar a uno mismo? ¿Qué haríais vosotros si vuestro hijo os pidiera sacrificar vuestro sueño por el suyo?