La mitad que me falta: el precio de un hogar dividido

—¿De verdad vas a hacerlo, Lucía? —mi voz tembló, aunque intenté mantenerme firme frente a mi hija, que evitaba mirarme mientras revisaba unos papeles sobre la mesa del salón.

—Mamá, lo hemos hablado mil veces. Necesito el dinero. No puedo seguir pagando el alquiler de mi piso en Madrid y tú sabes que con mi sueldo de profesora no llego a fin de mes —respondió ella, con ese tono cansado que últimamente usaba conmigo, como si yo fuera una carga más.

El reloj de pared marcaba las seis y media. Afuera, la luz de la tarde se colaba por la ventana, iluminando los retratos familiares que colgaban en el pasillo. Allí estábamos todos: Lucía con su sonrisa de niña traviesa, Álvaro abrazando a su hermana, y yo, en medio, creyendo que nada podría separarnos jamás.

Pero ahora, sentada en el mismo salón donde celebramos tantos cumpleaños y Navidades, sentía que el suelo se abría bajo mis pies. Mi hija iba a vender su mitad del piso. Mi casa. Mi refugio desde hace más de cuarenta años.

—¿Y yo? ¿Dónde voy a vivir? —pregunté, casi en un susurro.

Lucía suspiró y se frotó la frente.

—Mamá, nadie te va a echar. El comprador sabe que tú vives aquí. Además, tienes tu mitad. No pueden hacer nada sin ti…

No podía evitar recordar aquel día, hace ya seis años, cuando decidí repartir el piso entre mis dos hijos. Lo hice por amor, para evitar peleas cuando yo ya no estuviera. Pero nunca pensé que la vida nos pondría en esta situación tan pronto.

Álvaro vive en Valencia desde hace años y apenas llama. Lucía siempre fue la más cercana, la que venía los domingos a comer cocido y a contarme sus problemas del trabajo. Pero desde que su marido la dejó y tuvo que mudarse a un piso diminuto con su hija pequeña, todo cambió.

—¿No podrías esperar un poco más? —insistí—. Quizá las cosas mejoren…

—No puedo esperar, mamá. Lo siento —dijo Lucía, y vi cómo se le humedecían los ojos.

Me levanté y fui hasta la ventana. Desde allí podía ver el parque donde jugaban mis nietos cuando eran pequeños. Sentí una punzada de nostalgia tan fuerte que tuve que apoyarme en el alféizar para no caerme.

Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama pensando en los nuevos dueños, en desconocidos entrando en mi casa, cambiando las cortinas, pintando las paredes… ¿Y si me obligaban a vender mi parte? ¿Y si acababa en una residencia?

Al día siguiente llamé a Álvaro.

—Mamá, yo no puedo hacer nada —me cortó enseguida—. Bastante tengo con mis propios problemas aquí. Además, tú fuiste quien decidió repartir el piso…

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Era culpa mía? ¿Había sido demasiado ingenua al pensar que el amor familiar era suficiente para mantenernos unidos?

Pasaron las semanas y Lucía encontró comprador. Un hombre joven, Javier, vino a ver el piso acompañado de una abogada. Me saludó educadamente y recorrió las habitaciones tomando notas en una libreta.

—No se preocupe, señora Carmen —me dijo la abogada—. Usted tiene derecho a vivir aquí mientras quiera. Pero Javier necesitará acceder a su parte para hacer algunas reformas…

Me sentí invisible mientras hablaban de mi casa como si fuera un simple activo inmobiliario. Cuando se marcharon, me senté en la cocina y lloré como hacía años que no lloraba.

Lucía vino esa tarde para firmar los papeles.

—Mamá… —empezó ella, pero yo levanté la mano.

—No digas nada. Haz lo que tengas que hacer.

Ella bajó la cabeza y firmó. Yo observé cómo su mano temblaba al escribir su nombre.

Esa noche cené sola. El silencio era tan denso que me costaba respirar. Recordé a mi marido, Antonio, fallecido hace diez años. Él siempre decía que la familia era lo más importante. ¿Qué pensaría si viera lo que estaba pasando?

Los días siguientes fueron una tortura. Javier venía cada tanto con obreros para medir y planificar reformas. Yo me encerraba en mi habitación o salía a pasear por el barrio para no ver cómo desmontaban mi vida pieza por pieza.

Una tarde encontré a Lucía esperando en el portal.

—¿Podemos hablar? —me preguntó con voz suplicante.

Subimos juntas y nos sentamos en el sofá.

—Sé que estás enfadada conmigo —dijo—. Pero no tenía otra opción. De verdad…

La miré largo rato antes de responder.

—Lo sé, hija. Pero duele mucho sentir que ya no tengo un lugar seguro. Que todo lo que construí puede desaparecer de un día para otro…

Lucía rompió a llorar y me abrazó fuerte.

—Perdóname, mamá…

La abracé también, pero sentí una distancia insalvable entre nosotras.

Ahora paso los días esperando noticias del banco o del abogado de Javier. Cada vez que suena el timbre me sobresalto pensando que ha llegado el momento de marcharme.

A veces me pregunto si hice bien al repartir el piso en vida. Si el amor de madre es suficiente para evitar estos conflictos o si al final todos acabamos defendiendo lo nuestro por encima de los demás.

¿De verdad es posible proteger a los hijos sin perderse una misma? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?