El Frigorífico Cerrado: Confesiones de una Esposa Madrileña
—¡Fernando! ¿Otra vez? —grité desde la puerta de la cocina, con el corazón acelerado y el pijama pegado al cuerpo por el sudor de una noche madrileña sin aire acondicionado.
Él se giró, con la luz del frigorífico iluminando su cara como si fuera una aparición. Tenía en la mano el tupper de las croquetas que había hecho mi madre el domingo. Ni siquiera se molestó en cerrarlo antes de meter una croqueta entera en la boca.
—Solo una, Lucía, te lo juro —murmuró con la boca llena, como si eso fuera a calmar mi enfado.
Pero no era solo una. Nunca era solo una. Desde hace meses, Fernando se levantaba cada noche para asaltar la nevera. Al principio me hacía gracia; pensaba que era una manía pasajera, algo de estrés por el trabajo en la gestoría o por las facturas que no dejaban de llegar. Pero cuando empecé a encontrar los envases vacíos escondidos detrás de los cereales y los embutidos desaparecían misteriosamente, supe que aquello iba más allá.
Mi hija Paula, que tiene catorce años y la lengua más afilada del barrio de Chamberí, fue la primera en decirlo en voz alta:
—Mamá, ¿por qué no le pones un candado al frigo? Como hacen los americanos en las pelis.
Me reí. Pero esa noche, mientras escuchaba a Fernando abrir la puerta del frigorífico por tercera vez, empecé a pensar que no era tan mala idea.
La situación se volvió insostenible cuando mi suegra, Carmen, vino a pasar unos días con nosotros. Carmen es de esas madres que piensan que su hijo es perfecto y que cualquier problema es culpa de los demás. El primer día, al ver el frigorífico medio vacío, me miró con desaprobación.
—Lucía, hija, ¿no crees que deberías hacer mejor la compra? Fernando necesita alimentarse bien.
Apreté los dientes y sonreí. ¿Cómo explicarle que su hijo era capaz de comerse media tortilla de patatas en un solo asalto nocturno?
Las discusiones empezaron a ser diarias. Yo le echaba en cara su falta de control; él me acusaba de exagerar y de no entenderle. Paula se refugiaba en su habitación con los cascos puestos y mi hijo pequeño, Álvaro, empezó a esconder sus yogures favoritos detrás de los botes de mayonesa.
Una tarde, después de una pelea especialmente amarga —Fernando había acabado con el jamón ibérico que guardaba para una ocasión especial— me senté en el sofá y lloré. No era solo por la comida; era por la sensación de perder el control sobre mi propia casa, por sentirme invisible y poco valorada.
Esa noche soñé que el frigorífico tenía una alarma como las cajas fuertes. Al día siguiente busqué en internet «cerraduras para frigoríficos». Me sorprendió ver cuántas opciones había. Algunas incluso tenían código numérico. Me reí sola pensando en Fernando intentando adivinar el código mientras yo dormía plácidamente.
Pero antes de tomar una decisión tan drástica, decidí hablar con él. Esperé a que los niños se durmieran y me senté a su lado en la cama.
—Fernando, tenemos que hablar —dije con voz suave pero firme.
Él suspiró y me miró con cansancio.
—Ya sé lo que vas a decirme. Que soy un glotón, que no tengo fuerza de voluntad…
—No es eso. Bueno, sí, un poco sí —admití—. Pero sobre todo estoy preocupada. Esto no es normal. No puedes seguir así. Nos está afectando a todos.
Por primera vez le vi dudar. Bajó la mirada y jugueteó con el borde del edredón.
—No sé qué me pasa, Lucía. Me levanto con ansiedad… No puedo dormir si no como algo. Es como si tuviera un vacío aquí —se tocó el estómago— y solo se llenara con comida.
Sentí un nudo en la garganta. De repente ya no estaba enfadada; estaba asustada. ¿Y si era algo más serio? ¿Y si necesitaba ayuda?
Al día siguiente pedimos cita con el médico de cabecera. Nos derivaron a una psicóloga del centro de salud. Fernando empezó terapia y poco a poco fue entendiendo que su ansiedad venía de mucho más atrás: del miedo a perder el trabajo, de las expectativas familiares, del estrés acumulado durante años sin hablarlo con nadie.
Mientras tanto, en casa aprendimos a reírnos del asunto. Paula pegó un cartel en la nevera: «Prohibido entrar sin contraseña». Álvaro inventó canciones sobre «el monstruo del frigorífico» y hasta Carmen acabó reconociendo que su hijo tenía un problema… aunque añadió que seguro que era culpa mía por no hacerle más lentejas.
Hoy las cosas no son perfectas, pero han mejorado. Fernando sigue luchando contra sus impulsos, pero ya no lo hace solo. Hemos aprendido a hablar más y a juzgar menos. Y yo he aprendido que a veces los problemas más absurdos esconden heridas profundas.
A veces me pregunto: ¿Cuántas familias estarán viviendo algo parecido sin atreverse a decirlo? ¿Cuántas veces nos reímos de lo que nos duele porque nos da miedo enfrentarlo? ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si vuestro hogar se llenara de silencios incómodos y puertas abiertas a medianoche?