No soy tu niñera: El día que le dije a mi hija que tenía mi propia vida

—Mamá, ¿puedes quedarte con Mateo esta tarde?— La voz de Lucía, mi hija, sonaba cansada, casi suplicante, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón. Yo miré el reloj: eran las cuatro y media y tenía clase de pintura a las cinco. Por un instante dudé, como tantas veces antes. Pero algo dentro de mí se rebeló.

—Hoy no puedo, Lucía. Tengo planes— respondí, sintiendo cómo se me encogía el estómago.

El silencio al otro lado del teléfono fue más elocuente que cualquier palabra. Pude imaginar su ceño fruncido, la decepción en sus ojos. —¿Planes? ¿Más importantes que tu nieto?— soltó al fin, con ese tono que mezcla reproche y tristeza.

Me mordí el labio. ¿Cómo explicarle que, después de toda una vida dedicada a los demás, necesitaba un poco de espacio para mí? Desde que me jubilé como enfermera en el hospital de La Paz, parecía que mi tiempo ya no me pertenecía: era la abuela disponible, la madre consejera, la amiga siempre dispuesta. Pero yo también tenía sueños, aunque fueran pequeños: pintar, viajar con mis amigas del centro cultural, leer sin mirar el reloj.

—Lucía, cariño, llevo meses ayudándote con Mateo. Pero también necesito vivir mi vida. No soy solo tu madre ni la niñera de tu hijo— dije, intentando que mi voz no temblara.

La discusión se alargó. Ella me recordó lo difícil que era conciliar su trabajo en la gestoría con la maternidad sola desde que Pedro se fue a Barcelona. Me habló de su cansancio, de lo injusto que era que yo no entendiera su situación. Y yo sentí culpa, mucha culpa. Porque la maternidad en España siempre ha sido sacrificio y entrega; así me educó mi madre, y así intenté educar yo a Lucía.

Colgué el teléfono con lágrimas en los ojos. Me senté en el sofá y miré las fotos familiares: Lucía con trenzas en la playa de Benidorm; Mateo disfrazado de pirata en su último cumpleaños; mi marido Antonio, ya fallecido, sonriendo con esa calma suya que tanto echo de menos. ¿Habría hecho él lo mismo? ¿O habría cedido sin rechistar?

Esa tarde no fui a clase de pintura. Me quedé en casa, dándole vueltas a todo. Recordé cuando Lucía era pequeña y yo trabajaba turnos dobles para pagarle los estudios. Recordé las noches sin dormir cuando Antonio enfermó y cómo ella apenas venía a casa porque estaba en la universidad o saliendo con sus amigas. ¿Era justo que ahora me pidiera tanto?

Al día siguiente, Lucía vino a casa sin avisar. Traía a Mateo de la mano y los ojos hinchados de llorar.

—Mamá, lo siento— dijo nada más entrar. —No quería hacerte sentir mal. Es solo que estoy tan sola…

Mateo corrió hacia mí y me abrazó fuerte. Sentí cómo se me derretía el corazón. Pero también supe que tenía que mantenerme firme.

—Lucía, te quiero más que a nada en este mundo. Pero tienes que entender que yo también necesito tiempo para mí. No puedo ser tu solución para todo— le dije, acariciándole el pelo como cuando era niña.

Nos sentamos las tres generaciones en la mesa de la cocina. Hablamos largo y tendido. Ella lloró; yo también. Mateo jugaba con sus coches sin entender nada pero sintiendo la tensión en el aire.

—¿Y si busco una niñera unas horas a la semana?— propuso Lucía al final.

—Eso sería lo mejor para todos— respondí, sintiendo un alivio inmenso.

Pero la paz duró poco. Mi hermana Carmen llamó esa noche para decirme que Lucía le había contado todo y que cómo podía ser tan egoísta. —Las madres estamos para ayudar siempre— sentenció Carmen desde su piso en Salamanca.

Me sentí juzgada por toda la familia: mis sobrinas opinando por WhatsApp, mi cuñado diciendo que los abuelos hoy en día no quieren responsabilidades… Incluso mi vecina Pilar me miraba raro cuando bajé a comprar el pan.

En España parece que si eres mujer y madre nunca puedes dejar de serlo del todo. Que tu vida propia es un lujo egoísta. Pero yo ya he dado mucho. He sacrificado amistades, viajes y hasta mi salud por cuidar de los demás.

Una tarde, mientras pintaba un bodegón en el centro cultural, una compañera —Marisa— se acercó y me dijo:

—Te admiro por poner límites. Yo nunca me he atrevido con mis hijos… Y ahora siento que no tengo vida propia.

Aquello me hizo pensar: ¿cuántas mujeres como yo viven atrapadas entre el deber y el deseo? ¿Cuántas callan por miedo al qué dirán?

Hoy Lucía y yo estamos mejor. Ha aprendido a organizarse y yo disfruto más de mi tiempo libre. Sigo ayudando cuando puedo —y quiero— pero ya no por obligación ni culpa.

A veces me pregunto si he sido valiente o egoísta. Si he roto algo irremediablemente o si he abierto una puerta nueva para ambas.

¿Dónde está el límite entre ayudar y olvidarse de una misma? ¿Cuántas veces hemos callado nuestras necesidades por miedo a decepcionar a los nuestros? Me gustaría saber qué pensáis vosotros.