Cuando Mamá Decidió Emprender y Nos Arrastró a Todos
—¡No me digas que otra vez has pedido más género, mamá! —grité desde la trastienda, con las manos aún manchadas de tinta de las etiquetas que llevaba horas pegando.
Mi madre, Carmen, ni se inmutó. Se giró hacia mí con esa mirada suya que siempre ha sido mezcla de orgullo y terquedad, la misma con la que me obligaba a terminarme el cocido de pequeña.
—Lucía, si no arriesgamos, no ganamos. ¿O prefieres seguir en ese trabajo tuyo de oficina, donde ni te valoran ni te pagan lo que mereces?
La tienda olía a madera nueva y a sueños demasiado grandes para caber en un local tan pequeño de Lavapiés. Mi hermana Marta, sentada en el mostrador, levantó la vista del móvil y rodó los ojos. Desde que mamá se jubiló y decidió abrir esta tienda de ropa ecológica, nuestras vidas se habían convertido en una montaña rusa de emociones y facturas impagadas.
Al principio, todo parecía una aventura. Mamá nos convenció con su entusiasmo contagioso: «¡Vamos a revolucionar la moda en Madrid! ¡Nada de fast fashion!». Nos prometió que sólo ayudaríamos los fines de semana, pero pronto estábamos aquí cada tarde, después del trabajo, doblando camisetas y atendiendo a los pocos clientes que entraban.
La realidad era otra. El barrio estaba lleno de tiendas parecidas. Los proveedores subían los precios cada mes. Y mamá, lejos de rendirse, seguía pidiendo más stock, convencida de que el próximo mes sería el bueno.
—Mamá, no podemos seguir así —le dije una noche mientras cerrábamos la persiana—. Marta está dejando de ir a clase por esto. Yo he pedido días en el trabajo y mi jefe ya me ha advertido.
Ella me miró con los ojos vidriosos, pero no cedió.
—¿Y qué queréis? ¿Que tire la toalla? ¿Que acepte que mi vida se ha acabado porque me he jubilado? No puedo. Necesito sentirme útil.
La discusión quedó flotando en el aire como el polvo que nunca conseguíamos limpiar del escaparate. Esa noche apenas dormí. Escuché a Marta llorar en su habitación y sentí una rabia sorda contra mamá… y contra mí misma por no saber decirle que no.
Las semanas pasaron y la situación empeoró. Las ventas no subían. Los bancos empezaron a llamar. Un día encontré a mamá sentada en el suelo del almacén, rodeada de cajas sin abrir.
—No sé qué hacer, Lucía —susurró—. He pedido un préstamo a nombre de papá sin decírselo.
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Papá llevaba años con problemas de salud y apenas llegábamos a fin de mes con su pensión.
—¿Pero cómo has podido…? —empecé a decir, pero me callé al ver sus lágrimas.
Esa noche hubo gritos en casa. Papá se enteró y le dijo cosas horribles a mamá. Marta se encerró en el baño y yo salí corriendo a la calle, sin saber adónde ir. Caminé por las calles húmedas de Madrid hasta que el frío me obligó a volver.
Durante días apenas nos hablamos. La tienda seguía abierta, pero ya nadie tenía ganas de sonreír detrás del mostrador. Un sábado por la tarde entró una clienta nueva: una mujer mayor, elegante, que se quedó mirando los vestidos colgados junto al ventanal.
—¿Quién ha elegido estos colores? —preguntó con voz suave.
—Mi madre —respondí sin ganas.
La mujer sonrió.
—Se nota que hay pasión aquí. Pero también miedo. ¿Sabes? Yo también tuve una tienda hace años. La cerré porque no supe pedir ayuda a tiempo.
Sus palabras me golpearon como un jarro de agua fría. Aquella noche reuní a la familia en el salón.
—No podemos seguir así —dije—. Mamá necesita ayuda profesional, no sólo nuestro tiempo y dinero. Hay asesores gratuitos para emprendedores en el ayuntamiento. Y tenemos que hablar con el banco antes de que esto nos hunda a todos.
Por primera vez en meses, mamá asintió sin discutir. Fuimos juntos al día siguiente al centro municipal de apoyo al comercio local. Allí nos explicaron cómo renegociar la deuda y cómo ajustar el negocio para sobrevivir.
No fue fácil. Tuvimos que despedirnos de muchos sueños: menos stock, menos horas abiertas, más realismo y menos romanticismo emprendedor. Pero poco a poco las cosas empezaron a mejorar. Marta volvió a clase; yo recuperé mi trabajo; papá dejó de mirar a mamá con rencor.
Hoy la tienda sigue abierta, más pequeña pero más nuestra. Mamá ha aprendido a pedir ayuda y nosotros hemos aprendido a poner límites… aunque todavía discutimos por las etiquetas o los colores del escaparate.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias españolas viven atrapadas entre los sueños imposibles de sus padres y la dura realidad económica? ¿Hasta dónde llegaríamos por amor… o por miedo a decepcionarles?