Entre el amor y el abandono: la encrucijada de Lucia
—No pienso casarme, Lucía. No ahora, no así. —La voz de Martín retumbó en el salón, fría y cortante como el viento de enero en Madrid.
Sentí cómo se me encogía el estómago. Mi mano temblorosa acariciaba mi vientre, apenas abultado, pero ya tan lleno de vida y de miedo. La madre de Martín, doña Carmen, cruzó los brazos y asintió con la cabeza, como si su hijo acabara de pronunciar una verdad absoluta.
—Martín tiene razón. No es momento para precipitarse —dijo ella, mirándome con esa mezcla de lástima y superioridad que siempre me había incomodado.
El padre de Martín, don Antonio, se levantó del sillón con un suspiro pesado.
—¿Y la niña? ¿No cuenta lo que siente? —preguntó, mirándome con ojos cansados pero sinceros.
En ese instante, sentí que el mundo se partía en dos. Por un lado, la familia de Martín, tan tradicional y a la vez tan cerrada; por otro, mi propia familia en Salamanca, a más de doscientos kilómetros, sin saber aún nada de mi embarazo ni de este caos.
Me quedé allí, de pie en medio del salón, con las lágrimas amenazando con desbordarse. Martín evitaba mi mirada. Doña Carmen murmuraba algo sobre «responsabilidad» y «no ceder al chantaje emocional». Don Antonio me ofreció un pañuelo y una sonrisa triste.
—Lucía, hija, ¿quieres un poco de agua? —me preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza. No quería agua. Quería que Martín me abrazara y me dijera que todo iba a salir bien. Quería sentirme segura, querida. Pero en vez de eso, sentía un frío que no venía del invierno madrileño sino del vacío que crecía entre nosotros.
—¿Y si lo hablamos mañana? —sugerí con voz quebrada.
Martín se encogió de hombros.
—No hay nada más que hablar. No quiero casarme solo porque estés embarazada.
Doña Carmen intervino:
—Lucía, cariño, deberías entenderlo. Hoy en día nadie se casa por obligación. Además, ¿qué pensarán los vecinos si os casáis deprisa y corriendo? Ya sabes cómo es el barrio…
Sentí una punzada de rabia. ¿De verdad les importaba más el qué dirán que mi felicidad o la del bebé?
Don Antonio se acercó a mí y me susurró:
—No estás sola. Si necesitas algo…
Agradecí su gesto, pero me sentía más sola que nunca. Salí al balcón para respirar aire fresco. Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos y el bullicio nocturno contrastaba con el silencio tenso del piso.
Recordé cuando conocí a Martín en la universidad: las risas en la cafetería, los paseos por el Retiro, los planes de futuro. Todo parecía tan sencillo entonces… ¿En qué momento se torció todo?
Esa noche dormí poco. En mi cabeza se repetían las palabras de Martín y su madre como un eco cruel. Al amanecer, decidí llamar a mi madre.
—Mamá… estoy embarazada —le confesé entre sollozos.
Al otro lado del teléfono hubo un silencio largo y denso.
—¿Y Martín? —preguntó finalmente.
—No quiere casarse…
Mi madre suspiró.
—Lucía, hija… vuelve a casa. Aquí te ayudaremos entre todos.
Colgué sintiéndome aún más perdida. ¿Volver a Salamanca? ¿Renunciar a mi vida en Madrid? ¿A mis sueños?
Pasaron los días y la tensión en casa de Martín era insoportable. Doña Carmen apenas me dirigía la palabra. Martín salía temprano y volvía tarde. Solo don Antonio intentaba animarme con pequeños gestos: una taza de chocolate caliente, una conversación sobre fútbol para distraerme.
Una tarde, mientras preparaba la cena sola en la cocina, Martín entró sin mirarme.
—He estado pensando… Quizá deberías irte a Salamanca una temporada —dijo seco.
Me giré hacia él, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que desaparezca?
Él bajó la mirada.
—No lo sé… No estoy preparado para esto.
Las lágrimas brotaron sin control.
—¡Pues yo tampoco! Pero aquí estamos…
Martín salió dando un portazo. Me derrumbé sobre la mesa, sollozando como una niña perdida.
Esa noche don Antonio me encontró así y se sentó a mi lado.
—Lucía… Sé que esto es muy duro. Pero tienes que pensar en ti y en tu hijo. Si decides volver a Salamanca, te ayudaré con el billete y lo que necesites. Pero si decides quedarte en Madrid… aquí tendrás siempre mi apoyo.
Le miré agradecida pero rota por dentro.
Al día siguiente hice la maleta entre lágrimas. Doña Carmen ni siquiera salió a despedirse. Martín me abrazó torpemente en el portal.
—Lo siento —susurró sin mirarme a los ojos.
Don Antonio me acompañó a la estación de Atocha. Mientras el tren arrancaba rumbo a Salamanca, sentí una mezcla de alivio y tristeza infinita.
En casa mis padres me recibieron con los brazos abiertos. Poco a poco fui recuperando fuerzas y aprendiendo a quererme otra vez. El embarazo avanzaba y cada patadita del bebé era un recordatorio de que tenía que ser fuerte.
A veces Martín llamaba para preguntar por el bebé. Otras veces pasaban semanas sin saber nada de él. Doña Carmen nunca volvió a buscarme. Don Antonio sí: me mandaba mensajes preguntando cómo estaba o si necesitaba algo para el niño.
El día que nació mi hija —sí, era una niña— sentí que todo el dolor había merecido la pena. La llamé Alba porque después de tanta oscuridad ella era mi amanecer.
Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto apoyarnos cuando más lo necesitamos? ¿Por qué pesa tanto el miedo al qué dirán?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Creéis que hice bien volviendo a casa o debería haber luchado más por mi relación con Martín?