Cada vez que mi yerno cruza la puerta, yo desaparezco: el relato de una abuela española
—Carmen, por favor, ¿puedes irte a tu cuarto? Pablo está a punto de llegar.
La voz de mi hija Lucía me atraviesa como un cuchillo. No es la primera vez que me lo pide, pero cada vez duele más. Estoy en la cocina, removiendo el puchero para la cena, mientras mi nieta Paula juega en el suelo con sus lápices de colores. El reloj marca las siete y media; en cualquier momento, la puerta se abrirá y Pablo entrará con su paso firme, su cara seria, su olor a colonia fuerte y a oficina.
Me seco las manos en el delantal y miro a Lucía. Sus ojos bajan al suelo. Sé que no es culpa suya, pero tampoco puedo evitar sentirme desplazada. Me acerco a Paula y le doy un beso en la cabeza. Ella me sonríe, ajena al drama que se cuece entre estas paredes.
—Abuela, ¿me ayudas con este dibujo?
—Luego, cariño —le susurro—. Ahora tengo que irme un ratito.
Subo las escaleras despacio, como si cada peldaño pesara una tonelada. En mi cuarto, cierro la puerta y me siento en la cama. Escucho el ruido de la llave en la cerradura, las voces apagadas abajo. Pablo pregunta si todo está bien, Lucía responde con frases cortas. Yo aguanto la respiración, como si mi mera presencia pudiera romper el frágil equilibrio de esta casa.
No siempre fue así. Cuando Lucía se quedó embarazada, yo fui la primera en llegar para ayudarla. Estuve a su lado en el hospital, le preparé caldos cuando no tenía fuerzas para comer, cuidé de Paula cuando era un bebé llorón y Lucía apenas dormía. Pero desde que Pablo consiguió ese trabajo en el banco y nos mudamos todos juntos a este piso en Chamberí, las cosas cambiaron.
Pablo es un hombre correcto, educado, pero frío como el mármol. No le gustan los ruidos ni las visitas inesperadas. Dice que necesita tranquilidad después del trabajo. Yo intento no molestarle: limpio cuando él no está, cocino antes de que llegue, juego con Paula en voz baja. Pero siempre hay algo que hago mal: una taza fuera de sitio, una toalla húmeda en el baño, una risa demasiado alta.
Una tarde, hace unos meses, bajé antes de tiempo porque escuché llorar a Paula. Pablo estaba en el salón con ella en brazos, pero no sabía calmarla. Me acerqué para ayudar y él me miró como si fuera una intrusa.
—Carmen, por favor —dijo seco—, déjanos solos un momento.
Lucía me buscó con la mirada desde la cocina, pero no dijo nada. Subí otra vez las escaleras con el corazón encogido.
Desde entonces, cada vez que Pablo llega a casa, yo desaparezco. Me encierro en mi cuarto o salgo a dar un paseo por el barrio hasta que sé que está ocupado con sus cosas o se ha ido al gimnasio. A veces me siento como un fantasma: estoy aquí pero nadie me ve.
He intentado hablarlo con Lucía.
—Mamá —me dice bajito—, entiéndelo… Pablo necesita su espacio. Está muy estresado últimamente.
—¿Y yo? —le pregunto— ¿No tengo derecho a estar aquí? ¿No soy parte de esta familia?
Lucía suspira y me abraza fuerte.
—Claro que sí… Pero ahora mismo es complicado.
Me muerdo los labios para no llorar delante de ella. No quiero ser una carga. Pero tampoco quiero perderme la infancia de Paula ni dejar sola a mi hija.
A veces pienso en mi marido, Antonio. Él murió hace cinco años y desde entonces he sentido este vacío que intento llenar ayudando a los míos. Mis amigas del centro de mayores me dicen que debería salir más, apuntarme a clases de baile o a excursiones por Madrid. Pero yo solo quiero estar cerca de Lucía y Paula.
Una noche escuché una discusión entre Lucía y Pablo desde mi cuarto:
—No entiendo por qué tu madre tiene que estar siempre aquí —decía él—. Ya somos adultos, podemos apañarnos solos.
—¡Es mi madre! —respondió Lucía— Me ayuda con Paula y con la casa…
—No quiero sentirme vigilado en mi propia casa.
El silencio después fue más duro que los gritos.
Al día siguiente Lucía tenía los ojos hinchados y Pablo ni me miró al salir por la puerta.
A veces pienso en irme. Buscarme un piso pequeño cerca del Retiro o volver al pueblo donde nací. Pero entonces veo a Paula correr hacia mí con los brazos abiertos y se me olvida todo lo demás.
Un sábado por la mañana decidí preparar churros para desayunar. Era una tradición familiar desde que Lucía era pequeña. Bajé temprano a la cocina y me puse manos a la obra. Cuando el olor empezó a llenar la casa, Paula bajó corriendo.
—¡Abuela! ¿Has hecho churros?
—Claro, cariño —le dije sonriendo—. Ven, ayúdame a poner la mesa.
Lucía apareció poco después, con cara cansada pero feliz al vernos juntas. Pero entonces bajó Pablo. Se quedó parado en la puerta del comedor mirando la escena: yo sirviendo chocolate caliente, Paula riendo con azúcar en la cara.
—¿No podríamos haber comprado algo ya hecho? —dijo seco— Esto huele demasiado fuerte para un sábado por la mañana.
El silencio cayó como una losa sobre nosotras. Paula dejó de reír y Lucía apretó los labios.
Me sentí tan pequeña como una niña regañada. Recogí mis cosas y subí otra vez al cuarto sin probar bocado.
Esa tarde salí a caminar por el parque de Santander. Vi a otras abuelas jugando con sus nietos, riendo sin miedo ni reproches. Me senté en un banco y lloré por primera vez en mucho tiempo.
¿Por qué tengo que desaparecer para que los demás sean felices? ¿En qué momento pasé de ser imprescindible a convertirme en invisible?
A veces sueño con una casa donde todos tengamos sitio: donde pueda cocinar sin miedo a molestar, donde las risas no sean pecado y donde el amor no tenga horarios ni condiciones.
¿De verdad es mucho pedir?
¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?