Me duele tanto: mis padres solo me usaron

—¿Otra vez llegas tarde, Daniel? —La voz de mi madre me recibe antes de cruzar siquiera el umbral de la puerta. El olor a lentejas recalentadas flota en el aire, mezclado con ese perfume barato que siempre usa para disimular el cansancio.

—He tenido que quedarme más en la oficina, mamá. Ya sabes cómo está todo —respondo, dejando la mochila en el suelo y el abrigo sobre la silla. Mi padre ni siquiera levanta la vista del televisor, pero sé que escucha cada palabra.

—Claro, claro… pero ¿has traído algo? —pregunta ella, casi en un susurro, como si temiera que los vecinos la oyeran pedirle dinero a su propio hijo.

No hace falta que lo diga. Saco el sobre con los billetes y lo dejo sobre la mesa. Mi madre lo toma con manos temblorosas y lo guarda en el cajón de siempre, ese que nunca se cierra del todo porque está lleno de facturas y papeles arrugados.

—No sé qué haríamos sin ti —dice mi padre de repente, sin apartar la vista del partido. Su voz es seca, casi un reproche. Me siento invisible y necesario al mismo tiempo.

Así ha sido desde hace años. Cuando terminé la carrera de Derecho en la Universidad Complutense, soñaba con ejercer en un bufete importante, viajar, conocer gente nueva… Pero la crisis llegó y mi primer sueldo fue directo a pagar la hipoteca atrasada. Luego vinieron los recibos de la luz, el gas, las compras del Mercadona. Cada vez que intentaba ahorrar para mí, una nueva urgencia familiar aparecía: el coche averiado, la lavadora rota, las medicinas de mi abuela.

Mis amigos no lo entienden. “Tienes que pensar en ti”, me dice Lucía cada vez que salimos a tomar algo por Malasaña. Pero ¿cómo hacerlo cuando tus propios padres te miran como si fueras su única esperanza?

—¿Y si este mes no puedo daros tanto? —me atrevo a preguntar una noche, mientras cenamos tortilla y pan duro.

Mi madre deja el tenedor y me mira con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—¿Nos vas a dejar tirados ahora? ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti?

Mi padre asiente en silencio. Siento una punzada de culpa tan fuerte que apenas puedo tragar el bocado.

A veces pienso en irme lejos. Tengo una oferta para trabajar en Barcelona, pero solo de pensarlo mi madre se pone mala. “¿Y nosotros qué? ¿Nos vas a abandonar?”

Una tarde, mientras ayudo a mi padre a arreglar una persiana rota, me atrevo a preguntarle:

—Papá, ¿alguna vez pensaste en lo que yo quiero?

Él se encoge de hombros.

—La familia es lo primero. Así me educaron a mí. Si no ayudamos entre nosotros, ¿quién lo va a hacer?

Pero yo siento que no es ayuda si nunca puedo decir que no. Que no es amor si siempre pesa como una losa.

El día que recibo la llamada del despacho de Barcelona, Lucía me abraza fuerte.

—Tienes que irte, Dani. No puedes seguir viviendo para ellos.

Esa noche no duermo. Escucho a mis padres discutir en la cocina sobre las facturas del mes siguiente. Mi madre llora; mi padre maldice al gobierno y a la vida. Me levanto y los miro desde la puerta.

—Me han ofrecido trabajo fuera —digo al fin. Mi voz tiembla más de lo que quisiera.

El silencio es absoluto. Mi madre se tapa la boca con las manos; mi padre me mira como si le hubiera traicionado.

—¿Y nosotros qué? —repite ella una vez más.

No tengo respuesta. Solo sé que me duele tanto sentirme culpable por querer vivir mi vida.

Al día siguiente hago la maleta. Mi madre no me habla; mi padre se encierra en su cuarto. Cuando salgo por la puerta, siento que dejo atrás no solo una casa, sino una parte de mí mismo.

En el tren hacia Barcelona, miro por la ventana y pienso en todo lo que he sacrificado por ellos. ¿Es egoísmo querer ser feliz? ¿O es egoísmo pedirle a un hijo que renuncie a sí mismo por siempre?

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra familia os utiliza? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse uno mismo?