Entre las paredes de mi propia casa: el precio de la ayuda
—Mamá, ¿por qué no entiendes que ahora la casa es nuestra?—. La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la encimera. Yo apreté los labios, conteniendo las lágrimas. No podía creer que mi propia hija me hablara así, en la casa que levanté con mis manos, la misma donde ella dio sus primeros pasos.
Recuerdo perfectamente el día que decidí dejar mi pueblo, Villanueva de los Infantes. Era 2004 y la vida allí se me hacía pequeña, asfixiante. Mi marido, Antonio, se había convertido en un extraño: el vino lo había transformado en un hombre violento y ausente. Cuando finalmente reuní el valor para divorciarme, solo me quedaba Lucía, mi niña de seis años, y una maleta llena de ropa y sueños rotos.
Mi amiga Carmen me convenció para mudarnos a Madrid. «Aquí hay trabajo para quien quiera trabajar», me dijo. Y así fue: limpié casas, cuidé ancianos, hice lo que fuera necesario para que a Lucía no le faltara nada. Cada euro que ganaba lo guardaba con celo; mi objetivo era claro: comprar una casa propia, un refugio donde nadie pudiera echarnos nunca más.
Fueron años duros. Recuerdo noches enteras fregando suelos ajenos mientras Lucía dormía en casa de Carmen. Pero valió la pena: en 2010, después de mucho ahorrar y con ayuda de una hipoteca modesta, compré un piso pequeño pero luminoso en Carabanchel. Era nuestro hogar. Allí celebramos cumpleaños, navidades y hasta la primera comunión de Lucía.
Pero los años pasaron volando. Lucía creció, estudió enfermería y conoció a Sergio, un chico simpático pero algo inmaduro. Se casaron jóvenes y pronto llegó la primera nieta, Martina. Yo estaba feliz; sentía que todo mi esfuerzo había valido la pena.
Hasta que llegó la crisis del 2020. Sergio perdió su trabajo en una empresa de reformas y Lucía, aunque seguía trabajando en el hospital, no podía con todos los gastos. Un día llegaron a casa con los ojos rojos de tanto llorar.
—Mamá, necesitamos tu ayuda—me dijo Lucía—. Nos van a echar del piso si no pagamos la deuda del banco.
No lo dudé ni un segundo. Fui al banco y pedí una ampliación de mi hipoteca usando mi casa como aval para que ellos pudieran pagar su deuda y empezar de nuevo. Firmé papeles sin leer demasiado; confiaba en mi hija y quería lo mejor para ella y mis nietos.
Al principio todo fue bien. Se mudaron conmigo mientras buscaban otro piso. Pero los meses se hicieron años. Sergio encontró trabajo eventual, pero nunca suficiente para independizarse del todo. La casa empezó a llenarse de gritos, juguetes por todas partes y discusiones sobre quién pagaba qué factura.
Un día, al volver del supermercado, escuché a Sergio hablando por teléfono:
—Sí, ya casi es nuestra… Mi suegra no puede pagar mucho más tiempo—decía riendo.
Sentí un escalofrío. ¿Era eso lo que pensaban? ¿Que yo era un estorbo? Empecé a notar miradas incómodas cuando me sentaba a ver la tele o cuando cocinaba «a mi manera». Lucía empezó a decirme que sería mejor que yo «descansara» en casa de Carmen unos días para que ellos pudieran estar tranquilos.
La gota que colmó el vaso llegó hace dos semanas. Me llamaron del banco: había un retraso en el pago de la hipoteca y si no se solucionaba pronto podrían embargar la casa. Cuando se lo conté a Lucía, su respuesta fue un puñal:
—Mamá, tú ya has vivido tu vida aquí. Ahora nos toca a nosotros. Si no puedes pagar, tendrás que buscarte otra cosa.
Me fui al cuarto y lloré como una niña pequeña. Pensé en todo lo que había sacrificado por ella: mi juventud, mis sueños, hasta mi dignidad. ¿Y ahora me echaban de mi propia casa?
Llamé a Carmen esa noche:
—No puedo más —le dije entre sollozos—. Solo quiero volver a tener mi hogar.
Carmen me ofreció su sofá mientras encontraba una solución. Pero yo no quiero ser una carga para nadie más. Quiero volver a sentirme dueña de algo, aunque sea de un rincón pequeño donde nadie me mire como si sobrara.
Hoy he venido a recoger mis cosas mientras Lucía está trabajando. Martina me ha abrazado fuerte:
—¿Abuela, te vas porque ya no nos quieres?
Se me ha roto el alma.
—No, cariño —le he susurrado—. Me voy porque os quiero demasiado como para quedarme donde ya no soy feliz.
Ahora camino por las calles de Madrid con una maleta vieja y el corazón hecho trizas. Pienso en mi madre, en cómo luchó por nosotros cuando éramos pequeños y cómo siempre decía: «La familia es lo más importante, pero también hay que quererse a una misma».
¿De qué sirve sacrificarlo todo por los hijos si al final te quedas sin nada? ¿Es egoísta querer volver a tener un hogar propio cuando ya lo has dado todo?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar?