Gritos en la escalera: La historia de Tomás, atrapado entre el ruido y la indiferencia
—¡Por favor, bajad la música! —grité desde el otro lado de la puerta, con los nudillos enrojecidos de tanto golpear. Eran las tres de la madrugada y el reguetón retumbaba por toda la escalera, colándose en mi pequeño piso de Vallecas como una plaga imposible de erradicar. Nadie respondió. Solo escuché risas y el sonido de botellas chocando.
Volví a mi salón, derrotado. Me senté en el sofá, rodeado de cajas de mudanza que nunca llegué a vaciar del todo desde que me separé de Lucía. Ella siempre decía que yo exageraba, que tenía que aprender a convivir con los demás. Pero ¿cómo se convive con el ruido constante, con el insomnio, con la sensación de que tu casa ya no es tu refugio?
Al día siguiente, con los ojos hinchados y la cabeza a punto de estallar, llamé al portero automático de los vecinos. Me contestó una voz joven, burlona:
—¿Qué pasa, abuelo? ¿No puedes dormir?
—Solo pido un poco de respeto —respondí, intentando mantener la calma—. Hay más gente en este edificio.
—Pues vete a una residencia —me soltó antes de colgar.
Me quedé mirando el telefonillo, sintiendo cómo la rabia y la impotencia me subían por la garganta. Pensé en llamar a la policía, pero recordé lo que pasó la última vez: vinieron, hablaron con ellos y se marcharon. A los veinte minutos, la música volvió aún más fuerte.
Empecé a notar cómo mi vida giraba en torno a ese ruido. Dejé de invitar a mis amigos —los pocos que me quedaban— porque no soportaba las bromas sobre mi obsesión. Mi hermana Carmen me llamaba cada domingo:
—Tomás, tienes que salir más. Vente a comer con nosotros.
—No puedo dejar el piso solo —le contestaba siempre—. Si no estoy aquí, hacen lo que les da la gana.
Carmen suspiraba al otro lado del teléfono. Sé que pensaba que me estaba volviendo paranoico. Quizá tenía razón.
Una noche, después de otra fiesta interminable, bajé al portal y esperé a que salieran. Cuando los vi, intenté hablar con ellos:
—De verdad, chicos, necesito dormir. Trabajo temprano.
Uno de ellos, un tal Sergio, se me acercó demasiado:
—¿Y si te mudas? Aquí vivimos nosotros desde antes que tú.
—Eso no es cierto —dije—. Llevo aquí veinte años.
Se rieron en mi cara y se marcharon dando portazos.
Empecé a notar miradas raras en el ascensor. Los vecinos evitaban cruzarse conmigo. Un día, la presidenta de la comunidad me paró en el rellano:
—Tomás, deberías relajarte un poco. No queremos problemas en el edificio.
—¿Problemas? Solo pido silencio por las noches.
Ella bajó la voz:
—Son jóvenes, están en su derecho…
Me di cuenta de que nadie iba a ayudarme. Ni la policía, ni los vecinos, ni siquiera mi familia. Empecé a escribir cartas al Ayuntamiento, a la Junta Municipal… Nadie contestó.
El insomnio me fue consumiendo. Empecé a faltar al trabajo; mi jefe, don Julián, me llamó un día a su despacho:
—Tomás, ¿te pasa algo? No eres el mismo de antes.
Le conté lo del ruido. Me miró con lástima:
—Tienes que aprender a desconectar cuando llegas a casa.
¿Cómo se desconecta uno cuando su casa es una cárcel?
Una tarde, Lucía vino a recoger unas cosas que había dejado tras la separación. Me encontró sentado en el suelo del salón, rodeado de papeles y grabaciones del ruido.
—Tomás… esto no puede seguir así —me dijo suavemente—. Tienes que buscar ayuda.
—¿Ayuda? ¿De quién? Nadie escucha —le respondí sin mirarla.
Ella suspiró y se marchó sin decir adiós.
La situación empeoró cuando una vecina mayor falleció tras una noche especialmente ruidosa. Algunos dijeron que fue por causas naturales; otros murmuraban que no pudo soportar más el estrés. Yo sentí una punzada de culpa y miedo: ¿sería yo el siguiente?
Una noche perdí los nervios y llamé a la policía gritando por teléfono. Vinieron dos agentes:
—Señor Tomás, no podemos hacer nada si no hay pruebas —me dijeron mientras los chicos bajaban el volumen solo durante su visita.
Al día siguiente recibí una citación: los vecinos me habían denunciado por acoso y amenazas. Me presenté en comisaría temblando; nunca había estado en una situación así.
El inspector me miró con cansancio:
—Mire, Tomás, esto es un problema vecinal. Intente solucionarlo hablando o busque otro sitio donde vivir.
Salí de allí sintiéndome invisible. Cuando regresé al edificio, alguien había pintado en mi puerta: «Viejo amargado».
Esa noche lloré como un niño. Pensé en marcharme, pero ¿a dónde? Mi vida estaba aquí: mis recuerdos, mis libros, las fotos con Lucía y Carmen…
Ahora escribo esto mientras escucho otra fiesta al otro lado del tabique. Me pregunto si alguien leerá alguna vez estas palabras o si solo serán otro grito perdido en el vacío.
¿De verdad vivimos tan cerca unos de otros y estamos tan lejos? ¿Cuántos Tomás hay ahora mismo gritando en silencio tras las paredes de sus casas?