Cuando el silencio pesa más que el llanto: Mi historia tras el nacimiento de Lucas
—¿Por qué no puedes callarle tú? —La voz de Alejandro resonó en el pasillo, áspera, como si el llanto de Lucas fuera una ofensa personal. Yo estaba sentada en el suelo del dormitorio, con mi hijo en brazos, temblando de agotamiento. Eran las tres de la mañana y llevaba horas intentando calmarle. El eco de su llanto rebotaba en las paredes del piso de Vallecas, haciéndome sentir aún más pequeña y sola.
—He probado todo, Alejandro. No sé qué más hacer —susurré, con la garganta seca y los ojos ardiendo de cansancio.
Él bufó, se puso la camiseta y salió del cuarto. Oí cómo marcaba un número en su móvil. No hizo falta escuchar más para saber a quién llamaba: a su madre, Carmen. La misma que desde el principio opinaba sobre todo: cómo debía dar el pecho, cómo debía vestir al niño, cómo debía organizar la casa. Me sentí invisible.
Carmen llegó en bata y zapatillas quince minutos después. Ni siquiera me miró al entrar. Cogió a Lucas con manos expertas y empezó a pasearse por el salón, murmurando palabras que yo ya no podía escuchar. Alejandro se sentó en el sofá, encendió la tele y me ignoró por completo. Me encerré en el baño y lloré en silencio, sintiendo que algo dentro de mí se rompía.
Al día siguiente, Clara vino a verme. Era mi mejor amiga desde la universidad, siempre directa, siempre sincera. Le conté lo que había pasado la noche anterior, esperando un poco de consuelo.
—¿Y tú qué esperabas? —me cortó—. Si no eres capaz de controlar a tu hijo ni de pedir ayuda antes, ¿cómo quieres que Alejandro reaccione? A veces eres demasiado orgullosa, Lucía.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Era verdad? ¿Era yo la culpable de que mi marido no quisiera implicarse? ¿De que su madre ocupara mi lugar? ¿De que mi hijo llorara sin consuelo?
Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas agotadoras: dar el pecho cada dos horas, cambiar pañales, intentar dormir mientras Lucas dormía. Alejandro volvía tarde del trabajo y apenas me dirigía la palabra. Cuando lo hacía, era para preguntarme si había llamado a su madre para que viniera a ayudarme.
Una tarde, mientras intentaba dormir a Lucas en brazos, escuché una conversación entre Alejandro y Carmen en la cocina:
—No sé qué le pasa a Lucía —decía él—. Está rara desde que nació el niño. Apenas habla conmigo.
—Eso es porque no sabe ser madre —respondió Carmen—. Hay mujeres que no valen para esto. Mejor que te ocupes tú del niño o lo haré yo.
Me mordí los labios hasta hacerme daño. ¿De verdad pensaban eso de mí? ¿Que no servía para ser madre?
Empecé a dudar de todo: de mi capacidad para cuidar a Lucas, de mi relación con Alejandro, incluso de mi amistad con Clara. Me sentía atrapada en una jaula invisible hecha de expectativas ajenas y silencios propios.
Una noche, después de otra discusión silenciosa con Alejandro (ya ni siquiera gritábamos), me atreví a preguntarle:
—¿Por qué no quieres ayudarme con Lucas? ¿Por qué siempre recurres a tu madre?
Me miró como si le hablara en otro idioma.
—Porque tú no me dejas hacer nada bien —dijo—. Siempre te pones nerviosa cuando intento cogerle o cambiarle. Prefiero que lo haga mi madre, ella sabe más.
Me quedé muda. ¿Era cierto? ¿Había sido yo quien le apartó sin darme cuenta?
Esa noche dormí poco y mal. Al día siguiente llamé a Clara para desahogarme una vez más.
—Lucía —me dijo—, tienes que ser más flexible. Si Carmen quiere ayudar, déjala. Y si Alejandro no quiere implicarse, pues tendrás que apañarte tú sola. Así es la vida.
Colgué sintiéndome más sola que nunca.
Pasaron las semanas y la situación no mejoró. Empecé a salir menos de casa; me daba vergüenza que los vecinos escucharan los gritos o vieran a Carmen entrando y saliendo como si fuera su casa. Mi madre vivía lejos y apenas podía venir a verme; cuando lo hacía, me abrazaba fuerte y me decía al oído:
—No estás sola, hija. Pero tienes que luchar por tu sitio.
Un día, después de una noche especialmente dura (Lucas tenía fiebre y yo estaba al borde del colapso), decidí ir al centro de salud para hablar con la matrona. Le conté todo: el cansancio, la soledad, la falta de apoyo.
—Lucía —me dijo con voz suave—, lo que te pasa tiene nombre: depresión posparto. No es culpa tuya ni de nadie. Pero necesitas ayuda profesional y apoyo real en casa.
Salí del centro con una mezcla de alivio y miedo. Por primera vez alguien ponía palabras a lo que sentía.
Esa tarde enfrenté a Alejandro:
—Necesito ayuda —le dije—. No solo para cuidar a Lucas, sino para cuidar de mí misma. Si no puedes estar conmigo en esto, dime qué quieres hacer.
Él se quedó callado mucho rato. Por primera vez le vi dudar.
—No sabía que estabas tan mal —admitió al fin—. Pensé que exagerabas…
No sé si nuestra relación podrá salvarse o si Carmen dejará algún día de invadir nuestro espacio. Pero sí sé una cosa: no pienso volver a callarme ni a dejarme arrinconar por nadie.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo viven esto en silencio? ¿Cuántas familias se rompen porque nadie se atreve a hablar claro? ¿Y vosotros… alguna vez os habéis sentido así?