No invité a mi madre a mi boda: la verdad que me desgarra
—¿De verdad vas a hacer esto, Lucía? —La voz de mi hermana Marta retumbó en el salón, rompiendo el silencio como un trueno en mitad de agosto.
Yo estaba sentada en la mesa del comedor, con las invitaciones de la boda esparcidas frente a mí. Mis manos temblaban, y el bolígrafo con el que escribía los nombres parecía pesar una tonelada. Mi padre, sentado en la otra punta, evitaba mirarme. Sabía que lo que estaba a punto de hacer no tenía vuelta atrás.
—No quiero que venga, Marta —susurré, apenas audible—. No puedo.
Marta se levantó de golpe, tirando la silla al suelo. —¡Es nuestra madre! ¿Cómo puedes siquiera pensarlo?
Mi padre suspiró, frotándose las sienes. —Déjala, Marta. Si Lucía ha tomado esta decisión, tendrá sus razones.
Pero nadie quería escuchar mis razones. Ni siquiera yo estaba segura de ellas. Solo sentía un nudo en el estómago desde hacía semanas, desde que empecé a planear la boda con Álvaro y supe que tendría que enfrentarme a la pregunta inevitable: ¿invitaría a mi madre?
Mi madre, Carmen, siempre fue una presencia intermitente en mi vida. Tras el divorcio de mis padres cuando yo tenía ocho años, pasé a vivir entre dos casas: la de mi padre en Chamberí y la de mi madre en Vallecas. Pero nunca sentí que perteneciera del todo a ninguna. En casa de mi padre todo era orden y silencio; en la de mi madre, caos y reproches.
Recuerdo una tarde lluviosa, tendría unos doce años. Mi madre llegó tarde a recogerme al conservatorio. Yo esperaba bajo el toldo, con el estuche del violín empapado. Cuando por fin apareció, ni siquiera se disculpó. —Siempre tan dramática, Lucía —me dijo—. No puedes esperar que todo el mundo esté pendiente de ti.
Esa frase se me quedó grabada como una cicatriz invisible. Desde entonces, aprendí a no pedir nada. A no esperar nada. A ser invisible.
Años después, cuando conocí a Álvaro en la universidad, sentí por primera vez que alguien me veía de verdad. Él venía de una familia numerosa de Salamanca, donde las cenas eran bulliciosas y todos hablaban a la vez. Me acogieron como una más desde el principio. Su madre, Mercedes, me abrazó la primera vez que fui a su casa y me preguntó si quería más croquetas.
En cambio, Carmen nunca preguntó por Álvaro. Ni por mis estudios. Solo aparecía para recordarme lo mucho que se había sacrificado por mí y lo poco que yo lo valoraba.
La gota que colmó el vaso fue hace seis meses, en Navidad. Habíamos organizado una cena en casa de mi padre para intentar reunir a toda la familia. Carmen llegó tarde, otra vez. Se sentó a la mesa y empezó a criticar la comida, el mantel, incluso el árbol de Navidad.
—¿Por qué nunca haces nada bien, Lucía? —me soltó delante de todos.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Álvaro me abrazó y me susurró: —No tienes que seguir aguantando esto.
Cuando empezamos a planear la boda, supe que tenía que tomar una decisión difícil. ¿Invitarla y arriesgarme a que arruinara el día más importante de mi vida? ¿O protegerme, aunque eso significara enfrentarme al juicio de toda mi familia?
La noticia corrió como la pólvora. Mi tía Pilar me llamó al día siguiente:
—Lucía, cariño, ¿es cierto lo que dicen? ¿No vas a invitar a tu madre?
—No puedo, tía. No quiero pasar otro día importante sintiéndome pequeña.
—Pero es tu madre…
—Lo sé —respondí con un hilo de voz—. Pero también soy yo.
Los días previos a la boda fueron un infierno. Mi abuela materna dejó de hablarme. Mi hermana Marta me mandaba mensajes cada noche suplicándome que cambiara de opinión:
—Por favor, Lucía, mamá está destrozada.
Pero yo también lo estaba. Nadie parecía entenderlo.
La mañana de la boda amaneció nublada en Madrid. Me miré al espejo con el vestido blanco y sentí un vacío enorme en el pecho. Mercedes entró en la habitación y me abrazó fuerte.
—Hoy es tu día —me dijo—. Hazlo tuyo.
La ceremonia fue preciosa. Álvaro me miraba como si fuera la única persona en el mundo. Pero durante el banquete no pude evitar buscar entre los invitados un rostro que no estaba allí.
Al final del día, cuando todos bailaban y reían, salí al jardín sola. Encendí un cigarro —hacía años que no fumaba— y miré las luces de Madrid titilando en la distancia.
Marta se acercó y se sentó a mi lado sin decir nada durante un rato.
—¿Estás feliz? —preguntó al fin.
—No lo sé —respondí sinceramente—. He hecho lo que creía necesario para protegerme… pero duele igual.
Ella me abrazó y lloramos juntas bajo las estrellas.
Hoy han pasado tres meses desde la boda y sigo sin hablar con mi madre. A veces me pregunto si algún día podré perdonarla o si ella podrá perdonarme a mí. Pero también sé que por primera vez he puesto mis límites y he elegido pensar en mí misma.
¿Es egoísmo querer protegerse del dolor? ¿O simplemente es amor propio? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?