Cuando el amor se rompe en el altar: La boda de Lucía y Sergio
—¿Por qué has venido, mamá? —le susurré con la voz temblorosa, mientras el murmullo de los invitados llenaba la iglesia de San Andrés. Mi madre, Inés, llevaba años sin hablarme, desde aquella discusión amarga tras la muerte de mi padre. Sin embargo, ahí estaba, sentada en la primera fila, con los ojos rojos y el gesto endurecido. No podía apartar la mirada de ella mientras mi hermana Carmen me ajustaba el velo.
—Lucía, deja de mirar atrás —me reprendió Carmen—. Hoy es tu día. Sergio te está esperando.
Pero yo sentía un nudo en el estómago. No era solo por mi madre. Había algo en el ambiente, una tensión invisible que me oprimía el pecho. El coro empezó a cantar y las puertas se abrieron. Caminé hacia el altar con las piernas de gelatina, intentando sonreír a los amigos y familiares que giraban la cabeza para verme pasar.
Sergio me esperaba al final del pasillo, nervioso pero guapo como nunca. Cuando llegué a su lado, me apretó la mano con fuerza. El cura comenzó la ceremonia y yo intenté concentrarme en sus palabras, pero mi mente volaba entre recuerdos y presentimientos.
Todo iba bien hasta que llegó el momento de los votos. Sergio me miró a los ojos y empezó a hablar:
—Lucía, desde que te conocí supe que eras la persona con la que quería compartir mi vida…
De pronto, un grito desgarrador interrumpió la ceremonia. Todos se giraron hacia la entrada. Era mi tía Pilar, corriendo hacia el altar con una carta en la mano.
—¡No puedes casarte con él! —gritó—. ¡Lucía, tienes que saber la verdad!
El silencio fue absoluto. El cura intentó calmarla, pero Pilar se zafó y me entregó la carta temblando.
—Léela —me suplicó—. Por favor.
Miré a Sergio, que palideció de golpe. Mi madre se tapó la boca con las manos. Abrí la carta con dedos torpes y empecé a leer en voz alta:
“Querida Lucía: Sé que este no es el momento ni el lugar, pero no puedo permitir que te cases sin saberlo todo. Sergio y tu madre llevan años ocultándote algo…”
No pude seguir leyendo. Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Miré a Sergio, buscando una negación, una explicación… pero él bajó la cabeza.
—¿Qué significa esto? —pregunté entre sollozos.
Mi madre se levantó y vino hacia mí. Me abrazó por primera vez en años y susurró:
—Perdóname, hija… Yo solo quería protegerte.
—¿Protegerme de qué? —grité.
Sergio se acercó y me tomó las manos:
—Lucía, te lo iba a contar después de la boda…
—¡¿Después?! —le interrumpí—. ¿Después de casarnos? ¿Qué me estás ocultando?
Mi madre miró a Sergio con lágrimas en los ojos y asintió para que hablara.
—Lucía… —dijo él—. Hace años tuve una relación con tu madre. Fue antes de conocerte a ti. No sabía quién eras cuando nos conocimos…
Sentí que me ahogaba. Todo encajaba: las miradas esquivas entre ellos, las conversaciones a medias…
—¿Y por qué nadie me lo dijo? —pregunté, mirando a mi madre.
—Porque pensé que era mejor así —respondió ella—. No quería que sufrieras.
La iglesia era un murmullo de incredulidad. Mi abuela Rosario lloraba en silencio; mis primos cuchicheaban sin pudor.
Me aparté de todos y salí corriendo al patio trasero de la iglesia. El aire frío me golpeó la cara y sentí que las lágrimas no paraban de brotar. Carmen me alcanzó y me abrazó fuerte.
—No tienes por qué decidir nada ahora —me dijo—. Haz lo que sientas.
Pero ¿qué sentía? Rabia, dolor, traición… ¿Cómo podía casarme con alguien que había estado con mi madre? ¿Cómo podía perdonarles a ambos?
Pasaron minutos eternos hasta que volví a entrar en la iglesia. Todos me miraban expectantes. Caminé hacia Sergio y le devolví el anillo.
—No puedo hacerlo —dije con voz firme pero rota—. No así.
Sergio intentó detenerme:
—Lucía, te amo…
Pero yo ya no podía escucharle. Salí de la iglesia bajo la lluvia fina de Madrid, sintiendo que mi vida entera se había derrumbado en un solo día.
Esa noche dormí en casa de Carmen. Mi madre vino a verme al día siguiente; hablamos durante horas, lloramos juntas y por primera vez entendí su dolor y sus miedos. Pero aún no sé si podré perdonarla del todo.
Hoy, meses después, sigo preguntándome si hice bien en romper con todo o si debí luchar por ese amor imposible. ¿Qué habríais hecho vosotros? ¿Se puede reconstruir una vida cuando todo lo que creías cierto se desvanece en un instante?