Cuando la verdad duele: Un padre contra el sistema por su hijo
—¡Papá, no quiero ir al colegio hoy! —me gritó Diego desde la puerta del baño, con la voz rota y los ojos enrojecidos.
No era la primera vez que lo decía, pero ese lunes de noviembre, mientras la lluvia golpeaba los cristales de nuestro piso en Vallecas, sentí que algo era distinto. Me acerqué y lo abracé fuerte. Temblaba. Pensé que era por el frío, pero ahora sé que era miedo.
A las pocas horas, recibí una llamada del colegio: Diego se había desmayado en el patio. Corrí como un loco por las calles mojadas, sin paraguas, sin aliento, con el corazón en la garganta. Cuando llegué, lo encontré tumbado en una camilla, rodeado de profesores y una enfermera que apenas sabía qué hacer.
—¿Qué le ha pasado? —pregunté, casi gritando.
—No lo sabemos, señor Martín. Se ha desplomado de repente —me respondió la directora, Carmen, con una frialdad que me heló aún más que la lluvia.
En el hospital Gregorio Marañón, tras horas de pruebas y preguntas, un médico joven me miró a los ojos y me dijo:
—Su hijo tiene síntomas de ansiedad severa. ¿Ha notado algo raro últimamente?
Me quedé en blanco. ¿Ansiedad? ¿Mi Diego? Siempre había sido un niño alegre, aunque últimamente estaba más callado. Pensé en su madre, Lucía, que nos había dejado hacía dos años. Pensé en las discusiones por las tareas, en los gritos en casa cuando no podía con los deberes. Pensé en todo lo que no había visto.
Esa noche, sentado junto a su cama en el hospital, le cogí la mano.
—Diego, ¿qué te pasa? Por favor, dímelo.
Él rompió a llorar. Me confesó que sufría acoso escolar desde hacía meses. Que unos chicos de su clase le insultaban, le empujaban y le quitaban el bocadillo. Que había intentado decírselo a su tutora, pero ella le había dicho que «son cosas de niños».
Sentí rabia. Una rabia sorda y profunda. ¿Cómo podía ser que nadie hubiera hecho nada? ¿Cómo podía ser que el colegio lo supiera y mirara hacia otro lado?
Al día siguiente fui al colegio dispuesto a exigir respuestas. Carmen me recibió en su despacho con una sonrisa forzada.
—Señor Martín, entiendo su preocupación, pero aquí seguimos los protocolos. Si Diego no se siente bien, quizá debería ver a un psicólogo.
—¿Un psicólogo? ¡Lo que necesita es protección! ¡Que alguien haga algo! —le grité.
Ella suspiró y bajó la mirada.
—Haremos una investigación interna. Pero le advierto que estas cosas son complicadas de demostrar.
Salí de allí furioso. Empecé a hablar con otros padres en la puerta del colegio. Descubrí que no era el único: otros niños también sufrían acoso y nadie hacía nada. El AMPA estaba harto de promesas vacías y reuniones inútiles.
En casa, Lucía —mi hermana— me ayudó a buscar información sobre protocolos antiacoso en España. Descubrimos que muchas veces los colegios minimizan los casos para no manchar su reputación. Que los orientadores están saturados y los profesores desbordados.
Una noche, mientras cenábamos tortilla y croquetas congeladas, Diego me miró con ojos tristes:
—Papá, ¿por qué nadie me cree?
No supe qué contestar. Solo pude abrazarlo y prometerle que no iba a rendirme.
Empecé a escribir cartas: al colegio, al distrito, a la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Pedí reuniones con inspectores. Fui a la prensa local. Algunos padres se unieron a mí; otros me miraban como si fuera un loco problemático.
La tensión en casa crecía. Mi madre me decía que estaba obsesionado, que iba a perder el trabajo si seguía faltando para ir a reuniones. Mi jefe empezó a insinuar que «quizá debería centrarme más en mis tareas». Pero yo solo podía pensar en Diego.
Un día recibí una carta del colegio: me prohibían entrar en el recinto «por alteración del orden». Me sentí humillado e impotente. Pero también más decidido que nunca.
Organizamos una concentración frente al colegio con pancartas: «No más silencio», «Proteged a nuestros hijos». Salimos en Telemadrid. La directora me llamó «alarmista» en una entrevista. Pero algo empezó a moverse: vinieron inspectores al colegio; algunos profesores empezaron a hablar; una orientadora nueva quiso escuchar a Diego.
Pero el precio fue alto: Diego tuvo que cambiar de clase; perdió amigos; algunos padres dejaron de hablarnos. En casa discutíamos cada vez más; mi madre lloraba por las noches; yo apenas dormía.
Un día Diego me preguntó:
—Papá, ¿merece la pena todo esto?
Le respondí con lágrimas en los ojos:
—Sí, hijo. Porque nadie tiene derecho a hacerte daño ni a callarte.
Hoy Diego está mejor. Va a terapia y poco a poco recupera la sonrisa. Yo sigo luchando: he creado una asociación de padres contra el acoso escolar en Madrid. Pero cada vez que veo a Diego mirar al suelo cuando pasa por delante del colegio, siento una punzada de culpa y rabia.
A veces me pregunto: ¿Cuántos niños más sufren en silencio porque los adultos prefieren mirar hacia otro lado? ¿Cuándo dejará de ser «cosa de niños» para convertirse en responsabilidad de todos?