La llamada que nunca quise hacer: Cuando nadie quiere recoger a tu hermano

—¿Eres Marta García? —La voz al otro lado del teléfono suena cansada, casi resignada.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Le llamamos del Hospital General de Salamanca. Su hermano Luis ha terminado su rehabilitación neurológica. Necesitamos que alguien venga a recogerlo hoy mismo.

El silencio me golpea como un portazo. Luis. Mi hermano mayor. El mismo que no me habla desde hace siete años, desde aquella noche en la que mamá murió y él no apareció en el tanatorio. El mismo que, cuando papá enfermó, se largó a Madrid con una mochila y una guitarra, prometiendo que volvería pronto. Nunca volvió. Yo me quedé aquí, en Salamanca, cuidando de todo y de todos. Y ahora, ¿quieren que vaya a buscarle?

—¿No tienen a nadie más en la lista? —pregunto, la voz temblorosa.

—Solo usted y un número fijo que no responde. Lo siento, señora García. Luis necesita ayuda para volver a casa. Está débil y algo desorientado.

Cuelgo sin prometer nada. Me quedo sentada en la cocina, mirando la taza de café frío y la foto familiar en la nevera: mamá sonriente, papá con su bigote, Luis con sus tatuajes y su pelo largo, yo con trenzas y ojos de admiración hacia él. ¿Cuándo se rompió todo?

Mi marido, Sergio, entra y me encuentra así.

—¿Otra vez pensando en Luis? —pregunta, sin reproche pero con ese cansancio de quien ha visto esta escena demasiadas veces.

—Me han llamado del hospital. Dicen que necesita que alguien lo recoja.

Sergio suspira. —Marta, no tienes por qué hacerlo. Nadie te obliga.

Pero sí me siento obligada. Por mamá, por papá, por esa niña de la foto que aún espera que su hermano vuelva a ser el héroe de antes. Pero también por rabia: ¿por qué siempre tengo que ser yo la que arregle los platos rotos?

Llamo a mi tía Pilar.

—¿Tía? Han llamado del hospital por Luis…

—Ay, hija —responde ella enseguida—. Yo ya no puedo conducir hasta allí. Y después de todo lo que pasó… No sé si sería buena idea que yo fuera.

—¿Y los primos? ¿Alguien puede ayudar?

—No quieren saber nada de él desde lo de la herencia. Ya sabes cómo es esto.

Cuelgo y siento una mezcla de vergüenza y alivio. No soy la única que guarda rencor.

Me visto despacio, como si cada prenda pesara una tonelada. Salgo al portal y me encuentro con mi vecina Carmen.

—¿A dónde vas tan seria?

—Al hospital… a por mi hermano.

Ella asiente con gravedad. —A veces la familia es lo peor y lo mejor que tenemos, hija.

El trayecto al hospital es un bucle de recuerdos: Luis enseñándome a montar en bici; Luis gritándole a papá porque quería irse de casa; Luis desapareciendo durante días; Luis volviendo borracho y pidiendo perdón; Luis llorando en el entierro de mamá… o eso creí ver desde lejos.

En la sala de espera huele a lejía y desinfectante. Una enfermera joven me sonríe con compasión.

—¿Eres la hermana de Luis? Está en la 312. Ha preguntado por ti… aunque no sabía si vendrías.

Entro en la habitación y lo veo: más delgado, el pelo aún largo pero canoso, los tatuajes desvaídos bajo la bata del hospital. Me mira con una mezcla de miedo y esperanza.

—Hola, Marta —dice en voz baja.

No sé qué decirle. Me siento en la silla junto a su cama.

—¿Por qué has venido? —pregunta él, casi como un desafío.

—Porque no había nadie más —respondo sincera.

Se ríe sin alegría.—Eso siempre ha sido así, ¿no? Tú arreglando lo que yo rompo.

Me dan ganas de gritarle, de decirle todo lo que he callado durante años: las noches en vela cuidando de papá sola, las facturas impagadas, las llamadas sin respuesta… Pero solo suspiro.

—No sé si puedo perdonarte —le digo al fin—. Pero tampoco sé si puedo dejarte aquí tirado.

Luis baja la mirada. —Lo siento, Marta. Sé que he sido un desastre. Pero ahora… no tengo a nadie más.

El camino de vuelta es incómodo. Luis mira por la ventanilla como si nunca hubiera visto Salamanca antes. Yo conduzco apretando el volante hasta que me duelen los nudillos.

En casa, Sergio prepara café para todos. El silencio es espeso hasta que Luis rompe a llorar.

—No sé cómo empezar de nuevo —dice entre sollozos—. No sé si merezco otra oportunidad.

Le pongo una mano en el hombro. No sé si es perdón o solo compasión lo que siento.

Esa noche no duermo bien. Pienso en todas las familias rotas por secretos, por orgullo, por heridas antiguas que nunca terminan de cerrar. Pienso en cuántos hermanos hay como nosotros: esperando una llamada, temiendo tener que darla ellos mismos.

¿Hasta dónde llega el deber familiar? ¿Cuándo es justo decir basta? ¿Y si mañana nadie viene a por mí?