Diez años después: Cuando Julián volvió de la nada, mi mundo volvió a temblar
—¿Mamá? Hay un hombre en la puerta que dice que te conoce —la voz de Lucía, mi hija mayor, me sacudió como una descarga eléctrica. Estaba en la cocina, cortando cebollas para la cena, cuando el cuchillo se me resbaló de las manos y cayó al suelo. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar.
No podía ser. No después de diez años. No después de todo lo que pasamos. Me limpié las manos en el delantal y caminé hacia la entrada con las piernas temblorosas. Allí estaba él. Julián. Mi marido. El hombre que desapareció una mañana de enero, dejando solo una nota arrugada en la mesa del salón: “Lo siento. No puedo más”.
Durante años odié esa frase. La leí tantas veces que las palabras se borraron del papel. Me pregunté si era culpa mía, si no fui suficiente, si algo en mí lo había empujado a huir. Pero nunca obtuve respuestas. Solo silencio y noches interminables de insomnio, consolando a mis hijos y aprendiendo a sobrevivir con un sueldo de cajera en el supermercado del barrio.
Ahora estaba allí, más delgado, con el pelo salpicado de canas y los ojos hundidos. Lucía y Samuel se quedaron paralizados detrás de mí. Nadie dijo nada durante unos segundos eternos.
—Hola, Ana —dijo Julián con voz ronca—. Sé que no tengo derecho a pedir nada, pero… ¿puedo pasar?
Sentí cómo la rabia me subía por la garganta como un vómito. Quise gritarle, golpearle, echarle de casa. Pero mis hijos miraban, y yo… yo solo asentí en silencio.
Nos sentamos en el salón, ese mismo salón donde él solía leer cuentos a los niños antes de dormir. Julián miraba todo con nostalgia, como si esperara encontrarlo igual que hace una década. Pero nada era igual. Yo no era la misma.
—¿Por qué? —pregunté finalmente, con la voz quebrada—. ¿Por qué nos dejaste así?
Julián bajó la cabeza y se frotó las manos nerviosamente.
—No puedo justificar lo que hice —susurró—. Estaba perdido, Ana. Me sentía ahogado por las deudas, el trabajo… por todo. Pensé que si desaparecía os haría un favor.
—¿Un favor? —escupí la palabra—. ¿Dejarme sola con dos niños pequeños? ¿Hacerme mentirles cada noche para que pudieran dormir? ¿Eso es un favor?
Samuel, que tenía solo seis años cuando Julián se fue y ahora era un adolescente callado y distante, se levantó bruscamente.
—No tienes derecho a estar aquí —dijo con voz fría—. No después de todo este tiempo.
Lucía no dijo nada; solo miraba a su padre con una mezcla de miedo y esperanza.
Julián intentó acercarse a Samuel, pero él retrocedió.
—No quiero verte —susurró Samuel antes de salir corriendo al patio.
El silencio se hizo pesado. Julián se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Yo sentí una punzada de compasión, pero también un muro de resentimiento que no sabía si podría derribar alguna vez.
—He vuelto porque quiero arreglar las cosas —dijo entre sollozos—. Sé que no puedo borrar el pasado, pero… necesito pediros perdón.
Me quedé mirando sus manos temblorosas. Recordé las noches en vela calculando cómo pagar el alquiler, los cumpleaños sin regalos, las veces que Lucía preguntaba si papá volvería algún día.
—¿Y qué esperas ahora? —pregunté—. ¿Que todo vuelva a ser como antes?
Julián negó con la cabeza.
—Solo quiero estar cerca… ayudaros si me dejáis.
Esa noche no dormí. Escuché a Samuel llorar en su habitación y a Lucía suspirar en la suya. Yo misma me sentía dividida entre el deseo de gritarle a Julián todo mi dolor y la tentación de abrazarlo y fingir que nada había pasado.
Al día siguiente, Julián apareció temprano en la puerta del colegio para ver a Samuel jugar al fútbol. Samuel lo ignoró por completo. Lucía aceptó tomar un café con él después de clase; hablaron poco, pero ella volvió a casa con los ojos brillantes y confusos.
Los días pasaron entre silencios incómodos y pequeños gestos: Julián arregló la persiana rota del salón, ayudó a Lucía con los deberes de matemáticas, dejó una bolsa de comida en la puerta sin decir nada.
Una tarde, mi madre vino a casa y al ver a Julián casi le da un infarto.
—¿Tienes vergüenza de volver después de lo que hiciste? —le gritó—. ¡Mi hija no necesita tu compasión!
Yo intenté calmarla, pero en el fondo compartía su rabia. ¿Cómo se perdona una traición así? ¿Cómo se reconstruye una familia rota?
Una noche me encontré a Julián sentado en el banco del parque frente a casa, mirando las luces de la ciudad.
—No espero tu perdón —me dijo sin mirarme—. Solo quiero demostrarte que he cambiado.
Me senté a su lado sin saber qué decir. El aire olía a jazmín y a promesas rotas.
—No sé si puedo volver a confiar en ti —admití—. Pero tampoco sé cómo seguir odiándote para siempre.
Julián asintió en silencio.
La vida siguió su curso: Samuel tardó meses en dirigirle la palabra; Lucía empezó a llamarle “papá” otra vez poco a poco; yo aprendí a convivir con el dolor y la esperanza mezclados como café y leche en una taza rota.
Hoy han pasado seis meses desde su regreso. A veces pienso que nunca podré perdonar del todo; otras veces creo que el amor es más fuerte que cualquier herida.
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede reconstruir una familia después de una traición tan grande? ¿O hay heridas que nunca cierran?