El secreto bajo la mesa: una mañana cualquiera en Madrid

—¿Por qué no me lo dijiste, Luis? —mi voz temblaba, aunque intentaba mantener la calma.

Pero retrocedamos unas horas. Aquella mañana era como cualquier otra en nuestro piso de Carabanchel. El sol apenas se filtraba por la ventana y el olor a café recién hecho aún flotaba en el aire. Mientras recogía los platos del desayuno, algo llamó mi atención: un papel arrugado bajo la mesa. Me agaché, lo recogí y, sin pensar mucho, lo desdoblé. Era un recibo de la floristería de la esquina, fechado hacía tres días. Un solo artículo: «Ramo de rosas — 180€».

Me quedé helada. Ese día no recibí flores. Ni ese, ni ningún otro en los últimos meses. Miré el papel una y otra vez, como si las letras pudieran cambiar si las observaba lo suficiente. El corazón me latía tan fuerte que sentí que Luis podría oírlo desde el salón.

Guardé el recibo en el bolsillo del pantalón y seguí limpiando, pero ya no veía ni el mármol ni las migas. Solo podía pensar en ese ramo de rosas. ¿Para quién era? ¿Por qué tanto dinero? ¿Por qué no para mí?

Cuando Luis volvió del trabajo esa tarde, le observé con otros ojos. Se quitó la chaqueta, dejó las llaves en el cuenco de cerámica que pintó nuestra hija Lucía en el colegio y me sonrió, como siempre.

—¿Qué tal el día, Carmen? —preguntó, sin notar mi inquietud.

—Bien… —respondí, intentando sonar natural—. ¿Y el tuyo?

—Lo de siempre. Mucho lío en la oficina. —Se encogió de hombros y fue directo al frigorífico.

No podía más. Saqué el recibo del bolsillo y lo puse sobre la mesa, justo delante de él.

—¿Me explicas esto?

Luis se quedó paralizado. Sus ojos recorrieron el papel y luego me miraron, buscando una salida que no existía.

—Carmen… no es lo que piensas.

—¿Y qué es entonces? Porque yo no he recibido ningún ramo de rosas.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Oí a Lucía reírse en su cuarto, ajena a la tensión que llenaba la cocina.

Luis suspiró y se sentó, hundiendo la cabeza entre las manos.

—No quería que te enteraras así… —murmuró—. No es para otra mujer, te lo juro.

—¿Entonces para quién? ¿Para quién gastas 180 euros en flores?

Vi cómo le temblaban las manos. Por un momento pensé que iba a llorar.

—Es para mi madre —dijo al fin—. El domingo fue el aniversario de papá y… quería hacerle un detalle. No te lo dije porque sé que últimamente discutimos por el dinero y pensé que te enfadarías.

Me quedé callada. La explicación tenía sentido, pero algo dentro de mí seguía dudando. ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué ese secreto?

—Podrías haberme contado la verdad —susurré—. No soporto sentir que me ocultas cosas.

Luis se levantó y me abrazó por detrás, apoyando su barbilla en mi hombro.

—Lo siento, Carmen. No quería hacerte daño. Solo quería evitar otra discusión.

Me aparté suavemente. No podía dejar de pensar en todas las veces que había sentido esa distancia entre nosotros últimamente: las cenas silenciosas, los móviles boca abajo sobre la mesa, las miradas esquivas.

Esa noche apenas dormí. Escuchaba la respiración tranquila de Luis a mi lado y pensaba en todo lo que habíamos construido juntos: quince años de matrimonio, una hija maravillosa, una vida sencilla pero feliz… ¿O solo lo parecía?

Al día siguiente fui a ver a mi suegra, Pilar. Llevaba tiempo sin visitarla y necesitaba comprobar por mí misma si Luis decía la verdad.

—¡Carmen! Qué alegría verte —me recibió con su habitual calidez.

Charlamos un rato sobre Lucía y el colegio hasta que me armé de valor.

—Pilar, ¿te gustó el ramo que te regaló Luis por el aniversario?

Ella me miró sorprendida.

—¿Ramo? No… No he recibido ningún ramo este año. Pero no pasa nada, ya sabes cómo es Luis con estas cosas —rió suavemente.

Sentí un frío recorrerme la espalda. Salí de allí con una certeza dolorosa: Luis me había mentido.

Volví a casa con el corazón hecho trizas. Cuando Luis llegó esa noche, le esperé sentada en la mesa del comedor, con el recibo entre las manos.

—He hablado con tu madre —dije sin rodeos—. No ha recibido ningún ramo.

Luis palideció. Se sentó frente a mí y bajó la mirada.

—Carmen… —empezó a decir, pero le interrumpí.

—Solo quiero saber la verdad. ¿Para quién eran esas rosas?

Luis tardó unos segundos en responder. Finalmente levantó la cabeza y vi lágrimas en sus ojos.

—He estado viendo a alguien del trabajo… No sé cómo ha pasado, Carmen. Me siento fatal. No quería hacerte daño, te lo juro.

Sentí que el mundo se derrumbaba bajo mis pies. Todo lo que creía seguro se desmoronaba en un instante.

No recuerdo mucho más de esa noche. Solo sé que lloré hasta quedarme sin fuerzas y que Luis durmió en el sofá por primera vez desde que nos casamos.

Los días siguientes fueron una mezcla de rabia, tristeza y confusión. Lucía notaba algo raro y me preguntaba si papá estaba enfadado conmigo. Yo solo podía abrazarla y decirle que todo iría bien.

Ahora han pasado dos semanas desde aquel día y sigo sin saber qué hacer. ¿Perdonar a Luis? ¿Intentar salvar nuestro matrimonio? ¿O empezar de nuevo sola con Lucía?

A veces me pregunto si alguna vez conoceremos realmente a las personas con las que compartimos nuestra vida. ¿Cuántos secretos caben bajo una mesa de cocina?