Bajo el mismo techo, distintos silencios: la historia de Ana y Marcos

—¿Por qué no puedes ser como Lucía? Ella sí que sabe cuidar de su casa y de su marido —escuché la voz de Marcos rebotando en las paredes del salón, mientras yo intentaba no romper el plato que tenía entre las manos.

No era la primera vez que lo decía. Ni sería la última. Desde hace meses, cada comida, cada tarde de domingo, cada pequeño detalle cotidiano se convertía en una comparación con Lucía, la esposa del amigo de Marcos. Lucía, la que prepara cocido madrileño los miércoles y rosquillas caseras los sábados. Lucía, la que siempre sonríe y tiene la casa impecable. Lucía, la que parece vivir para agradar a todos menos a sí misma.

Yo me llamo Ana. Tengo 38 años y trabajo como administrativa en una gestoría del centro de Madrid. Salgo de casa a las siete y media de la mañana y vuelvo a las seis, agotada, con la cabeza llena de números y facturas. Pero eso no parece importar cuando llego a casa y encuentro a Marcos esperando, con el ceño fruncido y el móvil en la mano, listo para mostrarme la última foto del guiso de Lucía en Instagram.

—Mira qué pinta tiene esto. ¿Ves? Eso es dedicación —me dice, sin levantar la vista del móvil.

A veces me pregunto si realmente ve todo lo que hago. Si alguna vez ha notado que los calcetines aparecen limpios en su cajón por arte de magia o que la nevera nunca está vacía. Si sabe que muchas noches me acuesto llorando en silencio, dándole la espalda para que no vea mi tristeza.

La tensión crece cada día. Mi hija Paula, de doce años, empieza a notar el ambiente enrarecido. El otro día me preguntó si papá ya no me quería. Le mentí. Le dije que sólo estaba cansado por el trabajo, pero ella no es tonta. Los niños nunca lo son.

Una tarde, mientras preparaba una tortilla francesa —lo único que me quedaba en la nevera después de una semana agotadora—, Marcos entró en la cocina y soltó:

—¿Otra vez esto? ¿No podrías esforzarte un poco más? Lucía hace croquetas caseras hasta entre semana.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía. Dejé caer el tenedor y me giré hacia él:

—¿Sabes qué? Si tanto te gustan las croquetas de Lucía, ¿por qué no cenas allí?

Marcos se quedó callado unos segundos. Me miró como si yo fuera una desconocida.

—No hace falta ponerse así —dijo finalmente, saliendo de la cocina con paso firme.

Esa noche dormimos espalda contra espalda. Paula vino a mi cama a mitad de la noche y me abrazó fuerte. No dijo nada, pero su abrazo era todo lo que necesitaba para no venirme abajo del todo.

Los días siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas esquivas. Yo seguía trabajando, limpiando, cocinando lo que podía. Marcos seguía comparándome con Lucía en cada oportunidad. Empecé a dudar de mí misma: ¿seré realmente tan mala esposa? ¿Tan mala madre?

Un viernes por la tarde, después del trabajo, decidí pasar por el supermercado y comprar ingredientes para intentar hacer una paella como las que hacía mi abuela en Valencia. Quería demostrarme —y demostrarle— que podía hacerlo bien. Pasé horas en la cocina, siguiendo recetas en YouTube y recordando los consejos de mi madre: “El secreto está en el sofrito, Ana”.

Cuando Marcos llegó a casa, le recibí con una sonrisa forzada y le invité a sentarse a la mesa.

—He hecho paella —le dije, intentando sonar alegre.

Probó una cucharada y frunció el ceño.

—No está mal… pero le falta sabor. La de Lucía seguro que sale mejor —sentenció.

Sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir, pero me tragué el llanto y recogí los platos en silencio. Paula me miró con compasión y rabia al mismo tiempo.

Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui al salón. Me senté en el sofá y miré las fotos familiares en la estantería: nuestra boda en Toledo, el primer cumpleaños de Paula, unas vacaciones en Asturias donde todos sonreíamos sin esfuerzo. ¿En qué momento dejamos de ser felices?

Al día siguiente, mientras Marcos veía el fútbol en el salón, recibí un mensaje inesperado: era Lucía.

“Hola Ana, ¿te apetece tomar un café esta tarde?”

Acepté casi por inercia. Nos encontramos en una cafetería cerca del Retiro. Lucía llegó puntual, con su sonrisa perfecta y su pelo recogido en una trenza impecable.

—Ana —me dijo—, necesitaba hablar contigo. Sé que Marcos te compara conmigo… Y quería decirte que no es justo.

Me quedé muda.

—La gente piensa que mi vida es perfecta porque subo fotos bonitas a Instagram —continuó— pero nadie ve lo que hay detrás. Mi marido apenas me habla si no es para pedirme algo o criticarme por cualquier tontería. Cocino porque es lo único que me hace sentir útil… pero estoy agotada.

Sentí un nudo en la garganta. Lucía también estaba rota por dentro.

—A veces pienso que si desapareciera nadie lo notaría —confesó ella con lágrimas en los ojos—. Pero seguimos fingiendo porque es lo que se espera de nosotras.

Nos abrazamos largo rato. Por primera vez sentí que no estaba sola.

Volví a casa distinta. Esa noche hablé con Marcos:

—Estoy cansada de tus comparaciones. No soy Lucía ni quiero serlo. Si no eres capaz de ver lo que hago por esta familia, quizá deberías preguntarte qué haces tú por nosotros.

Marcos no respondió. Se levantó y salió a fumar al balcón.

No sé qué pasará mañana. No sé si nuestro matrimonio sobrevivirá a tanto silencio y tanta exigencia absurda. Pero sé que no quiero seguir viviendo bajo el peso de las comparaciones ni del “qué dirán”.

¿De verdad alguien puede ser feliz viviendo para cumplir expectativas ajenas? ¿Cuántas mujeres más estarán luchando solas tras puertas cerradas?