No era mi culpa: La historia de Lucía y el peso invisible
—¿Otra vez vas a dejar al niño con mi madre? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la encimera donde apoyaba el móvil.
Me quedé quieta, con el pequeño Mateo en brazos, sintiendo cómo el llanto se me atascaba en la garganta. No era la primera vez que discutíamos por esto. Desde que nació nuestro hijo, Sergio parecía cada vez más ausente, más ocupado con su trabajo en la gestoría, más dispuesto a delegar cualquier responsabilidad que tuviera que ver con el bebé. Y yo… yo solo quería sobrevivir a los días eternos de pañales, noches en vela y miedo constante a no ser suficiente.
—No puedo más, Sergio. Necesito ayuda —susurré, casi sin voz—. Tu madre es la única que se ofrece.
Él bufó y se metió en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola en el pasillo, con Mateo ya dormido sobre mi pecho. Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía contar con él?
La maternidad no era como me la habían contado. Mis amigas compartían fotos idílicas en Instagram: bebés sonrientes, padres felices, desayunos de domingo en la cama. Yo solo tenía ojeras y una sensación constante de fracaso. Mi madre vivía en Salamanca y apenas podía venir a Madrid; mi padre murió hace años. Así que recurrí a mi suegra, Pilar, que aunque era mandona y a veces me hacía sentir torpe, al menos estaba ahí.
Una tarde, después de otra discusión con Sergio —esta vez porque había olvidado comprar leche para Mateo—, llamé a Carmen, mi mejor amiga desde el instituto. Necesitaba desahogarme.
—Lucía, tienes que entenderlo —me dijo ella—. Sergio está agobiado con el trabajo. Además… no puedes esperar que él lo haga todo. Si tu suegra te ayuda, deberías estar agradecida.
Sentí cómo se me encogía el estómago.
—¿Crees que es culpa mía? —pregunté, casi sin atreverme a escuchar la respuesta.
—No es culpa de nadie… pero igual deberías intentar no agobiarle tanto. A veces los hombres necesitan su espacio.
Colgué sintiéndome más sola que nunca. ¿Era yo la culpable? ¿Estaba pidiendo demasiado?
Los días pasaban y la rutina se volvía cada vez más pesada. Pilar venía por las mañanas y me ayudaba a bañar a Mateo, pero no podía evitar sus comentarios: “En mis tiempos no necesitábamos tanta ayuda”, “Sergio nunca lloraba así”, “Tienes que ser más fuerte”.
Una tarde de domingo, mientras Sergio veía el fútbol en el salón y yo intentaba dormir a Mateo en la habitación contigua, escuché cómo le decía a su madre por teléfono:
—Mamá, Lucía está muy rara últimamente. No sé qué le pasa… Yo hago lo que puedo.
Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿De verdad pensaba que él hacía lo que podía? ¿Acaso cambiar un pañal o levantarse una noche era demasiado pedir?
Empecé a salir a pasear sola con Mateo por el parque del Retiro. Allí veía a otras madres, algunas acompañadas por sus parejas, otras solas como yo. Un día me senté en un banco junto a una mujer mayor que jugaba con su nieta.
—¿Primer hijo? —me preguntó con una sonrisa amable.
Asentí.
—Es duro al principio —dijo—. Pero no te olvides de ti misma. Si tú no estás bien, tu hijo tampoco lo estará.
Sus palabras me hicieron llorar en silencio mientras Mateo dormía en su carrito.
Esa noche, cuando Sergio llegó tarde del trabajo y ni siquiera preguntó por nosotros, sentí que algo dentro de mí se rompía. Me miré al espejo del baño: tenía el pelo recogido de cualquier manera, las ojeras marcadas y una tristeza profunda en los ojos.
Al día siguiente decidí hablar con él.
—Sergio, necesito que hablemos —le dije mientras desayunábamos.
Él ni siquiera levantó la vista del móvil.
—¿Ahora qué pasa?
—No puedo seguir así. Siento que estoy sola en esto. No quiero depender siempre de tu madre ni sentirme una carga para ti.
Sergio suspiró.
—Lucía, estoy haciendo todo lo posible. No sé qué más quieres de mí.
—Quiero que seas padre —le respondí con voz temblorosa—. Que estés aquí, conmigo y con Mateo. Que compartas esto conmigo…
Él se levantó sin decir nada y se fue al trabajo. Me quedé sola otra vez.
Esa tarde Carmen vino a verme. Le conté todo entre lágrimas.
—No sé si puedo seguir así —le confesé—. Siento que me estoy perdiendo a mí misma.
Carmen me abrazó y por primera vez no intentó justificar a Sergio.
—Lucía… igual tienes razón. Igual deberías pensar en ti también.
Esa noche tomé una decisión: empecé a buscar ayuda profesional. Fui al centro de salud y pedí cita con la psicóloga. Empecé a hablar de mis miedos, de mi soledad, de mi rabia contenida. Poco a poco fui recuperando fuerzas.
Un día le propuse a Sergio ir juntos a terapia de pareja. Él se negó rotundamente.
—No necesito hablar con nadie —dijo—. El problema lo tienes tú.
Fue entonces cuando entendí que no podía cambiarle. Solo podía cambiarme a mí misma y proteger a mi hijo.
Con el tiempo aprendí a poner límites: acepté la ayuda de Pilar solo cuando realmente la necesitaba; empecé a salir más con Mateo; retomé contacto con viejas amigas; incluso volví a pintar, algo que había dejado aparcado desde la universidad.
Sergio siguió distante, cada vez más encerrado en sí mismo y en su trabajo. Nuestra relación se fue enfriando hasta convertirse en una convivencia silenciosa y tensa.
Un día, mientras pintaba junto a Mateo dormido en su cuna, me pregunté si algún día podría perdonarme por haber permitido tanto tiempo esa soledad impuesta. ¿Cuántas mujeres viven esto cada día? ¿Cuántas callan por miedo o por vergüenza?
A veces me pregunto: ¿Es justo cargar siempre nosotras con la culpa? ¿Cuándo aprenderemos a pedir ayuda sin sentirnos menos madres o menos mujeres?