Cuando el amor llega tarde: Casarme a los 57, contra la voluntad de mi hija

—¿De verdad piensas casarte con ese hombre? —La voz de Lucía retumbó en el salón, cortando el aire como un cuchillo. Su mirada, tan dura como la de su padre cuando se enfadaba, me atravesó el alma. Yo, Carmen, sentada en el sofá con las manos temblorosas sobre las rodillas, sentí que el mundo se me venía encima.

No era la primera vez que discutíamos por Manuel. Desde que apareció en mi vida, hace apenas un año, todo cambió. Yo, que llevaba más de una década viuda y resignada a la rutina de mi piso en Vallecas, había vuelto a sentir mariposas en el estómago. Manuel era distinto: atento, divertido, con esa manera suya de contar historias del barrio de Chamberí que me hacía reír hasta llorar. Pero para Lucía, mi única hija, él era poco menos que un oportunista.

—Mamá, no lo entiendes. Ese hombre solo quiere aprovecharse de ti —insistía Lucía, cruzada de brazos, los labios apretados.

—¿Aprovecharse de qué? Si lo único que tengo es este piso y una pensión que apenas llega a fin de mes —le respondí, intentando mantener la calma.

Pero ella no escuchaba. O no quería escuchar. Desde que su padre murió, Lucía se había convertido en mi protectora, mi confidente… y a veces, en mi carcelera. No soportaba la idea de verme feliz con otro hombre. Decía que era demasiado pronto, aunque habían pasado ya once años desde el funeral.

Recuerdo la primera vez que llevé a Manuel a casa. Habíamos ido juntos al Rastro y después tomamos un vermut en La Latina. Me sentía joven otra vez, como si los años se hubieran evaporado. Pero al entrar por la puerta y ver la cara de Lucía, supe que aquello no iba a ser fácil.

—¿Y tú qué haces aquí? —le soltó ella sin miramientos.

Manuel sonrió con esa paciencia suya y le tendió la mano.

—Encantado, Lucía. Tu madre me ha hablado mucho de ti.

Ella ni siquiera le devolvió el saludo. Se encerró en su habitación y no salió hasta que él se fue. Aquella noche lloré en silencio, preguntándome si tenía derecho a buscar mi propia felicidad.

Los días siguientes fueron un infierno. Lucía dejó de hablarme durante una semana. Cuando por fin rompió el silencio, fue para darme un ultimátum:

—O él o yo.

Me dolió más de lo que puedo explicar. ¿Cómo elegir entre el amor y la sangre? ¿Por qué tenía que ser tan difícil?

En el barrio empezaron los rumores. Las vecinas del portal cuchicheaban cuando me veían salir arreglada. Una mañana, mientras esperaba el ascensor con la compra, doña Pilar me soltó:

—Carmen, hija, ¿no crees que ya tienes una edad para estas cosas?

Me mordí la lengua para no contestar. ¿Acaso hay una edad para dejar de sentir? ¿Para dejar de vivir?

Manuel intentaba animarme.

—No te preocupes por lo que diga la gente —me decía mientras paseábamos por El Retiro—. Lo importante es lo que tú sientas.

Pero yo sentía miedo. Miedo a perder a mi hija, miedo al qué dirán, miedo a equivocarme otra vez. Porque sí, me equivoqué al casarme tan joven con Antonio, un hombre bueno pero ausente, siempre más pendiente del trabajo que de nosotras.

Una tarde de domingo, después de comer cocido en casa de mi hermana Mercedes, Lucía me llevó aparte.

—Mamá, ¿de verdad crees que ese hombre te quiere? ¿No ves que solo busca compañía porque está solo?

La miré a los ojos y vi en ellos algo más que desconfianza: vi miedo. Miedo a perderme, miedo a quedarse sola ella también.

—Lucía —le dije con voz suave—, yo también tengo miedo. Pero no puedo vivir toda la vida esperando tu permiso para ser feliz.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y salió corriendo sin decir nada más.

Esa noche Manuel me llamó.

—¿Quieres venir a cenar? He hecho tortilla de patatas como te gusta.

Fui. Y mientras cenábamos en su pequeño piso lleno de libros y discos antiguos, me di cuenta de que llevaba años sobreviviendo en vez de vivir.

A las pocas semanas le dije que sí cuando me pidió matrimonio. No fue una pedida romántica ni nada parecido: estábamos viendo una película antigua y él me miró y dijo:

—Carmen, ¿te casarías conmigo?

Me reí primero, pensando que era una broma. Pero cuando vi que lo decía en serio sentí una mezcla de vértigo y alegría.

El día que se lo conté a Lucía fue uno de los peores de mi vida.

—¿Te has vuelto loca? —gritó ella— ¡Vas a tirar tu vida por la borda!

Intenté abrazarla pero me apartó con brusquedad.

—No pienso ir a esa boda —me dijo antes de salir dando un portazo.

Desde entonces apenas hablamos. Me llama una vez por semana para saber si sigo viva y poco más. A veces me pregunto si he hecho bien. Si debería haber renunciado a Manuel por ella. Pero luego pienso en todas las noches solitarias mirando la televisión sin nadie al lado; en todos los cumpleaños celebrados con una tarta comprada en el supermercado; en todos los silencios llenos de ausencias…

El día de la boda fue sencillo: solo Manuel y yo en el juzgado y mi hermana Mercedes como testigo. Al salir llovía y nos refugiamos bajo un paraguas azul mientras reíamos como dos adolescentes.

Ahora escribo estas líneas sentada en nuestra pequeña cocina mientras Manuel lee el periódico y tararea una canción antigua. Echo de menos a Lucía cada día, pero no me arrepiento.

¿Acaso no tenemos derecho a buscar la felicidad aunque sea tarde? ¿Es egoísta elegirnos a nosotros mismos alguna vez? Me gustaría saber qué pensáis vosotros.