Nunca fui suficiente para ellos: la historia de Lucía y el peso de los apellidos

—¿De verdad crees que puedes encajar aquí, Lucía? —La voz de doña Carmen, la madre de Álvaro, retumbó en el salón decorado con cuadros antiguos y cortinas pesadas. Yo apretaba la servilleta entre los dedos, sintiendo cómo la vergüenza me subía por el cuello. Álvaro me miró, suplicante, pero no dijo nada. En ese momento supe que estaba sola.

Mi nombre es Lucía Fernández y, aunque nunca lo diría en voz alta, siempre supe que mi apellido no era suficiente para ellos. Nací en Vallecas, en un piso pequeño donde las paredes escuchaban más discusiones que risas. Mi madre, Pilar, sacó adelante a mi hermano y a mí limpiando casas en el barrio de Salamanca. Mi padre nos dejó cuando yo tenía nueve años; desde entonces, aprendí a no esperar nada de nadie.

Conocí a Álvaro en la universidad. Él estudiaba Derecho; yo, Filología Hispánica. Nos encontramos por casualidad en una manifestación contra la subida de tasas universitarias. Me enamoré de su risa fácil y su manera de escucharme como si mis palabras importaran. Pronto nos hicimos inseparables. Pero el día que me invitó a cenar a su casa supe que nuestro amor iba a ser una batalla.

—¿Y tus padres a qué se dedican? —preguntó don Enrique, su padre, mientras cortaba el solomillo con precisión quirúrgica.
—Mi madre limpia casas y mi padre… bueno, ya no está con nosotras —respondí, tragando saliva.
El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con el cuchillo.

Después de aquella cena, Álvaro intentó tranquilizarme:
—No les hagas caso, Lucía. Son así con todo el mundo al principio.
Pero yo sabía que no era cierto. No era «todo el mundo»; era yo.

Los meses pasaron y cada vez que iba a su casa sentía que sobraba. Doña Carmen me miraba como si fuera una mancha en su mantel blanco. Me corregía la forma de hablar, se reía de mis expresiones castizas y siempre encontraba la manera de recordarme que yo no era «de las suyas».

Una tarde, mientras ayudaba a poner la mesa para una comida familiar, escuché a Carmen hablando con su hermana en la cocina:
—No entiendo qué le ve a esa chica. Con la cantidad de niñas bien que hay en Salamanca…
Me quedé helada. Quise salir corriendo, pero me obligué a sonreír y seguir sirviendo los platos.

En mi casa las cosas tampoco eran fáciles. Mi madre me miraba con preocupación cada vez que llegaba llorando:
—Hija, ¿por qué te empeñas en estar con alguien que te hace sentir menos?
—No es él, mamá. Es su familia —le respondía siempre.

Álvaro intentaba defenderme ante sus padres, pero cada discusión terminaba igual:
—No puedes cambiar quién eres, Lucía —me decía una noche mientras paseábamos por el Retiro—. Pero tampoco puedo cambiar a mi familia.

El punto de inflexión llegó el día que nos invitaron a una boda en Salamanca. Allí conocí a Marta, la hija del socio de don Enrique: rubia, elegante, con un apellido compuesto y una sonrisa perfecta. Carmen no tardó en presentármela:
—Lucía, esta es Marta. Ella y Álvaro se conocen desde pequeños.
Vi cómo todos los ojos se posaban en mí, evaluando mis zapatos baratos y mi vestido prestado.

Durante el banquete, Marta se sentó junto a Álvaro y hablaron toda la noche. Yo intenté integrarme, pero cada vez que abría la boca sentía que sobraba aún más. Al final de la noche, Carmen se acercó y me susurró al oído:
—No te esfuerces tanto, querida. Álvaro necesita una mujer a su altura.

Salí al jardín y rompí a llorar. Álvaro me encontró allí y me abrazó fuerte.
—No les hagas caso —me dijo—. Yo te quiero a ti.
Pero yo ya no podía más.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Carmen empezó a llamarle todos los días para hablarle mal de mí; don Enrique le ofreció prácticas en el bufete si rompía conmigo. Álvaro empezó a cambiar: estaba más distante, más irritable. Una noche discutimos fuerte:
—¿Por qué no luchas por nosotros? —le grité entre lágrimas.
—¡Estoy harto de pelearme con todos! —me respondió—. No puedo más, Lucía.

Esa fue la última vez que le vi. Me llamó unos días después para decirme que necesitaba tiempo para pensar. Yo sabía lo que eso significaba.

Volví a mi barrio con el corazón roto pero la cabeza alta. Mi madre me abrazó como cuando era niña y me dijo:
—Tú vales mucho más de lo que ellos puedan ver.

Hoy trabajo como profesora en un instituto público y ayudo a mis alumnos a creer en sí mismos. A veces veo a parejas paseando por el centro y me pregunto si alguna vez podré volver a confiar en alguien sin sentirme menos.

¿De verdad el amor puede con todo? ¿O hay muros tan altos que ni siquiera los sentimientos más puros pueden derribar? ¿Vosotros qué pensáis?