Segundas oportunidades: La historia de Ana y Tomás
—¿Por qué sigues viniendo aquí si siempre llueve? —me preguntó Tomás, con esa voz ronca y cálida, mientras se sentaba a mi lado en el banco del parque de El Retiro. Yo, Ana, setenta y dos años, viuda desde hacía más de una década, respondí sin mirarle: —Porque aquí nadie me espera en casa. Aquí, al menos, escucho el mundo.
Tomás sonrió. Tenía las manos temblorosas y el pelo blanco despeinado por el viento madrileño. Me ofreció una onza de chocolate, y yo acepté. Fue la primera vez en años que sentí algo parecido a alegría. No era amor todavía, pero sí una grieta en la rutina.
Durante semanas nos encontramos allí, siempre a la misma hora. Hablábamos de todo: de los precios del mercado, de las películas antiguas que ponían en La 2, de los nietos que apenas venían a visitarnos. Tomás era viudo también; su mujer había muerto hacía cinco años y sus hijos vivían en Valencia y Barcelona. «No me llaman mucho», confesó un día, bajando la mirada.
Un martes cualquiera, mientras compartíamos un termo de café, Tomás me preguntó:
—¿Te gustaría venir conmigo a la verbena de San Isidro?
Sentí un vuelco en el estómago. ¿Salir? ¿Bailar? ¿A mi edad? Mi hija Lucía siempre decía que debía comportarme «como una señora mayor». Pero algo dentro de mí se rebeló.
—Sí —le respondí—. Me encantaría.
La noche de la verbena fue mágica. Bailamos un chotis torpe bajo las luces de colores. Tomás me cogió de la mano y sentí los famosos «leptirillos» en el estómago que creía olvidados para siempre. Nos reímos como adolescentes. Por primera vez en años, no sentí miedo al futuro.
Pero la felicidad nunca viene sola. Al día siguiente, Lucía vino a casa y me encontró arreglándome frente al espejo.
—¿Dónde vas tan arreglada? —preguntó con ese tono entre reproche y sorpresa.
—Voy a salir con Tomás —dije, mirándola a los ojos.
Lucía frunció el ceño.
—Mamá, ¿no crees que ya no estás para esas cosas? Papá solo lleva diez años muerto…
Sentí una punzada de culpa y rabia. ¿Por qué debía esconderme? ¿Por qué la gente piensa que el amor tiene fecha de caducidad?
Esa noche lloré en silencio. Dudé. ¿Estaba haciendo el ridículo? ¿Era egoísta por querer ser feliz?
Tomás lo notó al día siguiente.
—¿Qué te pasa?
Le conté todo. Él apretó mi mano con fuerza.
—Ana, la vida es demasiado corta para vivirla según las expectativas de otros. Si no lo intentamos ahora, ¿cuándo?
Sus palabras me dieron valor. Seguimos viéndonos: paseos por el Rastro los domingos, meriendas en cafeterías llenas de jubilados charlatanes, tardes de cine español en versión original. Poco a poco, mi círculo empezó a murmurar: las vecinas del portal cuchicheaban cuando me veían salir arreglada; mi nieta Paula me preguntó si Tomás era «mi novio».
Un día, Lucía vino a casa más seria que nunca.
—Mamá, estoy preocupada por ti. No quiero que te hagan daño ni que te aprovechen…
La miré con ternura y tristeza.
—Hija, sé cuidar de mí misma. Y si me equivoco, será mi error y mi aprendizaje.
La relación con Lucía se tensó durante semanas. Yo sentía su desaprobación como una losa sobre mis hombros. Pero Tomás me enseñó a mirar hacia adelante. Me animó a apuntarme a clases de pintura, a retomar viejas amistades y hasta a viajar juntos a Toledo un fin de semana.
En Toledo, mientras paseábamos por el Puente de San Martín al atardecer, Tomás me abrazó y susurró:
—Gracias por darme otra oportunidad para ser feliz.
Lloré. Lloré por todo lo perdido y por todo lo encontrado.
El tiempo pasó y aprendí a no pedir permiso para vivir mi vida. Lucía acabó aceptando mi relación con Tomás cuando vio que yo era feliz de verdad. Mis nietos empezaron a bromear con nosotros y hasta nos pidieron consejos sobre el amor.
Hoy escribo esto desde el mismo banco donde empezó todo. Tomás está a mi lado, leyendo el periódico. El parque sigue igual: niños jugando, ancianos paseando despacio, palomas buscando migas.
A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que la vida puede sorprendernos incluso cuando creemos que ya lo hemos vivido todo? ¿Cuántas oportunidades dejamos pasar por miedo al qué dirán?
¿Y vosotros? ¿Os atreveríais a vivir una segunda oportunidad?