El eco de los tacones: una abuela, un secreto y el precio de la soledad
—Abuela, ¿por qué lloras?— La voz de Lucía, mi nieta de ocho años, me sacude como un trueno en mitad de la siesta. No me había dado cuenta de que las lágrimas me corrían por las mejillas. Me apresuro a secármelas con el dorso de la mano, pero ya es tarde. Ella se acerca, me abraza y susurra: —Mamá dice que pronto vas a vivir en una casa muy grande con otras abuelas. ¿Es verdad?
El corazón se me encoge. No sé qué decirle. ¿Cómo explicarle a una niña que su madre, mi hija Carmen, ha decidido que ya no soy útil en su vida? Que mi piso en Vallecas, por el que tanto luché tras la muerte de mi marido, ahora es solo una jaula de recuerdos y paredes frías.
—No llores, abuela —insiste Lucía—. Yo no quiero que te vayas.
La abrazo fuerte. Me aferro a ese cuerpecito como si fuera el último ancla que me queda en este mundo. Pero sé que la decisión está tomada. Lo escuché anoche, sin querer, cuando Carmen hablaba por teléfono con su hermano, Diego:
—No puedo más, Diego. Mamá cada vez está peor. Se olvida de las cosas, se le quemó la olla el otro día. Y yo tengo el trabajo, las niñas… No puedo estar pendiente de todo. Ya he mirado una residencia cerca del Retiro. Es lo mejor para todos.
Sentí un frío helado recorrerme la espalda. ¿Eso soy ahora? ¿Un estorbo? ¿Una carga?
Me acuerdo de cuando era yo quien cuidaba de Carmen y Diego. De las noches sin dormir cuando tenían fiebre, de los bocadillos de nocilla envueltos en papel de aluminio para el recreo, de los tacones que me ponía para ir a limpiar casas ajenas y sacar adelante a la familia tras la muerte de Antonio. Todo eso parece tan lejano…
Hoy, mientras preparo el café —con cuidado de no olvidar apagar el fuego—, repaso mentalmente cada rincón del piso: las fotos amarillentas en el mueble del salón, la colcha de ganchillo que tejí durante los veranos en el pueblo, los libros de Antonio aún en la estantería. ¿Quién cuidará de todo esto cuando yo no esté?
Carmen llega por la tarde. Entra deprisa, como siempre, hablando por el móvil y dejando caer las llaves sobre la mesa.
—Mamá, tenemos que hablar —dice sin mirarme a los ojos.
Sé lo que viene. Me siento en el sofá y espero el golpe.
—He hablado con Diego y creemos que lo mejor es que vayas a una residencia. Allí estarás bien cuidada, harás amigas…
—¿Y si no quiero ir? —pregunto con voz temblorosa.
—Mamá… —suspira—. No puedes seguir sola aquí. El otro día casi provocas un incendio.
—Fue un despiste…
—No es solo eso. Te veo triste, apagada. Allí tendrás compañía.
No sabe nada de mi tristeza. No sabe nada del silencio que me envuelve cada noche cuando apaga la luz y se va con las niñas. No sabe nada del miedo a desaparecer poco a poco entre paredes ajenas.
Lucía entra corriendo y se abraza a mis piernas.
—¡No quiero que te vayas! —grita—. ¡Quiero dormir contigo todas las noches!
Carmen la aparta suavemente.
—Cariño, la abuela va a estar bien. Podremos visitarla siempre que queramos.
Pero todos sabemos que eso no es verdad. Mi amiga Rosario lleva tres años en una residencia y su hija apenas va una vez al mes.
Esa noche no puedo dormir. Me levanto y recorro el piso descalza, escuchando el eco de mis propios pasos sobre las baldosas frías. Me detengo frente al espejo del baño y apenas reconozco a la mujer que me mira: arrugas profundas, ojos cansados, el pelo blanco recogido en un moño deshecho.
Me acuerdo entonces del secreto que guardo desde hace años, uno que nunca confesé ni a Carmen ni a Diego: cuando Antonio murió, estuve a punto de perderlo todo. La casa, los niños… Solo una vecina, Pilar, me ayudó a salir adelante prestándome dinero y dándome trabajo limpiando portales. Nunca les conté lo cerca que estuvimos de acabar en la calle porque quería protegerlos del miedo y la vergüenza.
Ahora siento esa misma vergüenza al pensar que mis propios hijos quieren apartarme como si fuera un mueble viejo.
Al día siguiente, Diego viene a verme. Se sienta frente a mí con cara seria.
—Mamá, lo hemos decidido por tu bien. No queremos verte sola ni sufrir un accidente.
—¿Y si os prometo tener más cuidado? ¿Si contrato a alguien para que venga a ayudarme?
Diego niega con la cabeza.
—No es suficiente. Además… —hace una pausa incómoda— hemos hablado con una asistente social y nos han dicho que es lo mejor para ti.
Me siento derrotada. Miro por la ventana y veo pasar a los niños jugando al fútbol en la plaza, igual que jugaban Carmen y Diego hace treinta años. Todo ha cambiado tanto…
Esa tarde preparo una maleta pequeña con algunas cosas: fotos de los niños, mi bata favorita, un libro de poemas de Machado. Lucía entra en mi habitación y me mira con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Te vas ya?
Asiento en silencio. Ella saca algo del bolsillo: es una pulsera hecha con hilos de colores.
—Para que no te olvides de mí —dice sollozando.
La abrazo fuerte y le prometo que nunca la olvidaré.
Cuando Carmen viene a buscarme al día siguiente, apenas hablamos durante el trayecto en coche hasta la residencia. El edificio es grande y luminoso, pero huele a desinfectante y soledad.
Me despido de Carmen y Lucía con un nudo en la garganta. Cuando se van, me siento en la cama nueva y miro por la ventana al jardín vacío.
¿De verdad esto es lo mejor para mí? ¿Es este el precio de haberlo dado todo por mi familia? ¿Cuántas madres más acabarán así, olvidadas por aquellos a quienes más amaron?