Todo por mi hijo: El precio del olvido

—¿De verdad, Sergio? ¿Ni siquiera vas a venir a verme este domingo? —mi voz temblaba, aunque intentaba sonar firme al teléfono.

Del otro lado, el silencio se alargó como una sombra. Finalmente, mi hijo respondió:

—Mamá, tengo mucho trabajo. Ya sabes cómo es esto. Además, Lucía y yo queremos descansar un poco este fin de semana.

Colgué antes de que pudiera escuchar más excusas. Me quedé sentada en la pequeña cocina de mi piso en Vallecas, mirando la taza de café frío entre mis manos. ¿En qué momento mi hijo se había convertido en un extraño? ¿En qué momento me había quedado sola?

Me llamo Carmen Jiménez y tengo sesenta y dos años. Nací en un pueblo de Castilla-La Mancha, pero vine a Madrid siendo apenas una adolescente, con la esperanza de encontrar una vida mejor. Trabajé como limpiadora en casas ajenas, cuidando niños que no eran míos mientras el mío crecía solo en casa. Mi marido, Antonio, nos dejó cuando Sergio tenía ocho años. Desde entonces, él fue mi única razón para seguir adelante.

Recuerdo las noches en las que llegaba agotada, con las manos agrietadas por la lejía y los pies hinchados de tanto andar. Sergio me esperaba despierto, con los deberes hechos y la cena fría sobre la mesa. «Mamá, cuando sea mayor te voy a cuidar yo», me decía con esos ojos grandes y sinceros. Yo le acariciaba el pelo y le prometía que todo ese esfuerzo era por él.

Años después, Sergio cumplió su promesa de estudiar. Sacó una beca y entró en la universidad. Yo trabajaba horas extra para pagarle los libros y el alquiler de su pequeño piso compartido en Moncloa. Cuando se graduó en Derecho, lloré de orgullo como nunca antes. Pensé que todo había valido la pena.

Pero la vida no es como en las películas. Cuando Sergio empezó a trabajar en un bufete importante del centro, todo cambió. Se mudó a un barrio elegante con su novia Lucía, una chica de buena familia que nunca me miró a los ojos. Las visitas se hicieron cada vez más esporádicas; las llamadas, más frías.

Un día, después de insistirle para vernos, Sergio vino a casa. Recuerdo ese día como si fuera ayer:

—Mamá, tienes que entender que ahora tengo otras responsabilidades —me dijo mientras miraba el móvil sin parar—. No puedo estar pendiente de ti todo el tiempo.

—No te pido que estés pendiente de mí, Sergio —le respondí con la voz rota—. Solo quiero saber que no estoy sola.

Él suspiró y se encogió de hombros. «No dramatices, mamá».

Desde entonces, nuestras conversaciones se limitaron a mensajes cortos y alguna llamada rápida en Navidad o mi cumpleaños. Yo seguía trabajando limpiando escaleras y casas para poder pagarme el alquiler y algún capricho modesto: un libro, una planta nueva para el balcón.

Hace unos meses, me diagnosticaron artrosis avanzada en las manos. El médico me recomendó dejar el trabajo, pero ¿cómo iba a hacerlo? No tenía ahorros ni pensión suficiente para vivir dignamente. Llamé a Sergio para contárselo:

—¿Y qué quieres que haga yo? —me respondió, molesto—. No puedo dejarlo todo por ti ahora mismo.

Colgué sin decir nada más. Esa noche lloré como hacía años no lo hacía.

Las semanas pasaron y mi situación empeoró. Un día me desmayé limpiando una escalera y acabé en urgencias del Hospital Gregorio Marañón. Cuando desperté, una enfermera me preguntó si tenía algún familiar a quien avisar.

—Mi hijo… Sergio Jiménez —susurré.

Llamaron a Sergio, pero no vino. Mandó un mensaje diciendo que estaba muy ocupado con un juicio importante.

En el hospital conocí a Rosario, una señora mayor que compartía habitación conmigo. Ella escuchó mi historia y me cogió la mano:

—A veces los hijos se pierden por el camino, Carmen. Pero la vida da muchas vueltas.

Al salir del hospital, Rosario me invitó a su casa para tomar café. Empezamos a vernos cada semana; poco a poco fui recuperando la alegría gracias a su compañía y la de otras mujeres del barrio que también habían sido olvidadas por sus familias.

Un día recibí una carta certificada: era del bufete donde trabajaba Sergio. Me informaban de que había sido despedido por un escándalo financiero en el despacho. Me quedé helada. Llamé a Sergio varias veces; no contestó.

Semanas después apareció en mi puerta. Tenía el rostro demacrado y los ojos rojos de tanto llorar.

—Mamá… —balbuceó—. Lo he perdido todo.

Le abracé sin decir nada. Sentí su cuerpo temblar entre mis brazos como cuando era niño.

Durante semanas vivió conmigo en mi pequeño piso de Vallecas. Buscaba trabajo sin éxito; Lucía le había dejado y sus amigos le dieron la espalda. Por primera vez en años volvimos a hablar de verdad: de sus miedos, sus fracasos, mis dolores y mis sueños rotos.

Una tarde, mientras fregábamos los platos juntos (yo con torpeza por la artrosis), Sergio me miró con lágrimas en los ojos:

—Perdóname, mamá. He sido un egoísta… Pensé que el éxito era alejarme de todo lo que me recordaba quién era realmente.

Le acaricié la mejilla y le sonreí:

—Nunca es tarde para volver a casa, hijo.

Ahora vivimos juntos; no tenemos mucho dinero ni lujos, pero compartimos lo más importante: el tiempo y el cariño perdido durante tantos años.

A veces me pregunto si todo este dolor era necesario para reencontrarnos como madre e hijo. ¿Cuántas madres españolas estarán ahora mismo esperando una llamada que nunca llega? ¿Cuánto vale realmente el sacrificio de una madre?