Dos años de silencio: la historia de una madre y su hija en Madrid

—¿Sabes lo que más duele, Inés? —le dije mientras vertía el té en su taza—. No es la soledad, ni siquiera el silencio de la casa. Es el silencio de Lucía. Dos años han pasado desde la última vez que escuché su voz. Dos años desde aquel portazo que aún resuena en mi memoria como si fuera ayer.

Inés me miró con esa mezcla de compasión y curiosidad que sólo tienen las amigas de toda la vida. Ella sabe que no suelo hablar de Lucía. Siempre cambio de tema cuando sale su nombre, pero hoy, con la lluvia golpeando los cristales y el reloj marcando las seis, sentí que no podía más.

—¿Por qué no me cuentas qué pasó? —me animó Inés, con su voz suave—. A veces hablar ayuda.

Respiré hondo. Recordé aquel día de agosto, el calor pegajoso de Madrid y la discusión absurda que lo cambió todo. Lucía había venido a casa después de meses sin visitarme. Yo estaba nerviosa, quería que todo saliera bien. Preparé su comida favorita: cocido madrileño y natillas caseras. Pero apenas probó bocado.

—Mamá, ¿por qué siempre tienes que opinar sobre mi vida? —me soltó de repente, dejando la cuchara sobre la mesa.

—Sólo quiero lo mejor para ti, hija —le respondí, sintiendo cómo se me encogía el corazón.

—¡Pero es mi vida! ¡Déjame equivocarme si quiero! —gritó, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

No supe qué decir. Me quedé paralizada, viendo cómo recogía sus cosas y salía sin mirar atrás. Desde entonces, ni una llamada, ni un mensaje. Nada.

He repasado esa escena mil veces en mi cabeza. ¿Fue por insistirle en que dejara a ese chico, Sergio? ¿Por criticar su trabajo en aquella start-up que yo nunca entendí? ¿O simplemente porque no supe escucharla cuando más lo necesitaba?

La vida sigue, dicen. Pero para mí, cada día es una repetición del anterior: desayuno sola, paseo por el Retiro sola, vuelvo a casa sola. A veces me cruzo con madres e hijas riendo juntas en la calle Fuencarral y siento una punzada en el pecho tan fuerte que tengo que sentarme en un banco a respirar.

Mi vecina Inés intenta animarme. Me trae bollos de la pastelería de la esquina y hablamos de sus nietos, de sus viajes a Galicia o a Granada. Pero yo sólo pienso en Lucía. ¿Estará bien? ¿Habrá encontrado la felicidad que yo no supe darle?

Hace poco recibí una carta del banco: mi pensión apenas alcanza para cubrir los gastos del piso. Pensé en venderlo e irme a vivir a una residencia, pero me aterra la idea de morir sin volver a ver a mi hija. ¿Y si viene a buscarme algún día y ya no estoy?

El otro día vi a Sergio por la calle. Me miró, dudó un segundo y luego se acercó.

—Señora Carmen…

—Hola, Sergio —le respondí con un hilo de voz.

—Lucía está bien —me dijo rápidamente—. Trabaja mucho, pero… bueno, está bien.

Quise preguntarle más, pero él bajó la mirada y se despidió apresurado. Me quedé allí plantada, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza. Al menos sé que está viva, pensé.

Por las noches me desvelo pensando en todo lo que no le dije: lo orgullosa que estoy de ella, lo mucho que la echo de menos, lo arrepentida que estoy por mis palabras duras y mis silencios aún más duros.

A veces sueño que vuelve a casa. Que abre la puerta con su llave antigua y entra corriendo al salón gritando: «¡Mamá!». Me despierto con lágrimas en los ojos y el eco de su voz resonando en las paredes vacías.

Hoy cumplo setenta años. Inés ha venido con una tarta pequeña y unas velas. Cantamos el cumpleaños feliz entre risas forzadas y miradas cómplices. Cuando soplo las velas, sólo pido un deseo: volver a abrazar a Lucía.

Después de marcharse Inés, me siento junto a la ventana con una copa de vino barato y miro las luces de Madrid encendiéndose poco a poco. Siento el peso de los años y del arrepentimiento.

¿En qué momento dejamos de entendernos las madres y las hijas? ¿Por qué es tan difícil pedir perdón o decir te quiero antes de que sea demasiado tarde?

Quizá alguien ahí fuera haya pasado por lo mismo. Quizá alguien tenga una respuesta para mí.