Aquella noche en la boda de Lucía: Cómo casi pierdo a Carmen por una sola decisión

—¿Por qué no contestas al móvil, Álvaro? —La voz de Carmen, mi mujer, sonaba al otro lado del teléfono, tensa, casi rota. Yo estaba en el baño del restaurante, con las manos temblando y la camisa empapada de sudor frío. Afuera, la música seguía sonando y la gente reía, ajena al terremoto que se desataba en mi interior.

No podía decirle la verdad. No podía decirle que acababa de besar a otra mujer. A Sofía, la amiga de mi prima Lucía, la que siempre me miraba con esa mezcla de descaro y ternura. Todo había empezado como un juego inocente en la boda de Lucía, entre brindis y bailes, pero una copa llevó a otra y, de repente, me encontré solo con Sofía en la terraza, bajo las luces cálidas y el murmullo lejano de la fiesta.

—Álvaro, ¿estás bien? —insistió Carmen.

—Sí, sí… Es que no hay cobertura aquí dentro. Ahora salgo —mentí, odiándome por cada palabra.

Colgué y me miré al espejo. Vi a un hombre que no reconocía: ojos vidriosos, barba descuidada, el rostro marcado por el remordimiento. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Cómo podía haber puesto en peligro todo lo que había construido con Carmen durante más de diez años?

Volví a la fiesta intentando fingir normalidad. Sofía me lanzó una mirada cómplice desde la barra. Sentí náuseas. Me acerqué a mi grupo de amigos, pero apenas podía escuchar lo que decían. Solo veía a Carmen, bailando con nuestra hija pequeña, Clara. Su risa era pura, sincera. Me sentí el hombre más miserable del mundo.

Esa noche, al volver a casa, Carmen notó mi distancia. —¿Te pasa algo? —preguntó mientras se desmaquillaba en el baño.

—Nada, solo estoy cansado —respondí sin mirarla.

Pero los días siguientes fueron un infierno. No podía dormir. Cada vez que Carmen me abrazaba o me sonreía, sentía que no lo merecía. Empecé a evitarla, a llegar tarde del trabajo, a buscar excusas para no estar en casa. Ella lo notó enseguida.

—Álvaro, ¿hay otra mujer? —me preguntó una noche, con los ojos llenos de lágrimas.

Negué con la cabeza, pero mi silencio me delató. Carmen se fue a dormir al sofá esa noche. Clara me miraba confundida cada mañana. Mi suegra, Mercedes, empezó a venir más seguido a casa «para ayudar», pero yo sabía que era para vigilarme.

Una tarde, mientras recogía a Clara del colegio, me encontré con Sofía en una cafetería cercana. Ella sonrió y me invitó a sentarme.

—No deberíamos vernos —le dije en voz baja.

—¿Por qué? Solo fue un beso… Nadie tiene por qué enterarse —respondió ella encogiéndose de hombros.

—Pero yo sí lo sé —dije apretando los puños—. Y eso me está matando.

Salí corriendo de allí. Esa noche decidí confesarlo todo. No podía seguir viviendo así.

Carmen escuchó mi confesión en silencio. No gritó, no lloró. Solo me miró como si fuera un desconocido.

—¿Por qué? —preguntó finalmente—. ¿Qué te faltaba conmigo?

No supe qué responderle. No era culpa suya. Era mía. Mi inseguridad, mi egoísmo, mi necesidad absurda de sentirme deseado a los cuarenta años.

Carmen se fue de casa con Clara durante dos semanas. Fueron los días más largos y oscuros de mi vida. Mi madre vino a verme y me dijo:

—Hijo, si realmente la quieres, lucha por ella. Pero prepárate para perderlo todo.

Intenté llamarla todos los días. Le escribí cartas pidiéndole perdón. Fui a terapia por primera vez en mi vida. Hablé con mi suegra y le pedí ayuda para que Carmen me escuchara una última vez.

Finalmente accedió a verme en un parque cerca de casa. Estaba pálida y parecía haber envejecido años en solo unos días.

—No sé si podré perdonarte —me dijo—. Pero quiero intentarlo por Clara… y porque aún te quiero, aunque me duela admitirlo.

Lloramos juntos bajo los árboles del Retiro. Nos abrazamos como dos náufragos aferrados a la última tabla de salvación.

Volver a empezar no fue fácil. La confianza rota es como un jarrón hecho añicos: puedes pegarlo, pero siempre quedan cicatrices. Fuimos juntos a terapia de pareja. Hablamos mucho, lloramos más aún. Hubo noches en las que Carmen despertaba sobresaltada y yo tenía que recordarle que estaba allí, que no iba a volver a fallarle.

Mi familia también tuvo que sanar sus propias heridas. Mi suegra tardó meses en volver a hablarme con normalidad. Mis padres me miraban con decepción cada vez que venían a cenar los domingos.

Pero poco a poco fuimos reconstruyendo lo nuestro. Aprendí a valorar cada pequeño gesto: un café compartido por la mañana, una risa espontánea de Clara, una caricia furtiva antes de dormir.

Hoy puedo decir que sigo casado con Carmen gracias a su generosidad y su fuerza. No soy el mismo hombre que era antes de aquella noche fatídica en la boda de Lucía. Ahora sé lo fácil que es perderlo todo por una sola decisión estúpida… y lo difícil que es recuperar lo perdido.

A veces me pregunto: ¿Cuántos matrimonios sobreviven realmente a una traición? ¿Merece la pena luchar cuando todo parece perdido? ¿Vosotros habéis pasado por algo parecido alguna vez?