Dos años de silencio: Cuando mi hijo cerró la puerta para siempre

—¿Por qué no me contestas, Daniel? ¿Por qué me haces esto? —mi voz temblaba mientras dejaba otro mensaje de voz, sabiendo que, como los anteriores, quedaría sin respuesta.

El frío de enero se colaba por la ventana de mi piso en Vallecas. Miraba el móvil una y otra vez, esperando un milagro. Dos años. Dos años desde que mi hijo cambió la cerradura de su casa y me dejó fuera de su vida. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una felicitación en mi cumpleaños. Solo silencio.

Recuerdo el último día que nos vimos. Fue en su casa, una tarde de domingo. Su mujer, Lucía, preparaba café en la cocina mientras yo jugaba con mi nieta, Martina. Daniel estaba tenso, evitaba mirarme a los ojos. Cuando Lucía salió al balcón con la niña, él se acercó a mí y me lo soltó sin anestesia:

—Mamá, no puedes seguir viniendo aquí cuando quieras. Esta es mi casa y tienes que avisar antes de aparecer.

Me quedé helada. ¿Avisar? ¿A mi propio hijo? ¿A mi nieta? Sentí cómo la rabia me subía por dentro.

—¿Desde cuándo tengo que pedir permiso para veros? ¡Soy tu madre! —le respondí, alzando la voz más de lo que debería.

—Precisamente porque eres mi madre deberías entenderlo —me contestó él, con esa calma fría que siempre me ha sacado de quicio—. No puedes controlarlo todo. No puedes seguir tratándome como si tuviera quince años.

Esa discusión fue el principio del fin. Días después, intenté entrar en su casa con mis llaves —las mismas que él me había dado cuando se mudó— y descubrí que la cerradura había cambiado. Llamé al timbre. Nadie abrió. Desde entonces, solo silencio.

Al principio pensé que era una rabieta. Que se le pasaría. Pero los meses fueron cayendo como hojas secas y el vacío se hizo insoportable. Empecé a repasar cada momento de nuestra vida juntos: los castigos cuando llegaba tarde, las broncas por las notas, las veces que le dije que podía hacerlo mejor, que no era suficiente. Siempre quise lo mejor para él. ¿Fue eso lo que le alejó?

Mis amigas del centro de mayores me decían que los hijos son así ahora, que tienen otra mentalidad. Pero yo no podía dejar de preguntarme: ¿en qué momento perdí a mi hijo? ¿Fue cuando le obligué a estudiar Derecho en vez de Bellas Artes? ¿Cuando le prohibí salir con sus amigos porque no me gustaban? ¿O fue simplemente el paso del tiempo?

Una tarde de primavera, decidí ir a buscarle al trabajo. Esperé fuera del despacho donde ejerce como abogado en el centro de Madrid. Cuando salió, me acerqué con el corazón en la boca.

—Daniel, por favor, solo quiero hablar contigo un momento.

Me miró como si fuera una desconocida.

—No tengo nada que decirte, mamá. Déjame en paz.

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Volví a casa y me encerré en mi habitación durante días. No comía, no dormía. Solo pensaba en él y en Martina, mi nieta, a la que apenas conozco.

Lucía me llamó una vez, hace meses.

—Carmen —me dijo—, Daniel necesita tiempo. Está muy dolido. Dice que nunca pudo ser él mismo contigo.

—¿Y yo? ¿Acaso yo no tengo derecho a sentirme dolida? —le respondí entre sollozos.

—Lo sé —me contestó ella—. Pero ahora mismo no quiere verte.

Desde entonces, solo veo a Martina en las fotos que Lucía sube a Instagram: su primer día de cole, su disfraz de princesa en Carnaval, su sonrisa idéntica a la de Daniel cuando era pequeño. A veces le escribo mensajes privados a Lucía, preguntando cómo están. Ella responde con amabilidad, pero siempre distante.

Mi hermana Pilar dice que debería pedirle perdón a Daniel, aunque no sepa exactamente por qué.

—A veces los hijos solo necesitan oírlo —me aconseja—. No importa si tienes razón o no.

Pero yo no sé cómo hacerlo. ¿Cómo se pide perdón por toda una vida? ¿Cómo se deshacen los años de exigencias y reproches?

El otro día soñé con mi madre. Ella también fue dura conmigo, exigente hasta el extremo. Recuerdo cómo le prometí a Daniel cuando nació que yo sería diferente. Pero al final repetí sus errores sin darme cuenta.

En el supermercado veo a otras abuelas recogiendo a sus nietos del colegio y siento una punzada de envidia y tristeza. Me pregunto si algún día podré volver a abrazar a Martina o si este silencio será para siempre.

A veces pienso en escribirle una carta a Daniel. Contarle todo lo que siento: el amor, la culpa, el miedo a morir sin reconciliarnos. Pero luego me paraliza el miedo al rechazo.

La soledad pesa más cuando sabes que es consecuencia de tus propios actos. Me aferro a los recuerdos: las tardes en el parque, los veranos en Benidorm, las risas compartidas antes de que todo se torciera.

Hoy he decidido dejarle un último mensaje:

—Daniel, sé que he cometido errores y que te he hecho daño sin quererlo. Solo quiero decirte que te quiero y que siempre estaré aquí si decides volver.

¿Es suficiente pedir perdón? ¿O hay heridas que nunca cicatrizan? ¿Cuántas madres y padres en España viven este mismo silencio? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?