Entre el amor y el orgullo: Confesiones de una suegra madrileña

—No hace falta que vengas mañana, Carmen. Ya nos apañamos —me dijo Lucía, con esa voz fría que nunca supe descifrar del todo. Era jueves por la tarde y el reloj del salón marcaba las siete, pero en mi pecho sentía el peso de una noche interminable.

Me quedé de pie, con las manos aún húmedas del agua del fregadero. Alejandro, mi hijo, evitaba mirarme. Fingía leer mensajes en el móvil, pero yo sabía que estaba tan incómodo como yo. Desde que se casó con Lucía, mi presencia en su casa se había vuelto un asunto delicado, casi clandestino. Yo, que lo había criado sola tras la muerte de su padre, me sentía ahora una extraña en la vida de mi propio hijo.

—¿Te molesta que venga a ayudaros con los niños? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Lucía suspiró. —No es eso, Carmen. Es solo que… preferimos estar tranquilos los fines de semana. Los niños ya son mayores y… bueno, queremos nuestra intimidad.

Alejandro levantó la vista un instante. —Mamá, no te lo tomes a mal. Es solo por organizarnos mejor.

Me mordí el labio para no llorar delante de ellos. Recogí mi bolso y salí al portal, donde el eco de mis pasos resonaba como un reproche. Caminé por las calles de Chamberí, bajo las luces anaranjadas, preguntándome en qué momento me había convertido en un estorbo.

Cuando llegué a casa, me senté en la cocina y puse la radio para no sentir el silencio. Recordé cuando Alejandro era pequeño y me pedía que le leyera cuentos antes de dormir. Ahora apenas me llamaba; si lo hacía era para preguntarme si podía recoger a los niños del colegio o si tenía alguna receta para la cena de Navidad.

Al día siguiente, fui al mercado como siempre. Saludé a Rosario en la frutería y a Manolo en la panadería. Fingí normalidad, pero por dentro sentía un nudo en el estómago. ¿Era yo la culpable? ¿Había sido demasiado protectora? ¿O era Lucía quien nunca quiso aceptarme?

Por la tarde, llamé a mi hermana Pilar.

—No te comas la cabeza, Carmen —me dijo—. Las nueras son así ahora. Quieren hacerlo todo a su manera.

—Pero Alejandro no dice nada. Se queda callado y me deja sola ante ella.

—Es su mujer. No puede elegir entre las dos.

Colgué sintiéndome aún más sola. Esa noche soñé con mi marido, Antonio. En el sueño, él me abrazaba y me decía: «No te preocupes, todo pasará». Pero al despertar, solo estaba yo y el sonido lejano de los coches en Bravo Murillo.

Pasaron los días y cada vez veía menos a mis nietos. Lucía organizaba planes con sus padres o con amigas del colegio privado donde iban los niños. Yo quedaba relegada a cumpleaños o fiestas señaladas. En Navidad, apenas me dejaron estar una hora en su casa antes de que Lucía dijera: «Bueno, Carmen, seguro que tienes cosas que hacer».

Un domingo por la mañana, decidí ir sin avisar. Llevaba una tarta de manzana recién hecha y un libro para los niños. Cuando llamé al timbre, Lucía abrió la puerta con cara de sorpresa.

—¡Carmen! No sabíamos que venías…

—He pensado que podríamos pasar la mañana juntos —dije, esforzándome por sonreír.

Alejandro apareció detrás de ella, con cara cansada.

—Mamá, hoy íbamos a salir al parque con unos amigos de Lucía…

Sentí cómo se me encogía el corazón. Los niños vinieron corriendo y me abrazaron. «¡Abuela! ¿Te quedas a comer?», preguntó Martina.

Lucía intervino rápido: —No cariño, la abuela tiene cosas que hacer.

Me fui antes del mediodía, con la tarta intacta y el alma hecha trizas. Aquella tarde lloré como hacía años no lloraba. Me sentí invisible, desplazada por una familia que yo misma había ayudado a construir.

Empecé a evitar llamarles o pasarme por su casa. Me refugié en mis amigas del centro cultural y en las clases de pintura. Pero cada vez que veía a una abuela paseando con sus nietos por el Retiro o comprando chuches en la esquina, sentía una punzada de celos y tristeza.

Un día recibí una llamada inesperada: Alejandro estaba en el hospital por un ataque de ansiedad. Fui corriendo al Gregorio Marañón. Allí estaba Lucía, pálida y nerviosa.

—No sé qué hacer —me confesó entre lágrimas—. Alejandro no habla conmigo. Está agotado del trabajo y yo… yo tampoco puedo más.

Por primera vez vi a Lucía como una mujer frágil, no como una enemiga. Me senté a su lado y le cogí la mano.

—Quizá deberíamos dejar de competir por él —le dije—. Los dos le queremos y solo queremos lo mejor para él y los niños.

Lucía asintió en silencio. Cuando Alejandro salió del hospital, nos sentamos los tres en un banco del parque frente al hospital.

—Mamá… Lucía… Siento haberos puesto en esta situación —dijo Alejandro—. Solo quiero que estemos bien todos.

Nos miramos durante un largo rato sin decir nada más. No fue una reconciliación mágica ni un final feliz de película, pero fue un comienzo.

Ahora veo a mis nietos algunos fines de semana y he aprendido a respetar el espacio de Lucía y Alejandro. A veces siento nostalgia por lo que fue y lo que pudo haber sido, pero también agradezco haber encontrado una nueva forma de estar presente sin invadir.

A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos de ser imprescindibles para nuestros hijos? ¿Es posible querer sin asfixiar? ¿Alguna vez dejaré de sentirme entre el amor y el orgullo?