Ecos en la Casa Grande: La Soledad de los Padres Olvidados

—¿Por qué no viene nadie? —me pregunté, con la mano temblorosa sobre el pecho, mientras el eco de mi voz rebotaba en los techos altos del salón. El reloj marcaba las tres de la tarde y la luz entraba a raudales por los ventanales, iluminando los retratos familiares que colgaban en la pared. Allí estábamos todos: mi marido Antonio, mi hija Alicia, y yo, Nora, sonriendo en una época que ahora me parece tan lejana como irreal.

El infarto llegó sin avisar. Un dolor agudo, como si alguien me apretara el corazón con un puño invisible. Caí al suelo, sola, en medio de la inmensidad de esta casa que tanto esfuerzo nos costó construir. Cuando desperté en el hospital, lo primero que hice fue buscar mi móvil y marcar el número de Alicia. Una vez, dos veces, tres… Nada. Ni siquiera un mensaje leído. ¿Dónde estaba mi hija? ¿Por qué no respondía?

La enfermera entró y me miró con compasión. —¿Quiere que llame a alguien más? —preguntó.

Pensé en Ella, mi nieta. Pero ella tampoco respondía nunca. Siempre ocupada, siempre con prisa. Así que marqué el número de Joshua, el amigo de Alicia desde la universidad. Él sí contestó al primer tono.

—Nora, ¿qué ha pasado? —su voz sonaba preocupada.

—He tenido un infarto, Joshua. No consigo localizar a Alicia ni a Ella. ¿Puedes…? —mi voz se quebró.

—No te preocupes, yo me encargo —me aseguró.

Colgué y me quedé mirando el techo blanco del hospital. Recordé cuando Alicia era pequeña y corría por los pasillos de la casa vieja en Lavapiés. Entonces no teníamos mucho dinero, pero estábamos juntos. Todo cambió cuando Antonio empezó a tener éxito con su empresa de construcción. Nos mudamos a esta mansión en La Moraleja, convencidos de que el espacio y el lujo nos harían más felices.

Pero la casa se fue llenando de silencios. Alicia se fue a estudiar a Barcelona y apenas volvía en vacaciones. Cuando venía, se encerraba en su habitación o salía con sus amigos. Antonio y yo nos mirábamos sin saber qué decirnos. Él se refugiaba en su despacho; yo, en mis labores de casamentera para las amigas del barrio.

El día del entierro de Antonio fue la última vez que estuvimos todos juntos bajo este techo. Alicia lloró poco y se marchó temprano. Desde entonces, nuestras conversaciones se limitaron a mensajes breves: “¿Todo bien?”, “Sí, mamá”.

En el hospital, Joshua llegó antes que nadie.

—Nora, he hablado con Alicia. Está… ocupada en una reunión importante —dijo con cautela.

Sentí una punzada de rabia y tristeza.

—¿Tan ocupada como para no atender a su madre enferma?

Joshua bajó la mirada.

—Ella dice que irá mañana.

Me quedé callada. Pensé en todas las veces que pospuse mis propios deseos por cuidar de mi familia. ¿En qué momento nos perdimos?

Al día siguiente, Alicia apareció con prisas y el móvil pegado a la oreja.

—Mamá, ¿estás bien? Perdona, es que tengo una videollamada ahora mismo…

—Alicia, ¿puedes dejar el móvil un momento? —le pedí con voz cansada.

Suspiró y guardó el teléfono.

—Mamá, sabes que te quiero, pero tengo mucho trabajo. Además, venir hasta aquí es un lío: tráfico, aparcar… ¿Por qué no te mudas a un piso más pequeño en el centro?

Sentí cómo se me rompía algo por dentro.

—Esta es nuestra casa —susurré—. Aquí crecisteis tú y tu hermano…

—Pero ya no somos niños, mamá —me interrumpió—. Nadie quiere venir hasta aquí. Es demasiado grande, demasiado fría…

Me quedé sola otra vez tras su marcha. Los días siguientes fueron una sucesión de visitas fugaces: la asistenta para limpiar, algún vecino curioso preguntando por mi salud… pero ni rastro de Alicia o Ella.

Una tarde lluviosa, decidí llamar yo misma a Ella.

—Abuela, estoy liadísima con la uni y los amigos… ¿Por qué no te vienes tú a Madrid centro algún día? —me dijo con voz distraída.

Colgué y me senté frente al ventanal del salón. Afuera llovía sobre el jardín vacío. Pensé en todas las familias que conocí como casamentera: padres e hijos peleando por herencias, hermanos distanciados por rencores antiguos… Siempre creí que nosotros seríamos diferentes.

Una noche soñé con Antonio. Me miraba desde el otro lado del pasillo y me decía: “Nora, ¿de qué sirve tanto espacio si nadie quiere compartirlo contigo?”

Desperté llorando.

Al final del verano decidí organizar una comida familiar e invité a todos: Alicia, Ella, incluso Joshua y algunos viejos amigos del barrio. Preparé todo con esmero: paella, vino bueno, postres caseros… Pero solo Joshua apareció.

—No te mereces esto —me dijo mientras recogíamos los platos intactos.

—Quizá sí —le respondí—. Quizá confundimos éxito con felicidad.

Joshua me abrazó y me prometió que nunca me dejaría sola.

Ahora paso los días paseando por los pasillos vacíos de esta mansión que construimos para una familia que ya no existe. A veces me pregunto si otras madres sienten lo mismo; si otras casas grandes esconden soledades aún mayores que la mía.

¿De verdad hemos cambiado tanto? ¿O simplemente hemos olvidado lo que significa estar juntos?