¿De verdad soy la mala por decir basta?
—¿Puedes quedarte con Marta un rato? —La voz de Lucía retumbó en el comedor, justo cuando el camarero traía la tarta de comunión. Todos los ojos se volvieron hacia mí. Mi copa tembló en mi mano.
—Ahora mismo no puedo, Lucía. Estoy ayudando a mi madre con los cafés —respondí, intentando mantener la calma.
Ella se acercó, su perfume caro mezclándose con el olor a merluza al horno. —Siempre tienes una excusa, Laura. ¿Tan difícil es echar una mano? —dijo en voz alta, para que todos escucharan.
Sentí las miradas de mis suegros, de mis hermanos, incluso de mi propio marido, Sergio. El murmullo de la sala se apagó. Marta, la niña de Lucía, jugaba ajena a todo bajo la mesa.
—No es eso, Lucía. Solo que… —intenté explicar, pero ella me interrumpió.
—¡Claro! Como tú no tienes hijos, no sabes lo que es —soltó, con una sonrisa amarga. Sentí cómo se me encendían las mejillas. Mi hermana Ana me miró desde la otra punta de la mesa, pero no dijo nada.
El resto del día fue un desfile de cuchicheos y miradas de reojo. Nadie me preguntó cómo estaba. Nadie me defendió. Cuando llegamos a casa, Sergio cerró la puerta y suspiró.
—¿No podías haberle hecho el favor? Solo era un rato —me dijo, sin mirarme.
Me senté en el sofá y sentí que el mundo se me venía encima. ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede? ¿Por qué nadie entiende que también tengo límites?
La historia con Lucía viene de lejos. Desde que entré en esta familia, hace ya ocho años, siempre he sido «la rara». La que no quiere tener hijos todavía, la que prefiere leer antes que ir a misa los domingos, la que no encaja del todo en las sobremesas eternas hablando de vecinos y recetas.
Recuerdo la primera vez que Lucía me pidió un favor: cuidar a Marta mientras ella iba a la peluquería. Acepté sin dudarlo. Luego fue para ir al médico, luego para ir al gimnasio… Poco a poco, sus peticiones se convirtieron en exigencias. Y si alguna vez decía que no podía, siempre encontraba la manera de hacerme sentir culpable.
En mi trabajo como administrativa en una gestoría del centro de Madrid, nadie me exige tanto como en mi propia familia política. Allí soy eficiente, responsable y valorada. Aquí, en cambio, parece que nunca hago lo suficiente.
La semana después de la comunión fue un infierno. Mi suegra dejó caer comentarios sobre «la importancia de ayudar a la familia» cada vez que hablábamos por teléfono. Mi cuñado Paco me mandó un mensaje: «Laura, deberías ser más comprensiva con Lucía. Está pasando una mala racha». Incluso mi madre me preguntó si no estaría exagerando.
Una tarde, mientras paseaba por el Retiro para despejarme, llamé a Ana.
—¿Tú crees que fui egoísta? —le pregunté.
—No lo sé, Laura. Pero tampoco puedes dejar que te pisoteen siempre —me respondió. Su voz sonaba cansada.
Esa noche soñé que estaba en medio de una plaza llena de gente y todos me señalaban con el dedo. Me desperté sudando y con el corazón acelerado.
El sábado siguiente había comida familiar en casa de mis suegros. Dudé si ir o no. Sergio insistió:
—Si no vas, solo les das más motivos para hablar mal de ti.
Fui. Nada más llegar, Lucía me saludó con dos besos fríos y un «¿Hoy sí tienes tiempo para Marta?». Sentí ganas de llorar pero apreté los dientes.
Durante la comida apenas hablé. Observaba cómo todos reían y compartían anécdotas mientras yo me sentía invisible. Cuando llegó el postre, mi suegra se levantó y dijo:
—Laura, ¿puedes ayudarme en la cocina?
La seguí resignada. Mientras fregábamos los platos, me soltó:
—Lucía está muy dolida contigo. Dice que no puede contar contigo para nada.
Me giré y la miré a los ojos.
—¿Y yo? ¿Alguien se ha preguntado cómo me siento yo?
Se quedó callada unos segundos.
—Eres parte de esta familia, Laura. Aquí nos ayudamos entre todos —dijo finalmente.
—Pero ayudar no es obedecer siempre sin rechistar —contesté, con voz temblorosa.
Esa noche hablé largo y tendido con Sergio. Le expliqué cómo me sentía: invisible, utilizada y sola. Él escuchó en silencio y al final solo dijo:
—No sabía que te afectaba tanto.
A partir de ahí decidí poner límites. La siguiente vez que Lucía me pidió cuidar a Marta por WhatsApp le respondí: «Hoy no puedo, tengo planes». No di más explicaciones.
La reacción fue inmediata: mensajes pasivo-agresivos en el grupo familiar, silencios incómodos en las comidas y alguna indirecta sobre «la individualista».
Pero también empecé a sentirme más ligera. Empecé a quedar más con Ana y mis amigas del trabajo. Volví a leer por las noches sin sentirme culpable por no estar disponible para todos.
Sé que muchos pensarán que soy egoísta o mala cuñada. Pero ¿acaso no tengo derecho a decidir sobre mi tiempo? ¿Por qué siempre se espera que las mujeres cedamos sin rechistar?
A veces me pregunto: ¿de verdad soy la mala por decir basta? ¿O simplemente estoy aprendiendo a quererme un poco más?