El día que Lucía llamó a mi puerta

—No puedes quedarte aquí, Lucía. Lo siento, pero no puedo hacer nada—. La voz de Sergio retumbó en el pasillo, seca, definitiva. Yo me quedé helada, con la mano aún en el pomo de la puerta, mientras mi hermana temblaba bajo la lluvia, sus hijos pegados a sus piernas como dos polluelos asustados.

No recuerdo haber sentido tanta rabia y vergüenza al mismo tiempo. Lucía me miraba con los ojos rojos, suplicantes. —Por favor, Ana—susurró—. No tengo a dónde ir. No puedo volver a casa de mamá, ya sabes cómo es. Y Marcos…

No necesitaba que terminara la frase. Sabía perfectamente lo que pasaba con Marcos, su marido. Lo sabíamos todos en la familia, pero nadie decía nada. En los cumpleaños, en las cenas de Navidad, Lucía siempre tenía una sonrisa forzada y un maquillaje demasiado grueso. Yo lo intuía, pero nunca me atreví a preguntar.

Esa noche, sin embargo, la verdad se presentó en mi puerta: Lucía había huido. Había cogido a sus hijos —Martina y Pablo— y había dejado todo atrás. Y ahora estaba aquí, empapada y temblando, esperando que yo hiciera lo correcto.

—Sergio…—intenté razonar—. Es mi hermana. No podemos dejarla en la calle.

Él me miró con esa expresión fría que sólo le conocía en los momentos más tensos. —Ana, tenemos una hija pequeña. No sabemos qué problemas trae Lucía detrás. No quiero meterme en líos con Marcos ni con la policía. Lo siento, pero no.

Me sentí traicionada y sola. ¿No era eso lo que hacían las familias? ¿Ayudarse en los peores momentos? Pero también entendía el miedo de Sergio: vivimos en un barrio tranquilo de Alcalá de Henares, donde todo el mundo se conoce y los rumores vuelan más rápido que el viento.

Lucía empezó a llorar en silencio. Martina se abrazó a su madre y Pablo se tapó los oídos. Yo sentí que el corazón se me partía en dos.

—Venid conmigo al coche—dije al fin—. Al menos podréis resguardaros mientras pienso qué hacer.

Sergio no dijo nada más; se fue al salón y cerró la puerta tras de sí. Yo acompañé a Lucía y los niños al coche y les di una manta vieja que tenía en el maletero. Me senté con ellos un rato, escuchando cómo la lluvia golpeaba el techo.

—¿Por qué no puedes quedarte?—preguntó Martina con voz bajita.

Lucía la abrazó más fuerte. —A veces los adultos toman decisiones difíciles, cariño.

Yo no podía dejar de pensar en mi hija, Irene, durmiendo plácidamente arriba, ajena al drama que se desarrollaba bajo su propio techo.

Saqué el móvil y llamé a mi madre. —Mamá, Lucía está aquí. Ha dejado a Marcos. ¿Puede ir a tu casa?

Mi madre suspiró al otro lado del teléfono. —Ana… Ya sabes cómo es tu padre. No quiere problemas. Además, aquí no hay sitio para tres más.

Colgué sintiéndome más sola que nunca.

Volví a casa para hablar con Sergio. Lo encontré sentado en el sofá, mirando la tele sin verla realmente.

—¿De verdad vas a dejar que tu cuñada duerma en el coche con dos niños pequeños?—le pregunté, conteniendo las lágrimas.

Él apretó los labios. —No quiero problemas con Marcos ni con la policía. Si le pasa algo a nuestra hija por culpa de esto… nunca me lo perdonaría.

Me senté a su lado y le cogí la mano. —¿Y si fuera tu hermana? ¿La dejarías fuera?

No contestó.

Esa noche apenas dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Lucía bajo la lluvia, la mirada asustada de Martina y Pablo. A las seis de la mañana bajé al coche con un termo de café y unos bollos para ellos.

—He encontrado un hostal barato cerca de la estación—le dije a Lucía—. Os llevaré allí hasta que podamos pensar algo mejor.

Ella me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

Durante las siguientes semanas ayudé a Lucía a buscar trabajo y un piso de alquiler social. Los niños empezaron el colegio cerca del hostal y poco a poco fueron recuperando la sonrisa. Pero mi relación con Sergio nunca volvió a ser igual.

Él decía que yo había puesto en peligro nuestra familia por ayudar a mi hermana; yo sentía que él me había fallado cuando más lo necesitaba.

En las reuniones familiares todo era incómodo: mis padres evitaban hablar del tema y Marcos desapareció del mapa, aunque seguía enviando mensajes amenazantes a Lucía.

A veces me pregunto si hice lo correcto. ¿Debí haber desobedecido a Sergio y dejar entrar a Lucía esa noche? ¿O protegí a mi hija al mantenerla alejada de un conflicto peligroso?

La vida nos obliga a elegir entre el corazón y la razón, entre la familia que creamos y la familia de la que venimos.

¿Vosotros qué habríais hecho? ¿Hasta dónde llegaríais por ayudar a un ser querido si eso pone en riesgo vuestra propia estabilidad?