La silla vacía en la boda de mi hijastra

—¿De verdad no vas a invitar a Carmen? —La voz de mi marido, Antonio, retumba en el pasillo mientras yo, desde la cocina, escucho cada palabra como si me estuvieran arrancando la piel.

Lucía, su hija, responde con frialdad: —Papá, es mi boda. No quiero que esté. No es mi madre.

Me quedo quieta, con las manos temblorosas sobre la encimera. El olor a café recién hecho se mezcla con el amargo sabor del rechazo. Llevo quince años en esta casa, quince años intentando ser algo más que «la mujer de papá». Pero hoy, en el día más importante de Lucía, no tengo ni siquiera un sitio en la iglesia.

Antonio entra en la cocina y me mira con ojos cansados. —Lo siento, Carmen. He intentado convencerla, pero está decidida. Dice que si vienes tú, no viene su madre.

—¿Y tú qué piensas? —le pregunto, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclan en mi garganta.

—No quiero problemas. Ya sabes cómo es Lucía desde que murió su abuela. Está muy influenciada por su madre… —Antonio baja la mirada y yo sé que no va a luchar más por mí.

Recuerdo la primera vez que conocí a Lucía. Tenía nueve años y me miraba con una mezcla de miedo y desprecio. Su madre, Teresa, nunca facilitó las cosas. Siempre me vio como una intrusa, una amenaza para su lugar en la familia. Y aunque intenté ganarme a Lucía con paciencia y cariño —ayudándola con los deberes, llevándola al parque, escuchando sus confidencias adolescentes— nunca logré romper ese muro invisible.

Ahora, mientras escucho los preparativos desde mi habitación —el bullicio de los primos, el tintineo de las copas, los tacones de las tías sobre el parqué— siento que me ahogo en mi propia casa.

Por la tarde, Antonio recibe una llamada. Es Teresa.

—¿Vas a permitir que tu mujer arruine el día de nuestra hija? —grita al teléfono tan fuerte que puedo oírla desde el pasillo.

—Teresa, Carmen no ha hecho nada malo. Solo quiere estar presente… —intenta defenderme Antonio.

—¡No me importa! Si ella aparece por la iglesia, me largo y Lucía también. ¡No tienes derecho a meter a esa mujer en nuestra familia!

Cuelga. Antonio se sienta en el sofá y se cubre la cara con las manos. Yo me acerco despacio.

—No voy a ir —le digo—. No quiero que Lucía recuerde su boda como un campo de batalla.

Él asiente en silencio. Pero yo sé que esto no va solo de una boda. Va de todos esos años en los que he sido invisible para Lucía y para Teresa; de todas esas veces que he callado para evitar discusiones; de todos los cumpleaños en los que he preparado tartas que nadie agradeció.

Esa noche no duermo. Me levanto y paseo por el salón oscuro. Sobre la mesa está el regalo que compré para Lucía: una pulsera de plata con su nombre grabado. La acaricio con los dedos y pienso en todo lo que podría decirle si tuviera oportunidad:

«Lucía, sé que no soy tu madre. Pero te he querido como si lo fuera. He estado aquí cuando tenías fiebre, cuando suspendiste matemáticas, cuando lloraste por tu primer desamor. No quiero sustituir a nadie, solo quería ser parte de tu vida.»

Pero esas palabras nunca saldrán de mi boca.

A la mañana siguiente, la casa está vacía. Todos han salido hacia la iglesia. Me siento en la cocina con una taza de café frío entre las manos y miro por la ventana cómo llueve sobre Madrid. El silencio es tan denso que casi puedo oír mis propios pensamientos:

«¿Qué he hecho mal? ¿Por qué nunca he sido suficiente?»

Mi hermana Inés me llama al móvil.

—Carmen, ¿vas a dejar que te traten así? ¡Eres parte de esa familia!

—No quiero más guerra, Inés. Estoy cansada.

—Pero tienes derecho a estar allí. Has criado a esa niña como si fuera tuya.

Cuelgo sin responderle. No tengo fuerzas para pelear más.

Por la tarde vuelven todos a casa para la comida familiar después de la ceremonia. Yo me encierro en mi habitación mientras escucho risas y brindis al otro lado de la puerta. Nadie llama a mi puerta; nadie pregunta por mí.

A medianoche, cuando todos se han ido, Antonio entra en la habitación y se sienta a mi lado.

—Lo siento —susurra—. Sé que esto te ha hecho daño.

—No es solo hoy —le respondo—. Es todo lo que llevo sintiendo desde hace años.

Él asiente y me toma de la mano. Pero sé que nada va a cambiar.

En los días siguientes, Lucía ni siquiera me da las gracias por el regalo que dejé sobre su cama. Teresa publica fotos en Facebook con mensajes llenos de amor maternal: «Nada como el abrazo de una madre en el día más feliz de tu vida». Yo paso las noches mirando esas imágenes y preguntándome si alguna vez tendré un lugar real en esta familia.

A veces pienso en marcharme; otras veces me digo que ya es tarde para empezar de nuevo. Pero lo cierto es que sigo aquí, aferrada a un hogar donde siempre seré una invitada incómoda.

¿De verdad una familia se define solo por la sangre? ¿O acaso el amor y el esfuerzo no cuentan para nada? ¿Cuántos más habrá como yo, sentados frente a una silla vacía?