Cuando mamá se elige a sí misma: El precio de mi libertad
—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —La voz de mi marido, Fernando, retumba en el pasillo mientras cierro la puerta con manos temblorosas. Son las nueve y media de la noche y vengo de la reunión del AMPA del colegio. Me detengo un segundo, respiro hondo y contengo las lágrimas. Sé lo que viene: la mirada de reproche, el silencio denso en la mesa, los niños —Clara y Sergio— que apenas me saludan porque ya están enganchados a sus móviles.
Me siento invisible. Llevo años así, como un fantasma que cocina, lava, organiza, escucha y resuelve. Nadie pregunta cómo estoy. Nadie se da cuenta de que hace meses que no duermo bien, que me duele el pecho cada vez que pienso en mi vida. En mi cabeza resuena una frase: «¿Cuándo fue la última vez que hice algo solo para mí?» No lo recuerdo.
En la cocina, Fernando me mira de reojo mientras calienta su cena en el microondas. —Podrías haber avisado —dice sin mirarme—. Los niños han cenado cualquier cosa. Yo también.
—Lo siento —susurro—. La reunión se alargó.
Él no responde. Me siento en la mesa y miro mis manos: secas, agrietadas por el detergente barato del supermercado. Pienso en mi madre, en cómo siempre decía: «Una buena madre se sacrifica por los suyos». Pero ¿y si ese sacrificio te borra del mapa?
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama mientras escucho el ronquido de Fernando y pienso en mi vida: estudié Magisterio con ilusión, soñaba con viajar, con escribir un libro. Pero después vinieron los niños, la hipoteca, los horarios imposibles, las tardes de deberes y extraescolares. Y yo fui desapareciendo poco a poco.
Al día siguiente, en el trabajo —soy auxiliar en una escuela infantil—, veo a una compañera, Marta, reírse a carcajadas mientras cuenta que se va sola a Lisboa el fin de semana. Siento una punzada de envidia y vergüenza. ¿Por qué yo no puedo hacer algo así? ¿Por qué siento culpa solo de pensarlo?
Esa tarde, al volver a casa, encuentro a Clara llorando en su habitación. —¿Qué te pasa? —pregunto sentándome a su lado.
—Nada, mamá. Déjame en paz —me responde entre sollozos.
Insisto y al final me confiesa que ha suspendido matemáticas y que su padre le ha gritado. La abrazo y le digo que no pasa nada, que todos fallamos a veces. Pero por dentro siento rabia: ¿por qué siempre soy yo la que consuela? ¿Por qué nadie me consuela a mí?
Esa noche decido escribir una carta para mí misma. «Lucía: mereces ser feliz. Mereces existir más allá de los demás». Lloro mientras escribo. Es la primera vez en años que pienso en lo que yo quiero.
Pasan los días y la tensión crece en casa. Fernando está más distante; los niños me ignoran o me contestan mal. Un sábado por la mañana, mientras recojo la ropa sucia del suelo del baño, exploto:
—¡Estoy harta! ¡No soy vuestra criada! ¡No soy invisible!
Fernando aparece en la puerta:
—¿Qué te pasa ahora? ¿Te ha dado por hacerte la víctima?
—No —respondo con voz temblorosa pero firme—. Me ha dado por pensar en mí. Por primera vez en mucho tiempo.
Hay un silencio incómodo. Clara y Sergio se asoman desde el pasillo. Siento sus miradas sorprendidas.
Esa tarde salgo a caminar sola por el parque del Retiro. Me siento en un banco y veo pasar a las familias, a las parejas cogidas de la mano, a las mujeres mayores charlando animadamente. Me doy cuenta de que no sé quién soy sin ellos: sin mi marido, sin mis hijos, sin mi casa.
Decido apuntarme a un taller de escritura creativa los jueves por la tarde. Cuando se lo comunico a Fernando durante la cena, él se ríe:
—¿Y quién va a hacer la cena esos días? ¿Quién va a llevar a los niños?
—Tú —respondo mirándole a los ojos—. O ellos solos. Ya son mayores.
Fernando bufa y se levanta de la mesa. Clara me mira como si no me reconociera.
Las primeras semanas son difíciles. Me siento culpable cada vez que salgo de casa para ir al taller; escucho comentarios sarcásticos de Fernando y veo el desorden cuando vuelvo: platos sucios, ropa sin doblar. Pero también empiezo a sentir algo nuevo: una chispa de alegría cuando escribo mis relatos, cuando comparto mis historias con otras mujeres que también buscan su voz.
Un día recibo una llamada de mi hermana Ana desde Valencia:
—Lucía, mamá está preocupada por ti. Dice que te ve rara.
—No estoy rara —respondo—. Solo estoy cansada de ser siempre la última.
Ana suspira:
—Ya sabes cómo es mamá… Cree que una mujer debe estar pendiente de su familia.
—¿Y quién está pendiente de mí? —pregunto sin esperar respuesta.
Las semanas pasan y empiezo a cambiar pequeñas cosas: dejo de recoger los platos de los demás, pido ayuda para hacer la compra, me encierro en mi habitación para leer aunque haya ruido fuera. Fernando se enfada; los niños protestan; mi madre me llama egoísta.
Pero yo sigo adelante.
Un día Clara entra en mi habitación mientras escribo:
—Mamá… ¿puedo leer lo que escribes?
Le tiendo el cuaderno con miedo y ella lee en silencio durante unos minutos. Cuando termina, me abraza fuerte:
—No sabía que te sentías así… Perdona si no te he ayudado más.
Lloro con ella y siento que algo cambia entre nosotras.
Fernando sigue distante; incluso amenaza con marcharse si sigo «con mis tonterías». Por primera vez no tengo miedo: sé que puedo estar sola si hace falta.
Un domingo por la tarde decido ir al cine sola. Al salir, camino despacio por las calles del centro de Madrid y siento una libertad desconocida: el aire fresco en la cara, el bullicio de la ciudad, mi propio paso firme sobre las baldosas.
Esa noche escribo en mi diario: «Hoy he elegido vivir para mí».
Sé que queda mucho camino por recorrer; sé que habrá días malos y reproches familiares. Pero también sé que merezco existir más allá del rol de madre o esposa.
¿Y tú? ¿Cuántas veces te has olvidado de ti misma por cuidar a los demás? ¿Cuándo fue la última vez que te elegiste primero?