¿Puede un milagro durar para siempre? La noche en que mi hijo me devolvió la esperanza

—Mamá, tienes que verlo. No es una broma, de verdad—. La voz de Jacobo retumbó en el pasillo mientras yo intentaba concentrarme en el sudoku del periódico. Era jueves por la noche, y la lluvia golpeaba los cristales del piso en Chamberí como si quisiera entrar y arrastrar consigo todos los recuerdos que aún se aferraban a las paredes.

Me levanté despacio, con ese cansancio que sólo conocen quienes han amado y perdido. Ocho años desde que Enrique se fue, y todavía me dolía el pecho cada vez que escuchaba la llave girar en la puerta, esperando por un instante que fuera él. Pero era Jacobo, mi hijo, mi único milagro real.

—¿Qué pasa ahora? —pregunté, intentando sonar menos áspera de lo que sentía.

Él sostenía una caja de madera, antigua, con el barniz desgastado y una cerradura oxidada. Sus ojos brillaban de una manera que no veía desde que era niño.

—Lo encontré en el Rastro. El hombre que me lo vendió dijo que dentro hay algo que cambia la vida—. Se sentó frente a mí y puso la caja sobre la mesa. —¿Te atreves a abrirla conmigo?

Me reí, pero fue una risa hueca. —Jacobo, ya no tengo edad para cuentos de hadas.

Él no se rindió. —Mamá, ¿y si sí? ¿Y si existe algo más allá de este dolor?

Me quedé callada. El silencio entre nosotros era denso, lleno de todo lo que nunca nos habíamos dicho desde la muerte de Enrique: mi miedo a perder también a Jacobo, su rabia por verme apagada, mi incapacidad para volver a empezar.

Finalmente, cedí. —Ábrela tú.

Jacobo giró la llave y levantó la tapa. Dentro había una carta amarillenta y una pequeña figura de cerámica: una virgen del Rocío, con el manto azul desvaído y una sonrisa serena.

—¿Esto es el milagro? —pregunté, sintiendo cómo la decepción me subía por la garganta.

Él leyó la carta en voz alta:

«A quien encuentre esta imagen: recuerda que el milagro no está en lo que ves, sino en lo que eres capaz de creer. Si tienes fe en el amor y en la vida, todo puede empezar de nuevo».

Me quedé mirando la figura. Recordé las romerías a El Rocío con Enrique cuando éramos jóvenes, las promesas hechas bajo el sol andaluz, los sueños compartidos antes de que la enfermedad nos robara el futuro.

—No puedo creer en milagros, Jacobo. No después de todo lo que hemos perdido.

Él me miró con ternura y rabia a la vez. —Mamá, llevas ocho años viviendo como si estuvieras muerta. Yo también perdí a papá, pero no quiero perderte a ti.

Sentí un nudo en la garganta. Quise abrazarlo, pero mis brazos se quedaron quietos sobre la mesa.

—No sé cómo volver a empezar —susurré.

Jacobo se levantó y me rodeó con sus brazos. Olía a lluvia y a tabaco rubio. —No tienes que hacerlo sola. Déjame ayudarte.

Esa noche no dormí. Me quedé mirando la figura sobre la mesilla, preguntándome si era posible volver a tener fe en algo. Al día siguiente, mi hermana Carmen llamó para invitarme a pasar el fin de semana en Toledo con ella y sus nietos. Siempre encontraba excusas para decir que no: el cansancio, el trabajo voluntario en Cáritas, el miedo a sentirme fuera de lugar entre tanta vida ajena.

Pero esa mañana, mientras Jacobo desayunaba en silencio frente a mí, sentí un impulso extraño.

—Voy a ir a Toledo con Carmen —dije de repente.

Jacobo levantó la vista y sonrió como cuando tenía diez años y le regalábamos un balón nuevo por Reyes.

El viaje fue un torbellino de emociones: risas infantiles, discusiones sobre política con mi cuñado Antonio, paseos por las callejuelas empedradas donde cada esquina olía a mazapán y nostalgia. Por primera vez en años sentí que podía respirar sin ese peso constante en el pecho.

Una tarde, mientras Carmen preparaba chocolate caliente para los niños, me senté con ella en el patio.

—No sé si estoy preparada para volver a vivir —le confesé.

Ella me cogió la mano. —Nadie está preparado nunca. Pero si te quedas parada esperando a estarlo, se te pasa la vida entera.

Al volver a Madrid, encontré la figura del Rocío donde la había dejado. La miré largo rato antes de colocarla junto al retrato de Enrique. No porque creyera en milagros sobrenaturales, sino porque entendí que el verdadero milagro era atreverse a abrirse al mundo otra vez.

Esa noche cenamos juntos Jacobo y yo. Hablamos de su trabajo precario como profesor interino, de sus dudas sobre si quedarse en España o probar suerte en Berlín como tantos amigos suyos. Por primera vez le escuché sin juzgarle ni intentar protegerle del dolor del mundo.

—¿Y tú qué quieres hacer con tu vida? —me preguntó él de repente.

Me sorprendió no tener una respuesta clara. Tal vez por primera vez desde que Enrique murió tenía delante un futuro abierto, incierto pero posible.

Ahora escribo esto sentada junto a la ventana mientras cae otra tormenta sobre Madrid. La figura del Rocío me sonríe desde su rincón y Jacobo me manda un mensaje: «¿Te apetece ir al cine este sábado? Hay una película francesa rara que seguro te aburre».

Sonrío y le respondo: «Vamos. Quizá me sorprenda».

¿Puede un milagro durar para siempre? ¿O es suficiente con atreverse a creer que cada día puede ser un pequeño milagro? ¿Vosotros qué pensáis?