La Vecina Que Nunca Tuvo Bastante
—¿Otra vez tú, Rosario? —pregunté, con la puerta apenas entornada y el corazón latiendo fuerte, como si presintiera que algo iba a romperse dentro de mí esa tarde.
Rosario, con su bata de flores y su moño deshecho, me miró con esa mezcla de súplica y exigencia que ya conocía demasiado bien. Llevaba apenas dos semanas en el piso que mis padres me ayudaron a comprar, y ya sentía que la palabra «hogar» se me escapaba entre los dedos.
—Carmen, hija, ¿tienes un poco de azúcar? Es que me he quedado sin nada y el súper está tan lejos… —dijo, sin apartar el pie del felpudo.
No era la primera vez. La semana pasada fue el azúcar. Antes, el detergente. El lunes, una docena de huevos. Y siempre con esa sonrisa torcida que parecía decir: «Tú puedes dármelo, ¿verdad? Tú no tienes problemas». Yo, que aún debía la mitad del préstamo a mis padres y contaba las monedas para llegar a fin de mes.
Le di el azúcar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cerré la puerta y me apoyé en ella, sintiendo una mezcla de rabia y culpa. ¿Por qué no podía decirle que no? ¿Por qué sentía que le debía algo a todo el mundo?
Esa noche llamé a mi madre.
—Mamá, ¿alguna vez te has sentido… invadida? Como si alguien se metiera en tu vida y no pudieras echarle.
Ella suspiró al otro lado del teléfono.
—Cariño, en los pisos siempre hay alguien así. Pero tienes que poner límites. Si no, te comen viva.
Pero yo nunca fui buena poniendo límites. Siempre fui la hija obediente, la amiga comprensiva, la compañera que cubría turnos ajenos en la tienda. Ahora era la vecina que nunca decía no.
Los días pasaron y Rosario se volvió parte del paisaje: su voz chillona por el patio interior, sus golpes insistentes a cualquier hora. Un martes lluvioso apareció empapada en mi puerta.
—Carmen, ¿me puedes prestar tu secador? El mío se ha roto y tengo que salir…
Le presté el secador. No volvió en dos días. Cuando fui a pedírselo, me miró como si yo fuera la egoísta.
—Ay, hija, con lo poco solidarios que sois los jóvenes hoy…
Me mordí la lengua. No quería problemas. Pero por dentro hervía.
La gota que colmó el vaso llegó un sábado por la tarde. Estaba sentada en el sofá, viendo una película con mi amiga Lucía —la primera visita desde que me mudé— cuando sonó el timbre.
—No abras —me susurró Lucía—. Si es esa mujer, te va a arruinar la tarde.
Pero abrí. Rosario entró sin pedir permiso, olfateando el aire.
—¿Estáis haciendo tarta? ¡Qué bien huele! ¿Me dais un trocito?
Lucía me miró con los ojos muy abiertos. Yo asentí, temblando de impotencia mientras Rosario se servía un pedazo generoso y se sentaba en el sillón como si fuera suyo.
—¿Sabes qué pasa? —dijo Lucía cuando Rosario se fue—. Que le das la mano y te coge el brazo. Tienes que plantarte.
Esa noche no dormí. Pensé en todo lo que había cedido desde que llegué: mi tiempo, mis cosas, mi espacio. Pensé en mis padres, en cómo me habían enseñado a ser buena persona, pero nunca a defenderme.
Al día siguiente, cuando Rosario vino a pedirme leche «para el café», respiré hondo y le dije:
—Rosario, lo siento, pero hoy no puedo ayudarte.
Se quedó helada. Me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—Vaya… qué poco corazón tienes —murmuró antes de marcharse dando un portazo.
Me sentí fatal. Pero también… libre. Como si hubiera abierto una ventana después de meses de encierro.
Los días siguientes fueron incómodos. Rosario dejó de saludarme en el portal. Hablaba mal de mí con las otras vecinas; lo oía desde mi ventana abierta:
—Esa Carmen se cree mejor que nadie porque tiene piso propio…
Pero algo cambió dentro de mí. Empecé a invitar a Lucía más a menudo. Me atreví a decir «no» cuando una compañera quiso cambiarme el turno sin avisar. Incluso llamé a mi padre para contarle lo que había pasado.
—Eso es madurar —me dijo él—. Aprender a decir basta también es quererse.
Un día encontré a Rosario en el ascensor. Me miró de reojo y suspiró.
—¿Sabes? A veces pido cosas porque me siento sola —confesó de repente—. Mi hija vive lejos y aquí nadie me hace caso.
No supe qué decirle. Solo asentí mientras bajábamos juntas al portal.
Ahora las cosas son diferentes. Rosario ya no llama tanto a mi puerta, pero cuando lo hace intento escucharla sin dejarme arrastrar por sus demandas. He aprendido que ayudar no significa dejarse pisotear; que poner límites no es ser mala persona.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos que otros crucen nuestras fronteras por miedo al conflicto? ¿Cuántas veces confundimos bondad con sumisión?
¿Y vosotros? ¿Hasta dónde dejaríais entrar a alguien en vuestra vida antes de decir basta?