La casa de mis sueños, la pesadilla de mi hijo
—¿Por qué no lo entiendes, mamá? —La voz de Sergio retumba en el pasillo, mezclada con el eco de mis propios pensamientos. Estoy sentada en la vieja butaca del salón, la misma que tapicé con mis propias manos cuando la casa aún olía a pintura fresca y esperanza. Lucía, su esposa, me mira desde la puerta con los brazos cruzados y una expresión que no logro descifrar.
No sé en qué momento mi mayor ilusión se convirtió en el origen de nuestro desencuentro. Recuerdo perfectamente el día en que firmé la hipoteca: tenía las manos sudorosas y el corazón encogido por el miedo. Trabajaba en la panadería de la esquina por las mañanas y limpiaba oficinas por las noches. Todo por Sergio. Todo por ese niño de ojos grandes que me prometía que nunca se iría lejos de mí.
—No es solo una casa, Sergio —susurro, intentando controlar el temblor en mi voz—. Es tu hogar. Es donde diste tus primeros pasos, donde aprendiste a montar en bici en el patio…
Lucía suspira, impaciente. —Pero no es nuestro hogar, Carmen. Es tuyo. Nosotros queremos empezar de cero, en otro sitio. Más cerca del trabajo, con mejores colegios para los niños…
Me aferro al reposabrazos como si pudiera evitar que todo se desmorone. ¿Cómo explicarle a Lucía lo que significó para mí cada ladrillo, cada azulejo elegido con esmero? ¿Cómo decirle que cada mueble fue comprado con el dinero que ahorré dejando de comprarme ropa nueva durante años?
Sergio baja la mirada. Sé que está atrapado entre dos mundos: el mío, hecho de recuerdos y sacrificios; y el de Lucía, lleno de planes y promesas de futuro. Me duele verle así, pero más me duele sentirme una extraña en mi propia familia.
—Mamá, entiéndelo… —empieza Sergio, pero le corto.
—¿Entender qué? ¿Que todo lo que hice no vale nada? ¿Que los domingos de bricolaje, las tardes de pintura y los inviernos sin calefacción para ahorrar fueron en vano?
Lucía se acerca y me habla con voz suave, casi maternal:
—No queremos hacerte daño. Solo queremos tomar nuestras propias decisiones. No puedes vivir a través de nosotros.
Me quedo callada. Siento una punzada de rabia y tristeza mezcladas. ¿Acaso no es eso lo que hacen las madres? ¿Vivir a través de sus hijos cuando ya no les queda nada más?
Recuerdo cuando Sergio me pidió ayuda para montar la cuna del pequeño Mateo. Lloré de felicidad al verlos juntos en la habitación que yo misma pinté de azul celeste. Ahora esa habitación es solo un bien inmobiliario más.
Las semanas pasan entre silencios incómodos y conversaciones a media voz. Mi hermana Pilar me dice que tengo que dejarles volar, que no puedo retenerles con ladrillos y recuerdos. Pero ¿cómo se deja ir a un hijo cuando toda tu vida ha girado en torno a él?
Un día, Sergio me llama temprano:
—Mamá, hemos decidido poner la casa a la venta. Ya hemos hablado con una agencia.
Me quedo muda. Siento cómo algo se rompe dentro de mí. Salgo al jardín y acaricio el limonero que plantamos juntos cuando Sergio tenía diez años. Recuerdo sus manos pequeñas cubiertas de tierra y su risa al ver el primer brote verde.
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama pensando si he sido egoísta por querer retenerles aquí, si he fallado como madre al no saber soltar.
La noticia corre por el barrio. Los vecinos me miran con lástima o con reproche. Algunos murmuran que los jóvenes de hoy no valoran nada; otros dicen que es ley de vida.
Llega el día de la visita con los compradores. Lucía va arreglada y sonriente; Sergio parece ausente. Yo me encierro en la cocina y escucho cómo describen mi casa como «acogedora pero anticuada».
Cuando se van, Sergio entra y me encuentra llorando en silencio.
—Mamá…
Le miro a los ojos y veo al niño que fue y al hombre que es ahora.
—Solo quería darte lo mejor —le digo—. Pero quizás lo mejor sea dejarte elegir tu propio camino.
Sergio me abraza fuerte, como cuando era pequeño.
—Gracias por todo, mamá. Nunca lo olvidaré.
Lucía se acerca y me toma la mano:
—Queremos que sigas formando parte de nuestra vida, aunque sea en otro lugar.
Asiento, aunque sé que nada volverá a ser igual.
Ahora la casa está vacía, esperando nuevos dueños y nuevas historias. Yo sigo aquí, aprendiendo a soltar poco a poco.
¿Es posible amar demasiado? ¿Hasta qué punto debemos sacrificar nuestros sueños por los de nuestros hijos? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?