El beso bajo la lluvia: secretos en el aparcamiento de la iglesia
—¿Por qué tardas tanto, Carmen? —gritó mi hija Lucía desde el pasillo, mientras yo buscaba las llaves del coche entre los abrigos colgados en la entrada. Era domingo, llovía a cántaros, y como cada semana íbamos a misa en la iglesia del barrio. Mi marido, Antonio, ya esperaba abajo, impaciente, con ese gesto serio que últimamente se había vuelto habitual.
Bajé las escaleras con el corazón acelerado, sin saber por qué. Quizá era el sonido de la lluvia golpeando los cristales o el silencio incómodo entre Antonio y yo durante el desayuno. Llevábamos treinta y dos años casados. Nuestra vida era una rutina: café con leche y tostadas por la mañana, compras en el mercado los sábados, misa los domingos, y por la noche una infusión viendo alguna serie española en la tele. Pensaba que ya nada podría sorprenderme.
Pero ese día, al salir de misa, todo cambió. Lucía se adelantó para saludar a unas amigas y yo fui al coche para esperar a Antonio. Al girar la esquina del aparcamiento, lo vi. Allí estaba él, bajo la lluvia, abrazando a una mujer rubia que no reconocí. Y entonces, sin pensarlo, la besó. Un beso largo, íntimo, como los que me daba a mí cuando éramos jóvenes.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me apoyé en el capó de un coche ajeno para no caerme. No podía respirar. ¿Era posible? ¿Antonio? ¿Mi Antonio? El hombre que siempre había estado a mi lado, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y las penas.
Me quedé allí, empapada, observando cómo se separaban y ella le sonreía antes de marcharse bajo su paraguas rojo. Antonio se giró y me vio. Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron y vi el miedo en sus ojos. No dijo nada. Solo bajó la cabeza y caminó hacia mí.
—Carmen… —empezó, pero no pudo seguir.
—No digas nada —le corté con voz temblorosa—. No aquí.
El camino de vuelta a casa fue un silencio insoportable. Lucía hablaba sin parar sobre sus planes para el verano, ajena a la tormenta que rugía dentro de mí. Antonio conducía con las manos apretadas al volante. Yo miraba por la ventana, viendo cómo las gotas resbalaban por el cristal igual que mis lágrimas contenidas.
Esa noche no pude dormir. Escuchaba su respiración al otro lado de la cama y sentía rabia, tristeza y una punzada de vergüenza. ¿Cómo no me había dado cuenta? ¿Cuándo había dejado de mirar a mi marido? ¿Cuándo habíamos dejado de hablarnos?
A la mañana siguiente, esperé a que Lucía saliera para ir a la universidad. Me senté frente a Antonio en la cocina, con las manos temblorosas alrededor de una taza de café frío.
—¿Quién es ella? —pregunté sin rodeos.
Antonio suspiró, derrotado.
—Se llama Beatriz. La conocí hace unos meses en el centro cultural…
—¿Y por qué? —le interrumpí—. ¿Por qué después de tantos años?
Se quedó callado un momento antes de responder:
—No lo sé, Carmen. Me sentía solo. Tú siempre estás ocupada con Lucía, con tu madre enferma… Yo… necesitaba sentirme vivo otra vez.
Sentí una mezcla de furia y culpa. ¿Era yo responsable? ¿Había descuidado nuestro matrimonio?
Los días siguientes fueron un infierno. Intenté actuar con normalidad por Lucía, pero cada vez que veía a Antonio sentía ganas de gritarle o de abrazarlo y pedirle que no me dejara. Mi madre, enferma de Alzheimer, preguntaba por qué estaba tan triste y yo solo podía llorar en silencio cuando nadie me veía.
Una tarde, mientras preparaba croquetas para cenar, Lucía entró en la cocina.
—Mamá, ¿qué te pasa? Ya no sonríes nunca —me dijo con esa sinceridad brutal de los jóvenes.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que su padre ya no era el hombre perfecto que ella creía?
Esa noche, Antonio me pidió hablar.
—No quiero perderte, Carmen —me dijo con lágrimas en los ojos—. He cometido un error, pero te quiero. No sé cómo hemos llegado hasta aquí…
Le miré largo rato antes de contestar:
—Yo tampoco lo sé. Pero si quieres quedarte tendrás que luchar por esta familia. Y yo también.
Decidimos ir juntos a terapia de pareja. Fue duro enfrentarnos a nuestros silencios, a las palabras no dichas durante años. Descubrimos heridas antiguas: resentimientos por decisiones pasadas, miedos nunca confesados…
Algunas noches pensaba en marcharme, empezar de cero lejos de todo. Pero luego veía a Lucía riendo en el salón o escuchaba a mi madre tararear una canción antigua y sentía que no podía rendirme tan fácilmente.
Han pasado seis meses desde aquel día bajo la lluvia. No sé si volveré a confiar plenamente en Antonio, pero estamos aprendiendo a mirarnos otra vez, a hablarnos sin miedo. A veces pienso que quizá este dolor era necesario para despertar del letargo en el que vivíamos.
Me pregunto: ¿cuántas familias viven atrapadas en rutinas silenciosas hasta que algo las sacude? ¿Cuántos secretos se esconden tras las puertas cerradas de nuestras casas? ¿Y vosotros? ¿Perdonaríais una traición así o buscaríais vuestra propia felicidad lejos del pasado?